La soprano Nadine Sierra volvió a redimir las carencias y a compensar los excesos de una función desigual en el Teatro Real. Como hace dos temporadas en Bilbao, su Juliette en la ópera de Charles Gounod brilló con luz propia por encima de un reparto notable con alguna mácula, de una dirección musical solvente pero poco inspirada y, sobre todo, de una producción escénica que, basada en el oxímoron shakesperiano, sucumbe demasiadas veces a su propio juego de contrarios.