Un airado abucheo y veinte minutos de aplausos cierran el fallido Ring de la “inteligencia artificial” con Götterdämmerung y Thielemann en Bayreuth
FESTIVAL DE BAYREUTH 2026. Wagner: GÖTTERDÄMMERUNG, EL OCASO DE LOS DIOSES. Camilla Nylund (Brunilda), Klaus Florian Vogt (Siegfried), Mika Kares (Hagen), Michael Kupfer-Radecky (Gunther), Magdalena Hinterdobler (Gutrune), Jochen Schmeckenbecher (Alberich), Christa Mayer (Waltraute), Anna Kissjudit (Primera Norna), Alexandra Ionis (Segunda Norna), Magdalena Hinterdobler (Tercera Norna), Katharina Konradi (Woglinde), Natalia Skrycka, (Wellgunde), Marie Henriette Reinhold (Flossilde). Editor: Marcus Lobbes. Concepto artístico y técnico: Marcus Lobbes y Nils Corte. Dramaturgia: Andri Hardmeier. Código creativo / Arte visual: Nils Corte y Phil Hagen Jungschlaeger. Escenografía: Wolf Gutjahr. Vestuario: Pia Maria Mackert. Narración digital y con IA: Roman Senkl. Coro y Orquesta titulares del Festival de Bayreuth (director de coro: Thomas Eitler-de Lint). Dirección musical: Christian Thielemann. Lugar: Festspielhaus de Bayreuth. Entrada: 1.937 espectadores (lleno). Fecha: 1 agosto 2026.
Imagen de la producción de Götterdämmerung que cierra el Anillo de la IA
¡Estaba cantado! Cuando los perpetradores escénicos del fallido Ring de la “inteligencia artificial” dieron por fin la cara al concluir el sábado el ciclo wagneriano con una representación de El Ocaso de los dioses fabulosa sinfónicamente, diversa vocalmente y execrable escénicamente, se montó la marimorena en la platea del -como siempre- abarrotado Festspielhaus.
Así, entre abucheos y protestas airadas, ha sido el triste final de este Anillo esquizofrénico, en el que la excelencia musical dictada por un glorioso Christian Thielemann (Berlín, 1959) chirriaba con la estupidez escénica y nadería de una ocurrencia absurda, en la que la “inteligencia artificial” se ha mostrado torpe e insignificante ante el torrente de vida, imaginación, belleza y sensibilidad que vuelca Wagner en su gigantesca obra maestra.
Cuesta trabajo creer que un músico tan cabal como Thielemann haya aceptado meterse en este fregado pueril e inútil, en el que un sinfín arbitrario de imágenes distrae y hasta oculta la exigua acción dramática y a los propios cantantes. Posiblemente, visto lo que se ha visto y sido, él, en su fuero interno, será el primero en reconocer el error de hacerse cómplice de semejante banalidad.
Mérito tiene ¡y enorme!, ser capaz de hacer música ajeno al disparate cansino de cuánto se proyectaba en el inmenso escenario. Lo único que sí cabe aplaudir al equipo perpetrador ha sido el que durante la “Música fúnebre” de El Ocaso cerraran el maldito quiosco de imágenes a gogó, y bajaran el telón para que ésta se escuchara y sintiera en la oscuridad única y total del Festspielhaus. Aunque es fácil imaginar que este acierto haya sido una imposición en forma de sugestión del propio Thielemann.
La sonora pitada al final de la representación cedió ipso facto cuando en los saludos aparecieron los cantantes. Frente al abucheo unánime, veinte ininterrumpidos minutos no menos unánimes de bravos, aplausos y pataleo en la tarima, que en Bayreuth es expresión de máxima aprobación. Desde luego, había razones a raudales para lo uno y para lo otro. Para lo “escénico”, por lo ya apuntado, y para la música, sobre todo por la concertación minuciosa y fabulosa de un Thielemann que, desde el foso, canta, modela, dibuja y nutre el pentagrama de magia, vida y sentido.
El director berlinés crea ambientes y se explaya en la belleza instrumental, solista y de conjunto. En el “Viaje de Siegfried por el Rin” embarcó a todos en un hipnótico universo de sugestión y bonanza, en una atmósfera ya iniciada desde el principio, con las divagaciones de las Normas sobre pasado, presente y futura, y que no decayó ni un instante, hasta la portentosa escena final, con la “Inmolación de Brunilda”, enunciada por el foso con majestuoso y grandioso sentido épico. Música que es emoción. Y viceversa.
Imagen de las proyecciones generadas para la puesta en escena
A pesar de puntuales patinazos instrumentales -muy evidentes en las trompas- la Orquesta de Bayreuth -formada por instrumentistas de las mejores orquestas alemanas- hizo valer su opulencia sinfónica y esa capacidad de generar colores y registros solo posible cuando en el podio hay un maestro con la imaginación y los medios para hacerlos aflorar.
Inmerso en el Anillo, en sus cuatro inmensas partes, Thielemann reconstruye el fascinante mosaico sonoro plagado de alusiones a motivos ya escuchados en los tres títulos anteriores, en una evocación sonora, en forma de Leitmotiven, cuajada también de objetos o situaciones, desde la espada de Siegmund al yelmo de Alberich, el martilleo de Mime o la lanza de Wotan. La belleza simple de la cita del “Pájaro del bosque!-, o la sugestión de personajes que fueron -Wotan, Sieglinde, los gigantes, Fricka, Siegmund, Mime…- forman parte esencial del mapa anímico de este Ocaso de los dioses que, conceptualmente, marca un nuevo hito en la memoria de Bayreuth.
Entre los cantantes, hubo de todo. El Siegfried del tenor Klaus Florian Vogt es definitivamente un papel equivocado. Canta con entrega y maneras, y logra salir airosamente del paso, pero es un Siegfried demasiado lírico y nada heroico, que en realidad suena a Lohengrin, Walther o Tannhäuser. Llegó sano y salvó al final, muerto a traición y por la espalda, pero reconfortado tras dejar entrever apuros en el segundo acto.
El parentesco con Siegfried verdaderos, como Andreas Schager, es insostenible. Por eso nada más natural, que volver al territorio de siempre. De hecho, en la próxima edición de Bayreuth, Vogt, nacido en Heide, en 1970, aparcará estas “veleidades” heroicas para ser lo que siempre ha sido: Tannhäuser y Walther (Maestros cantores) .
Con la Brunilda demasiado veterana de la finlandesa Camilla Nylund (1968) ocurre algo parecido, pero aquí el problema es el inevitable deterioro de los medios vocales por el paso del tiempo. Algo particularmente significativo en un papel de tantas exigencias como el de la Valquiria. Salvó a duras penas la gran escena final, uno de los momentos más excelsos de la literatura operística, y dejó constancia de su clase -quien tuvo, retuvo- en el primer acto, en el encuentro con la crecida y entonada Waltraute de Christa Mayer y en el dúo radiante con Siegfried.
El bajo finlandés Mika Kares repitió el rocoso Hagen de ediciones anteriores, mientras el barítono Michael Kupfer-Radecky (Gunther) y la soprano Magdalena Hinterdobler (Gutrune) fueron tan anodinos y discretos como sus propios personajes. Notables las tres Normas y estupendas en verdad las tres hijas del Rin, con el lujo de contar con la soprano kirguisa Katharina Konradi como refulgente Woglinde.
Punto y aparte merecen coro y orquesta. El primero, con sus tenores y barítonos empeñados como impresionantes gibichungos en la famosa escena del segundo acto, y la orquesta, excelsa, dúctil y suntuosa toda la larga representación, que comenzó a las 16 horas y no concluyó hasta bien pasadas las diez y media de noche, hora a la que hay que sumar los veinte minutos de saludos y éxito. Atrás quedaron los abucheos, pero no la pesadilla de este Ring artificial y torpe que queda cómo el episodio escénico más abominable vivido en Bayreuth desde su reapertura en 1951.
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