András Schiff, el hombre tranquilo, de tú a tú con Bach y Mozart, en el Mozarteum
FESTIVAL DE SALZBURGO 2026. Recital ANDRÁS SCHIFF (piano). Obras de Bach y Mozart. Lugar: Salzburgo, Mozarteum. Entrada: 776 espectadores (lleno). Fecha: 13 agosto 2026.
András Schiff
András Schiff (Budapest, 1953) ha vuelto al Festival de Salzburgo con esa quietud y hablar bajito que tanto distingue sus últimos años. El tiempo y el estrépito parecen lejano a su parsimonia vital. Así, con su adorado Bösendorfer, y lejos del estrépito mundano del Grosses Festspielhaus o la Felsenreitschule, lo ha hecho en la más recogida -776 espectadores- Gran Sala del Mozarteum. Con un programa muy suyo, lejos de los deslumbrantes rajmáninovs, chaikovskis y etcéteras, que confrontaba las músicas y maneras de sus venerados Bach y Mozart.
Como es norma en sus recitales desde la pandemia del COVID, no hubo anuncio previo del programa. “Confecciono el programa al llegar a la sala, después de conocer la acústica y probar el piano”. Por ello, una vez, más anunció e ilustró, micrófono en mano, pero muy quedamente, las obras y razones de la inclusión de cada una de ellas en este mano a mano entre Bach y Mozart. Lo hizo con verbo fácil y amigo. En alemán e inglés. “En inglés porque los angloparlantes suelen desconocer el alemán, mientras que ustedes, germanoparlantes, entienden perfectamente el inglés”. “Como Mozart, que lo dominaba bastante bien; Bach, sin embargo, lo desconocía por completo”, chascarrilleó.
Fue un recital largo -casi tres horas- y enjundioso, pero nada monótono, en el que Schiff logró meterse al público en su tiempo y aire parsimonioso. La quietud serena de los Ricercare a tres y seis voces de la Ofrenda musical de Bach le ayudaron a establecer la entrañable atmósfera de recogimiento que marcó todo el recital, ni siquiera rota por las ocurrencias y gracietas con que embadurnaba las explicaciones de cada obra.
“Ahora voy a tocar el Preludio y fuga en si menor del primer cuaderno de El clave bien temperado de Bach, y el Adagio en si menor. Les tengo que decir que si menor es tonalidad de muerte, así que les pido disculpas por ponerme tan triste”. El público, claro, rio, pero Schiff recuperó inmediatamente el pulso con una versión natural y severa, sin exageraciones ni dramatismos. Bastaban las expresiones dramáticas de Bach y Mozart, abrazadas por la tonalidad común, para penetrar en la más sentida emoción de la tristeza.
No faltó en el programa ni la Quinta suite francesa de Bach ni una obra de Mozart tan bachiana como la Giga en Sol mayor, K 574, que compone en mayo de 1789, bajo la inspiración e influencia de Bach, durante una visita a Leipzig, “la ciudad que el creador de La pasión según San Mateo eligió para vivir y morir”. También la Sonata en Fa mayor, K 533, pero sin el tercer movimiento: “Ese rondó final, ajeno, no tiene el nivel ni nada que ver con los primeros dos movimientos”.
De Bach tocó, para cerrar el programa, el Concierto italiano. “Aunque conocía perfectamente la música italiana, Bach jamás visitó Italia; no como Mozart, que estuvo varios veces. Su música sería incomprensible sin la italianità”. El primero movimiento del Concierto italiano de quien jamás estuvo en Italia sonó con estilo y genuina frescura en los dedos fieles de Schiff; cantado con claridad diamantina el airoso y bellísimo segundo, y pulso rítmico y luminosidad a borbotones en el brillante presto final. Fue una versión definitivamente excepcional, e inmensamente pianística, con el otrora repudiado pedal mesuradamente utilizado en la obtención de sonoridades y registros. El colofón de la larga tarde-noche en la que Bach y Mozart -el anfitrión-, hablaron de tú a tú oficiados por su devoto servidor András Schiff. ¡Empate total en el Mozarteum! Justo Romero.
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