Yuja Wang, ¿Juguete roto o un mal día lo tiene cualquiera?
FESTIVAL DE SALZBURGO 2026. Recital Yuja Wang (piano). Obras de Satie, Art Tatum, Mendelssohn-Bartholdy, Shostakóvich, Márquez, Chaikovski, Scarlatti, Philip Glass, Gubaidulina, Ravel, Adès, Duke Ellington, Lecuona y Franck. Lugar: Salzburgo, Grosses Festspielhaus. Entrada: 2.179 espectadores (lleno). Fecha: 14 agosto 2026.
Yuja Wang © SF/Marco Borrelli
Han transcurrido casi cuarenta años, pero como si hubiese sido ayer. Recuerda el crítico la total decepción que le produjo Georges Cziffra la única vez que le vio tocar. Fue en Francia, en el Festival La Chaise-Dieu, el 25 de agosto de 1987. Aquel hombre descolocado, que había sido un hipervirtuoso lisztiano, apenas se sostenía en pie dando tumbos alrededor del piano. El alcohol y desgracias personales habían dado al traste con aquel hacha del piano.
Viene esto a cuento a propósito del decepcionante recital ofrecido el viernes por Yuja Wang en el Festival de Salzburgo, ante un abarrotado Grosses Festspielhaus -2.179 espectadores- que, en cualquier caso, al final de su anárquica actuación, la aplaudió y vitoreó casi tanto como siempre. Salvo las decenas de espectadores que se marcharon cabreados en un momento dado de este recital sin orden ni concierto, del que, por no saberse, ni siquiera se conocía qué tocaba.
Yuja Wang estaba el viernes, como Cziffra aquel lejano día, descolocada. De hecho, hasta casi se da bruces con el suelo y el taburete del piano en un par de ocasiones, posiblemente más por los imposibles tacones de agujas kilométricas que por otra extraña razón. Se la veía despistada, indecisa, vacilante. En los pasos y en las poses. Por fortuna, y a diferencia de Cziffra, nada de ello se reflejó en su virtuosismo a prueba de bomba, del que bien puede decirse aquello de Harold Shonberg referido a Michelangeli: ““Es tan difícil que los dedos de Michelangeli yerren una nota como que una bala pueda cambiar su dirección”.
La fea novedad de este recital radica en lo que tocó, cómo lo toco y de qué manera lo presentó. Lo que tocó es un misterio de los dioses, ya que ni se anunció en el inútil programa de mano (solo contenía una biografía de ella), ni por megafonía. Ni siquiera ella, de viva voz, dijo ni mu. En este sentido, la Wang podría ir a recibir unas clasecitas de András Schiff, quien el día antes, en el recital que ofreció en el vecino Mozarteum, comentó con verbo claro y ameno cada obra del programa.
Lo que tocó Yuja Wang el viernes fue un batiburrillo inaceptable y casi todo él de corrido (attacca), que mezclaba caprichosamente, sin orden, concierto ni criterio, fragmentos y arreglos dudosos de una retahíla de músicas; un indigesto gazpacho irreconciliable que trituraba obras de -por lo que pudo reconocer y averiguar el crítico- Satie, Art Tatum, Mendelssohn-Bartholdy, Shostakóvich, Márquez, Chaikovski, Scarlatti, Philip Glass, Gubaidulina, Ravel, Adès, Duke Ellington, Lecuona, Franck y, probablemente, se queden otros en el tintero.
¿Cómo lo tocó? Pues de corrido y sin más explicaciones ni lógica conocida. Así, la Chacona de Gubaidulina llegaba abrazada a Duke Ellington, Lecuona, Satie, Scarlatti (la Sonata K 466, en fa menor, fue de lo mejor o menos malo de la noche) o lo que marcara el antojo del momento, de la diva o vaya usted a saber… Un disparate de programa, impropio en cualquier lugar, más aún en un sitio como Salzburgo, la ciudad de Mozart, cuya música, por cierto, faltó en tan pródigo repertorio.
Hubo muchos “cachitos” de obras, a modo de resto de retales, en este popurrí sin pies ni cabeza. También transcripciones de obras sinfónicas o de cámara, como del “Scherzo” de la Sinfonía Patética de Chaikovski o del “Allegro molto” del Octavo cuarteto para cuerdas de Shostakóvich. Todo, tocado tan maravillosamente como siempre, pero ahora con un punto de azúcar inédito hasta ahora en su arte interpretativo. El almíbar y amaneramiento con que expresó el Nocturno póstumo, en do sostenido menor, de Chopin, recordaba más a su paisano Lang Lang que a ella misma.
El desconcierto del público era palmario. De vez en cuando, se reconocía alguna obra. “Questa poi la conosco pur troppo!”, como dice Leporello a Don Giovanni al reconocer Las bodas de Fígaro. Un itinerario desquiciado por el que el público iba tan perdido como la diva recorriendo con sus taconazos y modelito la inmensa escena del Grosses Festspielhaus. Al final, cuando apareció en el escenario un trajeado azafato con un ramo de flores, nos enteramos de que el programa invisible había concluido. Yuja Wang, ¿Juguete roto o un mal día lo tiene cualquiera? El tiempo lo dirá. Justo Romero.
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