El Festival de Bayreuth 2026: ciento cincuenta años en la Colina Verde
En Bayreuth la música no solo se escucha sino que se venera. La pequeña ciudad bávara de setenta mil habitantes se convierte cada verano en destino de peregrinación para wagnerianos de los cinco continentes, con listas de espera que duran años, entradas que se heredan y un ritual de asistencia que incluye el frac obligatorio, los largos intermedios con bocadillo en los jardines y la conciencia colectiva de estar en el único lugar del mundo donde Wagner quiso que su música sonara.
Bayreuth
La celebración arranca el 25 de julio con un acto solemne en el que Christian Thielemann dirige la Novena de Beethoven, la misma sinfonía que Wagner dirigió en la ceremonia de colocación de la primera piedra del Festspielhaus en 1872. Al día siguiente, el 26 de julio, se producirá el estreno absoluto de Rienzi en el Festspielhaus.
El Festspielhaus fue concebido y construido por el propio Wagner entre 1872 y 1876 según principios acústicos radicalmente nuevos: foso de orquesta invisible bajo el escenario, sin palcos laterales, sin decoración superflua, platea en pendiente pronunciada para que cada espectador tuviera visión directa. El resultado es un sonido inconfundible, oscuro y envolvente, al que ningún otro teatro del mundo se asemeja. El festival inaugural de 1876 presentó la primera integral del Anillo del Nibelungo ante un público que incluía a Liszt, Bruckner, Grieg, Tchaikovsky y el rey Luis II de Baviera.
Tras la muerte de Wagner en 1883, su viuda Cosima dirigió el festival con mano de hierro hasta 1906, manteniendo una fidelidad total a las indicaciones del compositor. Después vinieron su hijo Siegfried y su nuera Winifred, y aquí comienza el capítulo más incómodo de la historia del certamen.
Hitler, Bayreuth y Rienzi
Winifred Wagner conoció a Adolf Hitler en el festival de 1922 y quedó fascinada. Cuando el futuro dictador fue encarcelado tras el fracasado putsch de Múnich en 1923, ella lo visitó regularmente, llevándole alimentos y el papel con el que escribiría Mein Kampf. La relación fue tan estrecha que los hijos de Winifred lo llamaban familiarmente tío Wolf, y durante años se especuló abiertamente con la posibilidad de que se casaran. No llegó a ocurrir, pero la amistad entre ambos transformó Bayreuth en un instrumento de la propaganda nacionalsocialista
Hitler acudió al festival todos los veranos desde 1933 hasta 1940. Se alojaba en Wahnfried, la villa de Wagner, a veces sin escolta, y se implicaba hasta el punto de diseñar personalmente elementos escenográficos. El festival recibió financiación estatal directa, quedó exento de impuestos y se rebautizó durante la guerra como Kriegsfestspiele, con funciones gratuitas para soldados y trabajadores de la industria armamentística.
Winifred, que según su biógrafa Brigitte Hamann fue capaz de intervenir personalmente para salvar a familias judías de la Gestapo —el caso de los Pringsheim, parientes de Thomas Mann, es el más documentado—, nunca renegó sin embargo de su amistad con Hitler ni después de la guerra ni en sus últimos años de vida. La entrevista que le concedió al cineasta Hans-Jürgen Syberberg en 1975 sigue siendo uno de los documentos más escalofriantes sobre la relación entre arte y barbarie en el siglo XX.
La historia de Rienzi en relación con Hitler es la que explica su ausencia del Festspielhaus durante ciento cincuenta años. Según el propio testimonio de August Kubizek, amigo de juventud del dictador, fue una representación de esta ópera en Linz en 1905 —Hitler tenía dieciséis años— la que desencadenó su supuesta revelación política. Al salir del teatro declaró a su amigo que había sentido la llamada del destino.
La obertura de Rienzi, con su grandilocuencia orquestal y su retrato de un líder del pueblo que se eleva desde la plebe hasta el poder, sonaba en los congresos del partido nazi en Núremberg como himno cuasi oficial. Esa asociación convirtió la ópera en materia radioactiva para el festival fundado por el compositor.
Hay además razones musicales. Rienzi, la tercera ópera de Wagner pero cronológicamente anterior a El holandés errante que marca el inicio de su madurez, es una obra de enorme ambición y de medios igualmente enormes —cinco horas en su versión íntegra— que Wagner fue abreviando a lo largo de su vida sin llegar nunca a una versión definitiva. El propio compositor la consideró una obra de juventud que no correspondía al estilo dramático que luego desarrollaría.
Que nunca haya sonado en el Festspielhaus, el teatro que él mismo construyó para su obra madura, tiene pues una lógica interna además de la contaminación histórica. Lo que hace del estreno de 2026 un acontecimiento de naturaleza doble: musical e histórico al mismo tiempo. Quizá, de haber llegado Wagner a elaborar una versión definitiva hacia 1871, Rienzi habría encontrado su lugar en el festival. Andreas Schager encarna al protagonista, con Gabriela Scherer como Irene y Jennifer Holloway como Adriano.
Un Anillo con IA
El segundo gran acontecimiento es el Anillo. La tetralogía completa se ofrece en versión de concierto con Thielemann en el foso y con Michael Volle, Klaus Florian Vogt, Camilla Nyllund y Mika Kares en los roles principales. El proyecto se denomina Ring 10010110 y es el primer experimento de Bayreuth con inteligencia artificial en escena: no como personaje sino como fuerza visual generativa que produce imágenes en constante transformación que se contradicen y recomponen a sí mismas, incorporando además la historia de la recepción de la obra.
El calificativo de concierto resulta engañoso, pues un sistema de inteligencia artificial generativa produce sobre el escenario, en tiempo real, imágenes visuales que no se repiten de una función a la siguiente. El algoritmo procesa la partitura, el texto y la historia de la recepción de la obra —desde los grabados del siglo XIX hasta las producciones más polémicas del festival, pasando por las apropiaciones nazis y las revisiones feministas contemporáneas— y transforma todo ese material en una corriente visual que se contradice, se recompone y evoluciona conforme avanza la música.
Cada noche el Anillo tendrá una imagen diferente, generada por inteligencia artificial. No habrá decorado fijo, ni vestuario, ni dirección de actores. No habrá decorado fijo, ni vestuario, ni dirección de actores. Solo la orquesta, los cantantes y esa presencia visual inestable que hace visible lo que la música sugiere. Lo interesante es que la propuesta no reduce la tecnología a espectáculo sino que la convierte en argumento: la historia de cómo el Anillo ha sido interpretado, apropiado y malinterpretado a lo largo de ciento cincuenta años forma parte del texto de la representación.
Es el experimento más audaz que Bayreuth ha planteado en décadas en el terreno de la tecnología escénica. Una apuesta que dividirá opiniones antes, durante y después.
El director Pablo Heras-Casado, un año más en Bayreuth
El resto del repertorio
El holandés errante se presenta bajo la batuta de Oksana Lyniv con Nicolas Brownlee y Asmik Grigorian. Grigorian como Senta en Bayreuth es una combinación que los wagnerianos llevan años esperando. Parsifal regresa bajo la dirección de Pablo Heras-Casado, quien debutó en Bayreuth en el verano de 2023 con el Parsifal de Jay Scheib, una producción que incorporaba gafas de realidad aumentada para el público.
La acogida fue todo un éxito. La crítica alemana, habitualmente cauta con los directores extranjeros, reconoció en el granadino una lectura que combinaba rigor estructural con una calidez mediterránea que el Parsifal no siempre recibe desde el podio. En 2024 regresó con la misma producción y mayor madurez.
Este verano de 2026 dirige por tercer año consecutivo las funciones de Parsifal, con Andreas Schager en el papel protagonista, Ekaterina Gubanova como Kundry, Georg Zeppenfeld como Gurnemanz y Michael Volle como Amfortas. El idilio entre Heras-Casado y Bayreuth no solo continúa sino que tiene fecha futura: en 2028 dirigirá allí una nueva producción de la tetralogía completa, el encargo más ambicioso que el festival puede ofrecer a un director en activo.
La inusual gira española
Inmediatamente después del festival, la Orquesta del Festival de Bayreuth emprenderá algo sin apenas precedentes en su historia: una gira por España que visitará cinco ciudades en nueve días. Arrancará el 29 de agosto en el Palau de la Música Catalana, dentro de los actos del 40º aniversario del Festival Peralada, y continuará en Santander el 31 —donde clausurará el Festival Internacional—, Sevilla el 2 de septiembre en el Teatro de la Maestranza, Madrid el 3 en el Teatro Real y Valencia el 6 en el Palau de la Música.
El programa reúne fragmentos orquestales y vocales de las cuatro óperas del Anillo. La orquesta solo ha visitado España en dos ocasiones anteriores: en 1955 en Liceu de Barcelona y en 2012 con tres óperas en concierto. La gira de 2026 es la primera en suelo español con el director español que la Colina Verde ha reconocido como uno de los suyos.
Ciento cincuenta años después del primer Anillo, Bayreuth sigue siendo el único lugar del mundo donde Wagner suena como Wagner quería que sonara. Eso, con todos sus defectos y todas sus contradicciones, sigue siendo suficiente para justificar un viaje a quien no lo haya conocido.
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