La ‘Gran misa en do menor’, de Mozart, vuelve a casa con Hengelbrock y la Camerata de Salzburgo
FESTIVAL DE SALZBURGO 2026. Mozart: Misa en do menor, K 427. Solistas: Serena Sáenz, Agnès Kovacs y Bobbie Blommesteijn (sopranos), Jakob Pilgram (tenor). Daniel Ochoa (barítono). Coro Balthasar Neumann. Camerata de Salzburgo. Dirección musical: Thomas Hengelbrock. Lugar: Salzburgo, Abadía de San Pedro. Entrada: 2.179 espectadores (lleno). Fecha: 8 agosto 2026
Serena Sáenz Sopran. Balthasar-Neumann-Chor. Thomas Hengelbrock Dirigent © SF/Marco Borrelli
Escuchar la extensa e inacabada Gran misa en do menor, K 427 de Mozart es siempre un acontecimiento en la agenda de cualquier melómano. Por la naturaleza misma de esta cima de la música sacra occidental, pero también por sus exigencias, que, además de una soprano de primera y otros cuatro solistas vocales, precisan un coro de máxima calidad, un conjunto instrumental baqueteado en estas lides y un maestro de saberes, estilo y criterio. Sí además intervienen, como es el caso, el Coro Balthasar Neumann y la Camerata de Salzburgo, dirigidos por un maestro como el alemán Thomas Hengelbrock (1958), el asunto se convierte en excepcional.
Excepcionalidad que se carga de sugestiones por el hecho de escucharse precisamente en la Basílica de San Pedro de Salzburgo, el mismo lugar en donde se estrenó, el 26 de octubre 1783, con el propio Mozart y su esposa, Constanze Weber (prima del compositor Carl Maria von Weber), como primera soprano. En esta ocasión, el protagonismo vocal ha correspondido a la barcelonesa Serena Sáez (1994), que mostró lo mejor de sí misma ya desde su primera intervención, en el Kyrie, hasta completar una actuación que resolvió y matizó con luminosa claridad, sin dejar de atender las mil exigencias de una escritura de severa y extensa tesitura. Brilló particularmente en los registros más agudos y líricos, donde encontró su zona de mayor confort.
Junto con ella, destacaron, en cometidos más discretos aunque no por ello menos relevantes, las sopranos Agnès Kovacs y Bobbie Blommesteijn, el tenor Jakob Pilgram y el barítono alemán (pese al nombre) Daniel Ochoa. Estupenda en verdad la Camerata de Salzburgo, conjunto dúctil y joven, capaz de abordar óptimamente repertorios muy diversos, desde este delineado y cercano Mozart al programa que, en el mismo Festival de Salzburgo, hicieron recientemente de la mano de Patricia Kopatchinskaya, con obras de Shostakóvich y Nono, entre otros.
Y excepcional sin pero el coro Balthasar Neumann, fundado por Hengelbrock en 1991, perfectamente ensamblado con los instrumentistas salzburgueses y con un maestro sin batuta al que sus coristas conocen y siguen hasta en el más mínimo detalle. Un Mozart sin contemplaciones ni elucubraciones. Directo, claro, vivificante y perfecto como el pentagrama. De una naturalidad y frescuras curtidas en el conocimiento y la convicción. Afinado, articulado y de texturas cristalinas.
Hengelbrock, un historicista ecléctico y flexible, se sumerge en la misa mozartiana con convicción y devoción a ella, pero sin andarse por las ramas con elucubraciones estilísticos. Calidad y sentido común a borbotones. Y para ello, bebe tanto de la tradición como de la revolución historicista del último tercio del siglo pasado. Con la autoridad de quien ha convivido y bebido de todas las fuentes y maneras.
Paradójicamente, y pese a haber sido estrenada por el propio compositor, la Gran Misa en do menor está inacabada. Falta la orquestación de algunos pasajes -concretamente del Credo y del Et incarnatus est– y por completo el Agnus Dei, para cuyo estreno Mozart podría haber incluido alguno de otra de sus misas. En un momento dado del concierto, al concluir el “Benedictus”, Hengelbrock paró en seco la interpretación. Eran las 21:42h. En la Abadía se produjo un repentino silencio sepulcral. Después de bastantes segundos, el maestro, quizá emulando a Toscanini en el estreno de Turandot, se volvió al público y aclaró el misterio: “Hasta aquí escribió Mozart. No hay más que añadir”.
Comenzó entonces el protocolo de los aplausos finales. Y Hengelbrock quiso completar el programa con el regalo de músicas de dos compositores que marcaron a Mozart. Él mismo se hubiera conmovido escuchando en su ciudad, en el mismo lugar que hace 243 años estrenaba su Gran Misa en do menor, cómo Hengelbrock y sus músicos la coronaban ahora con el coro ‘Die Himmel erzählen die Ehre Gottes’ de La Creación, de Haydn, el coral ‘Jesus bleibet meine Freude’, de la Cantata BWV 147 de Bach y otro de la cantata sacra Ich will den Kreuzstab gerne tragen, BWV 56. El cielo, de la mano de Mozart, bajó a las resonantes bóvedas de la abadía benedictina. Justo Romero.
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