Zubin Mehta, noventa años y una vida con el compás en la mano
Zubin Mehta
Hoy, 29 de abril, Zubin Mehta cumple noventa años. Hay cifras que uno escribe y acto seguido hace una pausa larga, porque se resiste a que sean verdad. Noventa años. Un hombre nacido en Bombay en 1936, cuando el mundo era otro y la música clásica occidental todavía no sospechaba que un muchacho parsi iba a convertirse en uno de sus más grandes embajadores.
Hay quien cumple noventa años y uno lo celebra con afecto. En el caso de Zubin, uno lo celebra con algo más hondo: con gratitud. Con la gratitud de haber podido escucharle en el podio durante décadas, de haberle visto transformarse ante la orquesta en ese ser distinto que son los grandes directores cuando la batuta les devuelve a su mejor versión.
Mehta hijo aprendió el oficio de Mehta padre. Mehli Mehta, violinista y fundador de la Orquesta Sinfónica de Bombay, puso en manos de su hijo la gramática musical desde la infancia. Pero fue Viena la que le dio la sintaxis. Fue allí, en la Academia de Música, con Hans Swarowsky como maestro y Claudio Abbado como compañero de clase, donde el joven Zubin descubrió que tenía manos de cirujano y oídos de búho, que diría Norman Lebrecht.
Con apenas veintiún años ya estaba al frente de la Filarmónica Real de Liverpool. A los veinticinco era director musical en Montreal. A los veintisiete, en Los Ángeles. El mundo de la dirección orquestal no se da prisa, generalmente. En el caso de Mehta, se dio una carrera para llegar a él antes de que se les escapase.
Vino después la Filarmónica de Nueva York, los conciertos de Año Nuevo de Viena —en cinco ocasiones, 1990, 1995, 1998, 2007 y 2015—, y sobre todo la Filarmónica de Israel, con la que permaneció como director musical durante cuatro décadas, de 1981 a 2020, una fidelidad que dice mucho de su forma de entender la música: no como una sucesión de contratos, sino como algo parecido a un matrimonio. Un vínculo. Incluso ayudó a aquella orquesta en los peores momentos de la historia de ese país, dirigiendo conciertos durante los bombardeos del Golfo en 1991, cuando otros lo habrían dejado todo y se habrían marchado. Él no. Eso también es un maestro.
María Dueñas junto a Mehta el pasado mes de febrero en Madrid
Hay directores técnicamente impecables que uno escucha y no siente nada. Y hay directores que quizá no sean los más refinados en el análisis pero que tienen algo que los otros no tienen: esa capacidad de transmitir que la música les importa de verdad, que no están ejecutando una partitura sino viviendo dentro de ella.
Mehta pertenece a esa segunda estirpe. Su repertorio es el del gran postrromanticismo: Bruckner, Mahler, Richard Strauss, Brahms. Ahí sabe que está en casa, y se nota. Su Bruckner -la Octava con la Filarmónica de Israel- tiene la solidez catedralicia de quien ha entendido que ese edificio no se construye a base de apresuramiento. Su Mahler tiene el aliento de quien sabe que esas sinfonías no son análisis sino confesiones.
No me resisto a contar algo que presencié en uno de sus ensayos con la Orquesta Nacional de España, y que define mejor que cualquier análisis lo que es Mehta como músico y como persona. Estaba en el podio trabajando con la orquesta cuando uno de los instrumentistas de los últimos atriles superiores se permitió un comentario en voz baja, despectivo, confiando en que la distancia le protegería. No le protegió. Mehta lo escuchó. Y sin levantar la voz, con esa calma que resulta mucho más cortante que cualquier grito, le dijo: “Si tiene usted lo que hay que tener, baje a repetir lo mismo delante de mí.” Nadie bajó, claro. Y el ensayo continuó. Genio y figura.
Y luego está la ópera. Mehta tiene en su haber algunas de las más gloriosas páginas de la discografía lírica del siglo XX. La Turandot que grabó en Decca con Pavarotti, Sutherland y Caballé no es simplemente una gran grabación: es, para muchos de nosotros, una de las referencia de esa ópera.
Cabría añadir el Trovatore con Domingo y Price, la Tosca, La fanciulla del West, ese puñado de discos que hacen que su catálogo, aunque no sea enorme en número, sea indiscutible en peso. Y para quienes quieran salir del repertorio habitual, su legendaria versión de la Segunda de Mahler con la Filarmónica de Viena -grabada para Decca en 1975- sigue siendo, medio siglo después, una de las interpretaciones de referencia de esa sinfonía. Si hubiera que recomendar un solo disco para quien quiera conocer lo mejor de Mehta, yo quizá elegiría esa Turandot: ahí está todo. La suntuosidad, la potencia, el sentido teatral, la generosidad con los cantantes.
Alfonso Aijón con Zubin Mehta y Daniel Barenboim
Zubin y España, Zubin y Alfonso
La relación de Mehta con España es una historia de amor larga y bien documentada. Debutó aquí en 1964, al frente de nuestra Orquesta Nacional, en el Festival Internacional de Granada. Ese mismo verano repitió en Santander. Así lo contaba Alfonso Aijón en el texto del programa de mano de los conciertos de febrero de este año: él tenía entonces veinticuatro años y ya estaba forjando lo que acabaría siendo una amistad de más de seis décadas.
Porque Aijón no solo trajo a Mehta a España. Fue Ibermúsica la que presentó al público español a la Filarmónica de Los Ángeles -con su debut aquí en 1976-, a la Filarmónica de Israel, a la Orquesta de la Ópera de Múnich y oficialmente a la Filarmónica de Nueva York. Todo ello con Mehta en el podio. Las visitas del maestro a Ibermúsica superan ya el centenar; en el programa de mano de los conciertos de febrero la lista de actuaciones ocupaba más de tres páginas. Eso ya no es una relación profesional. Eso es una historia.
Pero Zubin, que no es un dios sino un hombre con sus manías, tiene también sus pequeñas vanidades. Lo puedo certificar. Hace años coincidimos en Nápoles, en el mismo hotel, durante unos días en los que él dirigía Carmen de Bizet. Al enterarse de que yo disponía de suite y él no, la indignación fue inmediata y genuina. El maestro Mehta, director de las más grandes orquestas del mundo, condecorado por la familia imperial japonesa y ciudadano honorario de Tel Aviv y de Florencia, estaba contrariado porque un crítico musical español se había llevado la habitación mejor antes que él. La escena tenía su gracia. Tiene, vista desde aquí, su ternura.
He escrito en estas páginas, en más de una ocasión, que la de Zubin Mehta y Alfonso Aijón es uno de esos raros ejemplos de simbiosis entre el artista y el promotor que definen la vida musical de una ciudad durante décadas. No es solo que Mehta venga a Madrid porque le contratan. Es que viene porque aquí tiene amigos, y porque este público le ha dado algo que no se cotiza en caché: lealtad y afecto acumulados durante cincuenta años.
Recuerdo una noche en Múnich, al terminar una representación. Pasados los aplausos y el calor del escenario, Mehta se fue adentrando por los pasillos de los camerinos preguntando por Alfonso Aijón. No buscaba a un productor ni a un representante. Buscaba a su amigo. Creo que eso lo dice todo. Seguro que, al leer estas líneas, Alfonso me escribirá para corregir o ampliarme algo. Mehta es también amigo íntimo de la Reina Sofía, que estuvo presente en los conciertos de febrero, como estuvo Barenboim -callado entre el público, lo que ya es todo un gesto-, mientras el Auditorio Nacional tributaba al maestro la ovación más larga y sincera que yo recuerdo haberle escuchado a esas paredes. Supongo que, como habitualmente, terminarían en Horcher.
Algo hay que contar de aquellos conciertos del 14 y 15 de febrero, porque fueron el homenaje que marcará el año de su nonagésimo cumpleaños. Necesitó la ayuda de dos personas para trasladarse de la silla de ruedas al podio. Eso ya lo sabíamos. Pero lo que vino después fue otra cosa. El Zubin que uno esperaba -poderoso, envolvente, suntuoso- estaba algo más contenido que en las mejores noches de su vida, es verdad.
La Obertura de Rienzi no llegó a desplegar toda su grandiosidad habitual. La West-Eastern Divan Orchestra, orchestra joven y formidable en su misión humanista, exige más esfuerzo que las grandes filarmónicas de sus mejores años. Pero algo sucedió en la Segunda parte del primer concierto que me detuvo en seco. En la Cuarta Sinfonía de Chaikovski —obra que Mehta ha tocado centenares de veces y que conoce desde dentro como conoce su propia casa—, en el segundo movimiento, tras la entrada del clarinete en mi bemol, me sorprendí a mí mismo no escuchando lo que sonaba en el escenario sino lo que me llegaba desde el pasado: otras tardes con esa misma partitura, otras orquestas, otra versión del maestro.
Fue un momento extraño y hermoso. Y también, lo confieso, algo triste. Porque en los últimos acordes pensé que posiblemente sería la última vez que viese a Zubin Mehta en un podio. Luego volví a casa y me pregunté si no habría llegado también la hora de mi propia retirada. No llegué a ninguna conclusión. La música de Chaikovski tiene ese efecto.
Lo que viene
Pero la vida sigue, afortunadamente para todos. Mehta arrancó las celebraciones de su noventa cumpleaños en enero en su Bombay natal, con la Filarmónica de Belgrado —la orquesta que le dio su primera oportunidad profesional en 1958—, acompañado por Pinchas Zukerman y Lang Lang. En España nos tocó en febrero, con esa gira de cinco conciertos por Madrid, Barcelona y Oviedo que llenó todos los auditorios con meses de antelación. Y este verano está anunciado en el Festival Internacional de Granada al frente del Maggio Musicale Fiorentino, con tres sinfonías de Mozart. Que Zubin Mehta, a sus noventa años, siga anunciado en Granada -ciudad donde comenzó su historia española- tiene algo de círculo que se cierra con elegancia.
¿Y la salud? La silla de ruedas es ya inseparable de su presencia. Los años y las intervenciones han ido cobrando su precio. Pero quien le haya visto en el podio este febrero habrá comprobado lo que siempre se dice de los grandes directores y que sigue siendo verdad: que la música les rejuvenece. Que en esos minutos en que la orquesta respira bajo su batuta, los años se quedan al otro lado de la tarima. Zubin Mehta sigue siendo, en el podio, una presencia. No la de antes, no con la misma energía física. Pero sí con algo que no se aprende y que los años no se llevan: la autoridad del que sabe.
Noventa años. Nacido el mismo día que Duke Ellington -el 29 de abril-, Zubin Mehta cumple esta semana una cifra que uno celebra con el mismo afecto con que se celebran las cosas que importan de verdad. No por obligación ni protocolo, sino porque a veces uno tiene suerte y puede decirle a alguien: gracias. Gracias por estar. Gracias por la música.
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