El Teatro Real fue uno de los primeros escenarios en incorporar Manon Lescaut de Puccini a su repertorio. En noviembre de 1893, apenas nueve meses después de su primer y apoteósico telón en Turín, el público de Madrid recibió con más frialdad que entusiasmo la tercera ópera del que estaba llamado a recoger el testigo de Verdi. La anunciada sucesión tenía más de estrategia comercial que de afinidad estilística. La editorial Ricordi ofrecía una rebaja en los derechos a los teatros que programaran en una misma temporada Falstaff, la última ópera del octogenario maestro de Busseto, y el flamante éxito de su joven promesa.