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El Festival de Salzburgo 2026: Panorama del amor

PorBeckmesser

Jul 15, 2026

Salzburgo es quizá el festival más famoso del mundo, a pesar de que sus seis semanas de programación no sean muchas. Las calles se llenan de esmóquines y vestidos de noche a las cuatro de la tarde, los cafés sirven sin pestañear a quienes llegan con el programa bajo el brazo, y el Festungsberg iluminado de noche mientras suena Wagner desde el Grosses Festspielhaus produce una sensación de irrealidad completamente razonable.

Salzburgo no es solo el festival más importante del mundo, con seis semanas de programación, que no son muchas. Las calles se llenan de esmoquines y vestidos de noche a las cuatro de la tarde, los cafés sirven sin pestañear a quienes llegan con el programa bajo el brazo, y el Festungsberg iluminado de noche mientras suena Wagner desde el Grosses Festspielhaus produce una sensación de irrealidad completamente razonable. 

Salzburgo levanta el telón de su célebre festival (c) Land Salzburg:Leo

El festival nació en 1920 de la visión compartida de Hugo von Hofmannsthal, Max Reinhardt y Richard Strauss, que eligieron la ciudad natal de Mozart como escenario de un proyecto cultural que trascendiera la mera programación de conciertos para convertirse en afirmación de la identidad espiritual europea tras el desastre de la Primera Guerra Mundial. La primera representación fue el Jedermann de Hofmannsthal en la plaza de la catedral, el 22 de agosto de 1920. Ciento seis años después, esa misma obra se repite cada verano en el mismo escenario. Pocos festivales del mundo pueden presumir de semejante continuidad.

La historia del certamen es inseparable de la de sus grandes directores artísticos. Bruno Walter, Wilhelm Furtwängler y Herbert von Karajan moldearon su identidad musical en las primeras décadas. Karajan, en particular, lo gobernó con mano de hierro desde 1956 hasta su muerte en 1989, convirtiendo la Filarmónica de Viena en orquesta residente y a Salzburgo en sinónimo de excelencia.

Tras el periodo de Mortier, que sacudió las estructuras con producciones polémicas, llegó Markus Hinterhäuser, cuya dirección artística desde 2017 ha mantenido el equilibrio entre el canon y la vanguardia con una lucidez poco frecuente. El presupuesto del festival en 2026 se eleva a 77,3 millones de euros y con 218.000 entradas a la venta entre 10 y 485 euros.

Este año tiene lugar del 17 de julio al 30 de agosto bajo el lema Panorama del amor, con 208 representaciones que abarcan ópera, teatro y concierto. Para Hinterhäuser la propuesta representa una exploración de la vulnerabilidad humana y un espejo de la historia cultural e intelectual europea.

El centro del programa lo componen tres nuevas producciones líricas. La primera y más esperada es la Carmen de Bizet, con Teodor Currentzis al frente de su Utopia Orchestra y Gabriela Carrizo -directora y coreógrafa de la compañía Peeping Tom- a cargo de la escena, buscando despojar al mito de lecturas superficiales para centrarse en la indomable búsqueda de libertad de su protagonista. Asmik Grigorian encarna a Carmen con Jonathan Tetelman como Don José y Davide Luciano como Escamillo. Hinterhäuser define esta Carmen como la más oscura y brutal de las óperas del programa. Con Currentzis y Grigorian, lo más probable es que tenga razón.

La segunda nueva producción es la Ariadna en Naxos de Strauss, con Manfred Honeck en el podio y Ersan Mondtag en la escena. Elīna Garanča encarnaba a Ariadna, con Eric Cutler como Baco y Kate Lindsey como el Compositor. Una apuesta arriesgada: Garanča estaba anunciada pero ha cancelado.

La tercera nueva producción es la más monumental: el San Francisco de Asís de Messiaen, en la Felsenreitschule, con Romeo Castellucci en la dirección escénica y Maxime Pascal en el podio al frente de la Filarmónica de Viena. La producción conmemora el octavo centenario de la muerte de san Francisco. Philippe Sly encarna al santo y Lauranne Oliva al Ángel. Una ópera de casi cinco horas que solo Salzburgo puede permitirse programar con los medios que merece.

Salzburgo no es solo el festival más importante del mundo, con seis semanas de programación, que no son muchas. Las calles se llenan de esmoquines y vestidos de noche a las cuatro de la tarde, los cafés sirven sin pestañear a quienes llegan con el programa bajo el brazo, y el Festungsberg iluminado de noche mientras suena Wagner desde el Grosses Festspielhaus produce una sensación de irrealidad completamente razonable. 

La soprano Asmik Grigorian protagoniza la esperada producción de Carmen ©Olivia Kahler

El resto del cartel operístico no es menos sustancioso. El Werther de Massenet reúne a Benjamin Bernheim y Marianne Crebassa bajo la batuta de Alain Altinoglu. Con Così fan tutte regresa Mozart a su ciudad, en la producción de Christof Loy con Elsa Dreisig como Fiordiligi y Lea Desandre como Despina, dirigidas por Joana Mallwitz. El Viaggio a Reims de Rossini repetirá tras el festival de Pentecostés con la producción de Barrie Kosky y Cecilia Bartoli. Completan el programa la Pasión de Pascal Dusapin en versión de concierto, el Lucio Silla de Mozart en versión semiescenificada con Adam Fischer y Sara Blanch, y la reposición de El príncipe de Homburg de Henze.

Y, como siempre, una gran exhibición de orquestas invitadas empezando con la Filarmónica de Berlín dirigida por Kirill Petrenko para desentrañar las Variaciones Enigma de Elgar y la cuarta sinfonía de Chaikovski. La Filarmónica de Viena ofrece cinco programas bajo Dudamel, Sokhiev, Muti, Thielemann y Nelsons. El festival dedica además un ciclo monográfico completo a MessiaenVisions de Messiaen– con Pierre-Laurent Aimard, Olivier Latry, Igor Levit y el Cuarteto para el fin del tiempo. La mítica pianista Martha Argerich sumará su magisterio en la música de cámara junto al violinista Renaud Capuçon. Sera homenajeado György Kurtág, el compositor húngaro de noventa y nueve años con mucha más influencia sobre la música contemporánea que popularidad.

Para el Jedermann anual en la plaza de la catedral, Philipp Hochmair repite como protagonista con Roxane Duran como nueva Amada. La obra de Hofmannsthal sigue siendo, ciento seis años después, la bisagra entre el festival y la ciudad que lo acoge.

Gonzalo Alonso

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