Les Musiciens du Louvre, sin Marc Minkowski: una celebración abierta de Händel y Vivaldi
Händel: Nisi Dominus, Salve Regina y Dixit Dominus. Vivaldi: Concerto alla rustica y Stabat Mater. Les Musiciens du Louvre. Mark Minkowski/Clément Pottier dirección. Impacta conciertos. Auditorio Nacional, 18 de junio de 2026. Baja entrada.
Les Musiciens du Louvre llegaron al ciclo de Impacta, sin Minkowski
Hubo un tiempo, y esto no es un lamento sino un elogio histórico, en el que Italia fue la aduana musical de Europa. Allí se presentó en 1706 un avispado jovenzuelo sajón de veintidós años, que en algo más de tres compuso algunas piezas notables y un par de obras maestras. Prohibida en la ciudad santa la representación de óperas, Händel escribió Oratorios y música sacra empapados en el estilo maldito, obras entre las que destaca sobre todo el Dixit Dominus, escrita al igual que el Nisi Dominus sobre Salmos, además de la antífona mariana Salve Regina.
Todas ellas son obras de 1707. A éstas unieron para el concierto que comentamos Les Musiciens du Louvre otras dos de un joven talentoso, esta vez un italiano todavía en busca de arraigo profesional: el conocido Concerto sin solistas “alla rustica” (que es de una etapa posterior), y el Stabat Mater, compuesto en 1712 para Brescia, que es la obra vocal más antigua conservada de Vivaldi.
Un día antes del concierto, la agencia Impacta informó del cambio de última hora, por enfermedad (afortunadamente “bajo control”), de Marc Minkowski. El afamado director historicista fue sustituido por su asistente Clément Pottier, otro joven de la misma edad que los dos compositores (2002), que también se hizo cargo de la orquesta en recientes representaciones de Giulio Cesare en el Palau de Les Arts de València.
Pottier dio las gracias públicamente a Minkowski, a la orquesta y al público por la confianza en él depositada. Pero no hubo nada que lamentar. Con los pies separados, bien afirmados en la tarima, y a pesar de un repertorio gestual que tiene todavía margen de mejora, ofreció una dirección fluida y competente tanto en matices como en la coordinación de los endiablados pasajes contrapuntísticos de las obras programadas.
No fue la baja del admirado Minkowski el único tropiezo de la tarde: hubo añadidos de última hora (el Concerto de Vivaldi) y confusiones en el programa de mano (El Stabat Mater adjudicado a Händel y no a Vivaldi). También apuros en la organización del Auditorio: hasta un cuarto de hora después de lo anunciado no pudo comenzar el concierto por el inacabable trasiego de estrados y sillas en el escenario, una situación que se repite con más frecuencia de la debida. Pero quizá lo peor fue la falta de información precisa sobre cuál de las dos sopranos anunciadas fue la solista en el Salve Regina.
Porque sin duda Lydia Hoen Tjore (hubo que hacer averiguaciones) fue la más grata sorpresa de la tarde. Su línea de canto, su agilidad, su fiato y sus agudos brillantes y potentes (¡pero qué suavidad en los dos saltos de novena al inicio de “Ad te Clamamus”) nos conquistaron sin reservas. Y no porque su compañera, la soprano Song Hee Lee, careciese de méritos para el elogio: tras un comienzo discreto en “Tecum Principio”, del Dixit Dominus, se reivindicó con muy buena nota en el soberbio, bellìsimo “De torrente in via”, de la misma obra, cantada a dúo con L. H. Tjore.
Destacó también la contralto Monika Jägerová, solista en el Stabat Mater vivaldiano, bellísima obra de curiosa estructura ternaria, en la que se repiten con la misma música y distinto texto los tres primeros números, presentando música diferente en los tres finales. Es Monika Jägerová una contralto auténtica, de voz oscura y graves carnosos, si bien de un color algo diferente al resto de la tesitura y no siempre claramente audible en las agilidades exigidas. Dignos de mención resultaron también el bajo Trevor Eliot Bowes y el tenor Petr Nekoranec.
Excelentes les Musiciens du Louvre, coro y orquesta de cuerda (8-6-4-3-2, más clavecín, órgano y laúd) con Rachel Podger al frente. Dieron ya buena muestra de su calidad en el “Gloria Patri”, la monumental doxología del Nisi Dominus para doble coro (ocho voces independientes) y doble orquesta de cuerda, coronada con un monumental “Amén” fugado. Pero fue en la segunda parte cuando, por sonido, por afinación y por precisión, fue apabullante su sonido, en especial en el Dixit Dominus, destacando en “Juravit Dominus”, que incluye una intensa doble fuga en “Tu es Sacerdos”, y en el “Gloria” final, que exige gran virtuosismo por parte del coro y culmina de un modo impactante con una endiablada fuga a cuatro voces.
El público, que estuvo lejos de completar el aforo (anfiteatros laterales a menos de media entrada), estalló al final del concierto en interminables y calurosos aplausos, que invitaron al director, quizá con algo de exceso, a ofrecer no una, sino hasta tres propinas: la repetición del maravilloso “De torrente in via”, el primer movimiento del concierto vivaldiano en interpretación particularmente vigorosa, y el “Gloria” final del Dixit Dominus.
Con el acorde final de ese “Gloria” acudió a la cabeza del que suscribe la reciente imagen del Papa sentado tras la cruz, en el Bernabéu, escuchando canciones como Alza la mirada o Si no estás, lo último de ese catolipop en auge desde que el Vaticano II decidió que era tiempo de aggiornar un pasado musical glorioso, de dirigirse a la gente, también en lo musical, en el idioma común, y de medir la idoneidad de un canto por cuántos fieles unen su voz a la celebración.
Más de sesenta años después de aquel Concilio, y mientras se desvanecía en el aire del Auditorio ese último instante händeliano, uno se preguntaba si el esfuerzo había merecido la pena. No lo sé. Es posible.
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