‘San Francisco de Asís’, en carne viva, hasta en cueros
Festival de Salzburgo 2026. SAN FRANCISCO DE ASÍS, de Olivier Messiaen. Opera en tres actos y ocho escenas, con libreto del compositor. Reparto: Philippe Sly (San Francisco), Lauranne Oliva (El Ángel), Sean Panikkar (El Leproso), Russell Braun (Hermano Léon), Léo Vermot-Desroches (Hermano Massée), Aaron-Casey Gould (Hermano Élie), Willard White (Hermano Bernard), Marius Aron (Hermano Sylvestre), Ivan Lyvch (Hermano Rufin). Director de escena, escenografía, vestuario e iluminación: Romeo Castellucci. Dramaturgia: Christian Longchamp. Konzertvereinigung Wiener Staatsopernchor (Jozef Chabroň, director). Orquesta Filarmónica de Viena. Dirección musical: Maxime Pascal. Lugar: Salzburgo, Felsenreitschule. Entrada: 1.412 espectadores (lleno). Fecha: miércoles, 12 agosto 2026
Imagen de la producción de la obra de Messiaen en Salzburgo © SF/Monika Rittershaus
“Dios es más grande que tu corazón”. Así, con frases y sentencias inapelables para los creyentes, transcurren las cuatro horas y media de San Francisco de Asís, la ópera que Olivier Messiaen compuso entre 1975 y 1983 por encargo del presidente Pompidou, quien durante una cena en el Elíseo le conminó a “escribir una ópera para la Bastilla”. El místico y católico Messiaen no se atrevió a hacer -como fue su primera idea- una ópera sobre la Pasión de Cristo o su Resurrección, y optó por la figura más cercana y terrenal de San Francisco de Asís, “un paralelo de Jesucristo en castidad, humildad, pobreza y sufrimiento”.
Ahora, tras el montaje estrenado en 1992, firmado por Peter Sellars y Esa-Pekka Salonen, el San Francisco de Messiaen ha vuelto al Festival de Salzburgo, ante un público variopinto en el que había de todo -desde franciscanos con sus hábitos y sandalias, a los alternativos de las nuevas músicas y los esmóquines y encopetadas damas de siempre-, en puesta en escena austera pero deslumbrante firmada por Romano Catellucci (1960), uno de los más respetados pero controvertidos enfant terrible de la escena contemporánea.
En realidad, los tres actos de San Francisco de Asís configuran, más que una ópera propiamente dicha, una serie de escenas (ocho) sobre hechos concretos de la vida del santo. Naturalmente, la naturaleza, los pájaros, los santos y demás fundamentos del universo messianesco ocupan lugar esencial en esta producción, en la que Castellucci juega con símbolos e imágenes en una escenografía “franciscana” que se expande en el larguísimo pero estrecho espacio de la inmensa Felsenreitschule. Entre sugestiones de cruces, paneles, lluvias, fuegos e inmensos telones, no vacila en ubicar vivitos y coleando un pavo real, un lobo o incluso, ya al final, un verdadero rebaño de despistadas ovejas que deambulan y pacen a sus anchas, aunque con cara de “qué diablos pintamos nosotras aquí”.
Philippe Sly en el papel del santo © SF/Monika Rittershaus
Pero pintaban mucho, dado que esta presencia viva de animales, que tantísimo contrasta con la sofisticación tecnológica del escenario, simboliza el contraste entre sandalias y zapatos de marca, el conflicto entre pobreza y riqueza que tanto movió al santo. También el trasunto entre naturaleza y tecnología. Y siempre, los pájaros. Los de San Francisco y los de Messiaen. La escena en la que decenas de ellos caen moribundos para toparse estrepitosamente contra el suelo es de una crudeza estremecedora. Ecología y animalismo como reto y bandera. De San Francisco, de Messiaen y de la humanidad en pleno. Entonces, ahora y siempre.
Castellucci resuelve el conflicto entre la enorme dimensión exterior de la partitura -que precisa una orquesta gigantesca y un coro no menos multitudinario- y el carácter esencialmente interiorizado e intimista de la acción. Y lo hace con un ritmo y tiempo teatrales admirablemente administrados a lo largo de las ochos escenas. Fiel a su propio lenguaje, con imágenes de enorme fuerza, cuerpos sometidos a transformaciones, símbolos religiosos, materia, animales, oscuridad y luz. Con admirable habilidad, adapta sus propias maneras a las que pide la figura del santo y la visión de Messiaen. Sobresaliente es también el modo en que, pese a la inmensidad musical y escénica, focaliza la atención en el detalle.
San Francisco, en la lectura dramática de Castellucci -no en la musical de Messiaen- no es el santo amable y bonachón que escucha los pajaritos. Su espiritualidad en absoluto es “confortable”, e insiste en el sufrimiento y el dolor. Quizá en contraste con la visión más beatífica de la música. En lugar de esa imagen estereotipada, su propuesta se centra en la radicalidad del personaje. El santo no es ya el simpático protector de los animales de las estampitas beatas, sino un hombre que rompe con las estructuras de su vida anterior y lleva la renuncia hasta sus últimas consecuencias.
Imagen de la producción de la obra de Messiaen en Salzburgo © SF/Monika Rittershaus
El propio Castellucci ha contado que “me interesa presentar a Francisco como una personalidad radical, alguien que abandona los patrones establecidos y aprende a mirar el mundo de otra manera”. Incluso que pide a Jesús que sea así, como cuando, en la gran escena del leproso, le implora coraje para acercarse al enfermo y curarle las llagas. Más que limar perfiles ásperos y cruentos, el realizador italiano los convierte en elementos que fortalecen su grandeza y personalidad. La intensidad de las imágenes y la densidad musical se alían así en un renovada visión de Francisco, que llega cuando precisamente se conmemora el octavo centenario de su muerte, en Asís, su ciudad natal.
Las enormes exigencias de todo tipo que requiere la programación de una ópera como San Francisco de Asís fueron atendidas como quizá solo pueda hacerlo una institución del poder económico, artístico y de convocatoria del Festival de Salzburgo. La presencia en el foso de la Filarmónica de Viena fue clave en el alto resultado musical, con una sonoridad grandiosa y camerística, alternativamente. Asomaron los infinitos colores, registros, detalles y cantos de la fina paleta sonora de Messian, tan heredera de Debussy y, al mismo tiempo, tan personal y original. La extensa sección de percusión se emplazó en los laterales de la sala, extremadamente distanciada entre sí y el resto de la orquesta, lo que posibilitó una curiosa acústica “estereofónica”, pero también desajustes y desequilibrios.
Otra garantía de calidad ha sido el en esta ocasión multitudinario Coro de la Ópera de Viena, cuyo crecimiento fue, además de numérico, en calidad y prestación sonora, especialmente en el final de la ópera, cuando asume la voz de Jesús. Al frente de todos, de coro y orquesta, el francés Maxime Pascal (1985), que ya dejó constancia de su valía cuando en 2023, también en la Felsenreitschule, dirigió La pasión griega, de Martinů. Concerto y administró con carácter y claridad los innumerables elementos y fuerzas sonoras que confluyen en una partitura llena de retos y problemas.
Imagen de la producción de la obra de Messiaen en Salzburgo © SF/Monika Rittershaus
Vocalmente, en el nutrido reparto, brilló con fuerza dramática e intenso sentido expresivo el bajo-barítono canadiense Philippe Sly, cuya voz, en ocasiones, quedó eclipsada por el torrente sinfónico del foso. Sin la dimensión humana extrema del primer San Francisco -el belga José van Dam-, Sly se metió en la piel extrema y herida del San Francisco de Castellucci, al que otorgó dimensión terrenal y doméstica. Si se quiere, más “contemporánea”. Desde el desnudo integral -difícil imaginar qué andarían pensando los franciscanos repartidos por la platea, ante la visión de su santo fundador en cueros-, a la tremenda escena de la muerte -resurrección para Messiaen, y acata Castellucci-, su actuación fue de total entrega y genuina convicción. Una referencia.
La soprano “franco-catalana” (así reza el programa) Lauranne Oliva compuso un Ángel vocalmente más lírico que ligero, de figura y presencia positiva, que, muy bien cantado, interviene en la cotidianidad de los frailes y del propio San Francisco como algo sobrenatural y favorable. Una suerte de “Pájaro del bosque” wagneriano, pero con la mística y tratamiento musical rotundamente diferente de Messiaen. El resto del reparto, todo él masculino, lució la solvencia y hasta excelencia que cabe esperar de un lugar y ocasión tan señalada. Por destacar, el caracterizado “Leproso” del tenor Sean Panikkar, el barítono Russell Braun (Hermano Léon), y el tenor Léo Vermot-Desroches como Hermano Massée.
Rondaban ya las once de la noche -madrugada cerrada en Austria- cuando concluyó una casi eterna función que había comenzado a las cinco y media de la tarde. Algunos espectadores salieron volando tras los primeros aplausos de cortesía. Otros, palmearon, y mucho, especialmente cuando el maestro, desde el escenario, levantó a la Filarmónica de Viena. Aplaudieron, hasta el final-final, los monjes espectadores. Buena señal. Justo Romero.
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