NUEVAS PERSPECTIVAS DE UNA OBRA MAESTRA
Janacek: Jenufa. Vanessa Goikoetxea, Elisk Weissova, Alejandro Roy, Joan Laínez, Cristina Faus, Gabriel Alonso, Javier Agudo, Andrea Varela, Belén Vaquero, Ruth González. Dirección musical: José Miguel Pérez Sierra. Director de escena: Emiliano Suárez. Escenografía: Alfons Flores. Vestuario: Ana Garay. Iluminación: Luis Perdiguero. Director del Coro. Fernando Briones. Orquesta Sinfónica de Galicia. Coro Gaos. Palacio de le Ópera, A Coruña, 17 de septiembre de 2026.
Jenufa, por primera vez en A Coruña
Hay que felicitar a Aquiles Machado, que ha cumplido su último año como director de la temporada lírica de los Amigos de la Ópera de La Coruña, por haber seleccionado este fundamental título de Janacek, que nunca se había visto en a ciudad gallega. Obra maestra sin duda esta tercera ópera del compositor moravo que vio la luz en Brno, el 21 de enero de 1904. Recrea un suceso pueblerino envuelto en una atmósfera costumbrista muy conectada con el verismo coetáneo (Madama Butterfly de Puccini se estrenó tan sólo un mes más tarde).
Janácek emplea ya aquí, aunque sin alcanzar la estilización posterior, de una mayor economía, agresividad y sentido de la elipsis, sus característicos motivos cortos e incisivos, elaborados a veces a partir del habla cotidiana y que suponen un acercamiento al mundo circundante. El músico era un opositor a todas las reglas y hábitos de la progresión habitual de los acordes y recomendaba a los estudiantes que escuchasen progresiones singulares, más expresivas y valiosas. Ese lenguaje, hasta cierto punto original, alcanzaría todo su esplendor en una ópera como esta que ha tenido en este caso una muy plausible interpretación musical.
En primer lugar por la actuación del repato vocal, muy meritorio, adecuado y entregado en el que ha destacado de manera sobresaliente la soprano Vanessa Goikoetxea, cada vez más entonada, afinada y expresiva. Su voz, de un lirismo muy sano y natural encaja pefectamente en lo que pide el personaje: intensa acentuación, sugerente y límpida, sentido rítmico para enlazar sin apuros las complejas frases, igualdad de registros, afinación, solamente perjudicada aquí por algún agudo relativamente templado (en el último acto). Su timbre, brillante y plateado, su pronunciación y regulación encajaron perfectamente en lo que pide un personaje que viene definido particularmente por la emoción.
A su lado cumplió sobradamente el resto del bien escogico reparto, con la soprano dramática Eliska Weissová a la cabeza interpretando a una Sacristana robusta, incisiva, contrastada, caudalosa, con un centro ancho y poderoso y con un timbre si no bello, sí adecuado al personaje y a sus intenciones. Graves débiles y desiguales. Tuvimos dos tenores perfectos. Laca fue Alejandro Roy, spinto bien centrado, que supo enmplear sus latigazos vocales y sus agudos plenos y demoledores para expresar las cuitas del inseguro y racial personaje. Steva, mujeriego, borracho y egoísta fue Joan Laínez, un lírico pleno bien timbrado, fácil de emisión y ortodoxo de expresión.
Cantó muy bien, estupendamente caracterizada como abuela Buryja, la siempre en su punto mezzo lírica Cristina Faus. Bien el barítono lírico gallego Gabriel Alonso en su papel de Capataz. Cumplidores los demás, incluida la infalible Ruth González en uno de sus habituales papeles de mozalbete.
Imagen de la producción
Todos estuvieron bien arropados por la cálida batuta, móvil y danzarina pero clara y elegante, de Pérez Sierra, que ofreció una lectura muy notable por su habilidad para resaltar los aspectos más líricos de la partitura y por su destreza en los acompañamientos, siempre pendiente de las líneas vocales. Un mayor grado de contrastes dinámicos, de tensión rítmica, de variedad acentual hubieran mejorado algo más una labor en todo caso encomiable apoyada en una flexible, sonora y afinada Sinfónica de Galicia. Y en un coro bien acoplado y sugerente dirgido por Fernando Briones.
El director de escena, Emiliano Suárez, es hombre inquieto, culto, imaginativo, en busca siempre -como la mayoría de los registas de hoy en día- de nuevas perspectivas, puntos de vista, segundas o terceras lecturas. Trata siempre de profundizar, modificando esquemas conocidos, en la anécdota humana, en el trasfondo, encontrando en ocasiones soluciones fantasiosas y sorprendentes. En esta ocasión da un giro espectacular a la historia y la sitúa en una tierra hostil y empobrecida de los Estados Unidos a mediados de los cincuenta del siglo XX. Algo inspirado en la conocida película de Peter Bogdanovich de 1971 The Last Picture Show, que nos ofrece un panorama ensombrecido de una pequeña comunidad rural de la América profunda.
Está muy bien urdida la historia, cuyo primer acto se sitúa en una gasolinera llevada por Jenufa situada al pie de un enorme anuncio de Coca-Cola. Es realmente el único apunte que nos conecta con ese América profunda porque los otros dos actos se desarrollan con un enorme frontispicio rocoso en el que se practican pequeñas aberturas (dos ventanas y una puerta en el segundo) y uan puerta grande (tercero). Los coros de campesinos desaparecen y son sustituidos por curiosos espantapájaros, que tratan de conectarnos con un campo hostil.
Al final, al cierre de una acción algo confusa de movimientos y situaciones en donde la boda rural queda totalmente borrosa, Jenufa, en vez de quedarse junto a Laca a la espera de una futura y más bonancible existencia tras la detención de Kostelnicka (por haber matado al hijo de Jenufa), se pierde, envuelta en una resplandeciente luz, al fondo de la escena. Todo ese planteamiento, muy bien servido por todos los elementos integrantes de la producción que aleja a la acción de sus raíces naturales, hace perder idiosincrasia a la narración dramático-musical. Pero el intento, que cabría pulir y mejorar, nos abre nuevas perspectivas. De eso se trata a veces. Y contando con los excelentes y acertados colaboradores escenográficos, figurinistas e iluminadores.
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