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Crítica: Barenboim en El Escorial

PorBeckmesser

Sep 20, 2026
Barenboim Escorial flores con Alondra de la Parra

Alondra de la Parra obsequia flores a Barenboim

Barenboim en El Escorial, el testamento de un hombre que se niega a firmarlo

Obras de Wagner, Schubert y Schumann. Orquesta West-Eastern Divan. Daniel Barenboim. Teatro-Auditorio de San Lorenzo de El Escorial. !9 de septiembre de 2026.

Hay una escena que se repite en mi memoria cada vez que pienso en El Escorial y la música: un atardecer de hace ya más de tres décadas, era 1992, cuando Daniel Barenboim con la Filarmónica de Berlín llenó la Basílica del Monasterio de El Escorial con un Verdi que hizo llorar hasta a las gárgolas de granito. Muchos aficionados, entre ellos Alberto Ruiz Gallardón y Mar, hacíamos cola en la Lonja para entrar. Plácido Domingo cantaba aquella noche, y yo, mucho más joven y bastante menos escéptico que ahora, pensé que jamás volvería a vivir algo semejante en aquel recinto pensado por Felipe II para el recogimiento y no para el aplauso. Creo que hasta ahora no me he equivocado.

El sábado pasado, en el Teatro Auditorio de San Lorenzo de El Escorial que el citado Ruiz Gallardón nos construyó, otro anciano imponente -83 años que pesan como una losa y que él arrastra con una tozudez casi ofensiva hacia el sentido común- subió a un podio que ya no debería subir, según cualquier médico razonable, y sin embargo lo hizo. Daniel Barenboim no dirige por vanidad. Dirige porque no sabe hacer otra cosa, porque la batuta -y más su Orquesta West-Eastern Divan- es lo único que todavía le obedecen sin condiciones, y porque sospecho que tiene la convicción íntima de que dejar de hacerlo sería una forma de morir un poco antes de tiempo. Al citado Plácido le sucede lo mismo.

España y Barenboim, gracias a Alfonso Aijón, llevan juntos medio siglo. No hace falta que yo enumere aquí sus visitas al Real con el piano, sus grabaciones con solistas españoles, su cariño declarado por este país que le ha devuelto siempre el afecto con creces. Baste decir que pocos directores extranjeros han sido adoptados por el público español con la naturalidad con que lo fue él, y que su regreso a El Escorial -aunque ahora en el Auditorio y no en la Basílica- tenía, para quien conoce esta historia, un peso simbólico que ni el propio festival, en su estreno, podía haber calculado del todo.

Porque conviene no engañarse: este concierto pudo no celebrarse. Apenas dos días antes, en Dortmund, un episodio de debilidad posviral le impidió subir al podio, y fue el alemán Karl-Heinz Steffens quien tuvo que improvisar una sustitución de urgencia. Por cierto, estaba también aquí preparado por si acaso. Antes, a finales de agosto, había cancelado su presencia en el Concurso Rubinstein y en el Festival de Cámara de Jerusalén porque su cuerpo, sencillamente, no estaba en condiciones de viajar. La lista de renuncias forzosas se ha ido alargando desde que confesó públicamente, hace ya un tiempo, que el párkinson le había puesto una fecha de caducidad a su manera antigua de entender la profesión. Y sin embargo, entre cancelación y cancelación, ahí estaba él el sábado, sentado en una silla que alguien le había colocado con esmero, dispuesto a demostrar que la enfermedad puede llevarle las piernas pero no el pulso interior.

Barenboim con flores

Barenboim con las flores y su hijo a la izquierda

Con la West-Eastern Divan Orchestra la cosa es distinta a como sería con cualquier otra formación. No hablamos de un director y una orquesta contratada para la ocasión, sino de una criatura que Barenboim engendró junto a Edward Said hace ya veintisiete años, con la ambición casi quijotesca de sentar a jóvenes israelíes y árabes a tocar Beethoven codo con codo, como si la música pudiera lograr lo que ningún tratado de paz ha conseguido. He escrito ya en otras ocasiones sobre este experimento hermoso y frágil; baste decir aquí que la complicidad entre el fundador y sus músicos se palpaba en cada entrada, en cada mirada cómplice, en esa forma de tocar que solo se consigue después de años de convivencia y no de simple ensayo. Y, entre ellos, su hijo le miraba atentamente cada gesto.

El programa, valientemente centroeuropeo, abrió con la “Inacabada” de Schubert. Confieso cierta debilidad por esta partitura huérfana, que dice más en dos movimientos que muchas sinfonías completas en cuatro. La orquesta, quizá porque el maestro apenas necesitó levantar la batuta más de lo imprescindible, ofreció un sonido de cuerda cálido y sin aristas, con esas maderas que dialogaban entre sí como quien confiesa un secreto a media voz. No fue una lectura de vértigo, pero tampoco lo pretendía: fue una lectura de quien conoce la obra desde dentro y ya no necesita demostrar nada a nadie. Tanta es la complicidad entre orquesta y fundador que cuando éste pareció perderse en la repetición del tema, pasando atrás y adelante páginas de la partitura ellos siguieron tocando como si nada. Me acorde de un recital, décadas ha, en el Real, cuando momentáneamente se perdió en una “Sonata en si menor” de Liszt.

Luego lo mejor de la velada, “El Preludio y muerte de amor” de “Tristán e Isolda”, y aquí sí noté a Barenboim más entregado, casi febril pese a la quietud física impuesta por la edad. Hay directores que dirigen Wagner con la cabeza; él lo hace todavía, contra todo pronóstico biológico, con algo parecido a las vísceras. La orquesta respondió con una entrega que solo se explica por el cariño que le profesan. Conmovió desde el inicio, nos dejaron boquiabiertos los pianos y sólo faltó un punto más de intensidad en el climax para llegar al éxtasis. Vi llorar a algunos.

Cerró el concierto la “Tercera Sinfonía” de Schumann, la “Renana”, una obra a la que la historia de la crítica ha tratado con cierta injusticia, tildando a su autor de orquestador torpe cuando en realidad lo que hizo fue escribir para oídos que aún no habían nacido. El primer movimiento sonó con una amplitud casi de banda sonora, de esas que uno diría escritas para una pantalla que Schumann jamás pudo imaginar. Le siguió un Scherzo que la orquesta tomó con la contención justa, dejando que el Rin discurriera por las cuerdas sin prisa, mientras los metales entraban desde la distancia hasta cerrar el discurso con una tensión que, a mi juicio, pedía algo más de descaro del que Barenboim quiso o pudo darle. Y llegó después ese extraño tercer movimiento, ese “Nicht schnell” que rompe la lógica sinfónica al uso y que la batuta del maestro trató casi como un respiro entre dos tempestades: un paréntesis sin verdadera tensión dramática, que el público escuchó en ese silencio expectante y algo perplejo que solo provocan las partituras que no siguen el manual. Los dos movimientos finales nos dejaron ver que los vientos de la orquesta no igualan a sus cuerdas.

Salí del Auditorio con la sensación de haber asistido a algo que no volveré a ver: no porque la interpretación fuera perfecta -no lo fue del todo, y sería deshonesto fingir lo contrario-, sino porque pocas veces se palpa con tanta claridad la determinación de un hombre que se niega a dejar de ser quien fue. El Escorial, que ya vio pasar con él a la Filarmónica de Berlín y a Domingo, añade ahora a su memoria la que posiblemente sea su despedida de España, aunque a Barenboim, esa palabra, nunca le ha gustado demasiado. En cualquier caso una despedida con ovaciones, vítores, flores y mucho, mucho cariño.

Gonzalo Alonso

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