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Crítica: ¡“La Ceci”(lia) Bartoli nunca será ‘Il viaggio a Reims’! Cara y cruz de un estreno salzburgués

PorBeckmesser

Ago 7, 2026

¡“La Ceci”(lia) Bartoli nunca será ‘Il viaggio a Reims’!

Cara y cruz de un estreno salzburgués

IL VIAGGIO A REIMS. Dramma giocoso en un acto. Libreto de Luigi Balocchi, música de Gioacchino Rossini.  Repar­to: Cecilia Bartoli  (Corinna), Marina Viotti (La Marchesa Melibea), Melissa Petit  (La Contessa di Folleville), Tara Erraugth (Madama Cortese), Edgardo Rocha (Il Cavaliere Belfiore), Dmitri Korchak (Il Conte di Libenskof), Ildebrando D’Arcangelo (Lord Sidney), Florian Sempey (Don Profondo), Misha Kiria (Barone di Trombonok),  Peter Kellner (Don Álvaro), Giovanni Romeo (Don Prudenzio),  Helena Rasker (Maddalena), etcétera. Dirección de escena: Barrie Kosky. Escenografía: Rufus Didwiszus. Vestuario: Victoria Behr. Iluminación: Franck Evin. Dramaturgia: Christian Arseni. Coro de la Ópera de Montecarlo. Les Musiciens du Prince – Monaco. Dirección musical: Gianluca Capuano. Lugar: Salzburgo, Haus Mozart. Entrada: 1.580 espectadores (lleno). Fecha: 5 agosto 2026.

Crítica: ¡“La Ceci”(lia) Bartoli nunca será ‘Il viaggio a Reims’! Cara y cruz de un estreno salzburgués

Cecilia Bartoli encabeza el reparto de esta ópera de Rossini en Salzbrugo
© SF/Monika Rittershaus

“La Ceci” no es otra que Cecilia Bartoli, la diva cuyo protagonismo enturbia y adultera una ópera coral y colectiva como Il viaggio a Reims, la última obra de vis cómica de Rossini, con la excepción de Le Comte Ory, que es casi un calco de Il viaggio a Reims. El estreno, el miércoles, en el Festival de Salzburgo, de la producción expresamente diseñada por Barrie Kosky, ha sido un cara y cruz entre el genio escénico del director australiano y la estrella romana.

Esta adulteración y ser ella más que nadie, culmina en el impresentable final, cuando “La Ceci” aparece en plan Joséphine Baker para suplantar al mismísimo Carlos X de Francia en la gran escena que cierra la ópera, donde en lugar de entonar la canción elegida por todos -la loa “Carlos X, rey de Francia”-, ella y los otros trece protagonistas cantan un bodrio llamado, ¡claro!, “La Ceci”.

“Elegid el tema y luego me escucháis” propone Corinna a los invitados, pero aquí importa un bledo el libreto y la decisión de todos, y se vulnera la acción para largar el bodrio en primera persona. Esta y otras muchas licencias en favor de subrayar el protagonista de un personaje -Corinna- que queda desdibujado y despojado de su esencia neutra y sensata en medio de la orgia de frikis que intervienen en la ópera. Algo insólito en un trabajo firmado por quien es uno de los máximos genios de la escena lírica contemporáneo.

A tenor de lo visto y escuchado en Salzburgo, Barrie Kosky se ha plegado al capricho y antojo de la todopoderosa Bartoli, que, conviene recordar, es directora en la ciudad de Mozart del Festival de Pascua. Es lo mismo que ya pasó, en 2022, también en Salzburgo, cuando la Bartoli desdibujó el personaje de Rosina en la tremenda y fallida producción de El Barbero de Sevilla firmada por Rolando Villazón.

Kosky, por fortuna, no es ni se parece en nada al cantante mexicano metido en el ocaso de su carrera a director de escena. Por eso, extraña que se haya involucrado en este juego de baja estofa. En cualquier caso, su genialidad inunda todo, con detalles verdaderamente logrados, apoyado en una efectiva y ecléctica escenografía de Rufus Didwiszus y un tronchante vestuario de Victoria Behr, muy a tono con el carácter de “drama jocoso” que distingue esta obra maestra. La caracterización y dramatización de los personajes -salvo la desfigurada Corinna- destila maestría, humor, genio y grotesca -pero fina- bufonería. Inolvidable el estrepitoso sombrero de la Condesa de Folleville.

Desde el vestíbulo del balneario “El Lírio de oro”, con efectiva puerta giratoria incluida, al distribuidor de habitaciones, con doce blancas puertas detrás de las cuales puede pasar -¡y pasa!- cualquier cosa. A tono con tanta genialidad, el vivo movimiento escénico y una minuciosa dirección actoral marca de la casa (Koski).

Todo trufado con infinitas morcillas, diálogos inventados y citas musicales en las que, entre otros muchos, no faltan Bach, Beethoven, Mozart, Haydn y etcétera, etcétera, etchétera Si en Don Pasquale Norina va “al teatro a divertirme”, aquí es Kosky quien, sin cortarse un pelo ni andarse en divagaciones, se divierte y anima aún más la de por sí ocurrente y excesiva trama argumental y musical. ¿Demasiado quizá? Para algunos, desde luego, sí. Aunque, al final, se impusieron decididamente los aplausos sobre los tímidos abucheos que se escucharon justo después de la “canción” de La Ceci(lia).

Puesta en escena firmada por Barrie Kosky
© SF/Monika Rittershaus

Vocalmente, y como siempre que se trata de una ópera de tan abultado elenco, hubo de todo, como en botica. A la Bartoli, que ya no es una jovencita (calza ya los sesenta), se le nota el paso del tiempo, y compone, vocalmente, una Corinna que utiliza con habilidad y tablas sus muchos recursos y gags escénicos para enmascarar insuficiencias vocales y los problemas derivados de una tesitura de soprano que no es precisamente la suya. A pesar del rebuscado protagonismo, su actuación quedó inmersa en el derroche vocal rossiniano de una ópera protagonizada, nada menos, que por tres sopranos, una contralto, dos tenores, cuatro barítonos y cuatro bajos.

En el haber vocal, hay que destacar la pizpireta y bien ensombrereada Condesa Folleville de la soprano Mélissa Petit; la bien cantada y animada Madama Cortese de la mezzo irlandesa Tara Erraught, y, por supuesto, la también mezzo Marina Viotti como entonada Marquesa Melibea, sobresaliente en el dúo con el Conde Libenskof. Entre los señores y señoritos, brillaron los tenores, encarnados por el uruguayo Edgardo Rocha (Caballero Belfiore) y el ruso Dmitri Korchak (Conde de Libenskof). El célebre bajo-barítono Ildebrando D’Arcangelo defendió con carisma escénico pero voz lejana a lo que fue un -en cualquier caso- plausible y caricaturizado Lord Sidney.

El barítono francés Florian Sempey salvó un Don Profondo que no llegó a airear las muchas posibilidades que brinda el poliédrico personaje, tan marcado en la poliglota aria “Io! Don Profondo” por la referencia inolvidable e inalcanzable de Ruggero Raimondi. El bajo eslovaco Peter Keller se lució como Don Álvaro, el grande de España loquito por la Melibea de Marina Viotti, mientras que el barítono georgiano Misha Kiria defendió un estrambótico Barón de Trombonok.

En el foso, al frente de la disciplinada y correcta -no más- orquesta Les Musiciens du Prince – Monaco, el maestro Gianluca Capuano, músico favorito de la Bartoli, que concertó con eficiencia e implicado sentido el vivo pulso dramático impuesto por Barrie Kosky. Una mayor contención dinámica en el balance orquestal hubiera mejorado sensiblemente el resultado musical de una función en la que el foso estuvo siempre demasiado presente.

Sobresaliente especial para el arpista MarkusThalheimer y Paolo Spadaro al teclado. Notable el Coro de la Ópera de Montecarlo y estupendo el atareado conjunto de bailarines. Al final, en este Viaggio a Reims, ha habido dos únicos triunfadores: el genio musical de Rossini y el genio dramático de Kosky. Lo de la Baker, la Bartoli y “La Ceci” en la tarta, es ya cosa del pasado.

Justo Romero

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