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Crítica: Ibermúsica con Fischer, Müller-Schott, Gardner y la London Philharmonic en el día de la tragedia: un pesebre, unos cisnes y un héroe que no sabe morir

PorBeckmesser

Oct 31, 2026

Ibermúsica con Fischer, Müller-Schott, Gardner y la London Philharmonic en el día de la tragedia: un pesebre, unos cisnes y un héroe que no sabe morir

Casals: Preludio de El pessebre. Brahms: Doble concierto para violín y violonchelo en La menor, op. 102. Sibelius: Sinfonía nº 5 en Mi bemol mayor, op. 82. Julia Fischer, violín. Daniel Müller-Schott, violonchelo. 

Brahms: Concierto para violín en Re mayor, op. 77. Chaikovski: Sinfonía Manfredo en Si menor, op. 58. Julia Fischer, violín. London Philharmonic Orchestra. Director: Edward Gardner. Ciclo Ibermúsica. Auditorio Nacional de Música. Madrid, 28 y 29 de octubre de 2026.

Ibermúsica con Fischer, Müller-Schott, Gardner y la London Philharmonic en el día de la tragedia: un pesebre, unos cisnes y un héroe que no sabe morirCasals: Preludio de El pessebre. Brahms: Doble concierto para violín y violonchelo en La menor, op. 102. Sibelius: Sinfonía nº 5 en Mi bemol mayor, op. 82. Julia Fischer, violín. Daniel Müller-Schott, violonchelo.  Brahms: Concierto para violín en Re mayor, op. 77. Chaikovski: Sinfonía Manfredo en Si menor, op. 58. Julia Fischer, violín. London Philharmonic Orchestra. Director: Edward Gardner. Ciclo Ibermúsica. Auditorio Nacional de Música. Madrid, 28 y 29 de octubre de 2026.

Julia Fischer y Daniel Müller-Schott
Foto: Rafa Martín/Ibermúsica

Hay programas que se cierran con dos años de antelación y que un tren hace descarrilar en una mañana. El del miércoles venía revestido de solemnidad oficial: siglo y medio del nacimiento de Pau Casals, su Fundación ejerciendo de anfitriona y Felipe VI anunciado en el palco.

El Rey no llegó a venir, porque el siniestro de Urda le obligó a suspender la agenda, y fue el presidente de la Fundación quien, con la voz tocada, ofreció la velada a los fallecidos antes de pedir a la sala que guardase el minuto de silencio. Casals escribió El pessebre para consolar en tiempos sombríos, y el miércoles, sin que nadie lo buscara, volvió a cumplir ese encargo. la Filarmónica de Londres, que lo dio a conocer en Inglaterra en 1963, lo convirtió en responso. Sonó denso, con unos chelos de terciopelo y una madera que olía a campo catalán.

Conocemos a esta orquesta desde que Ibermúsica la presentó en España, López Cobos mediante, allá por 1980. Hoy su dirección artística la lleva un español, Jesús Herrera, y a Edward Gardner, titular desde 2021, le quedan dos temporadas antes de ceder la batuta a Paavo Järvi. Cuando el británico vino en 2023 con Andsnes alabé su criterio y sus formas. No me desdigo, pero estas dos noches han dejado ver también dónde termina.

El Doble concierto es la más arisca de las obras concertantes de Brahms, escrita para coser la amistad rota con Joachim y que aún conserva algo del costurón. Fischer y Müller-Schott la frecuentan juntos desde hace años, y se nota en lo que no se oye: nadie pide la palabra, se la ceden. Él tiene hoy un timbre de los que escasean entre los chelistas, envolvente y lleno, y canta sin necesidad de demostrar nada. Ella estuvo espléndida, de una limpieza absoluta, admitiendo el segundo espacio que ocupa en la obra.

El Andante fue una conversación íntima a la que la orquesta asistía de puntillas. Gardner los arropó con nobleza, quizá con demasiada, porque Brahms pide aquí también algo de aspereza y los contrastes quedaron limados. Para agradecer los aplausos, violín y violonchelo se unieron en el Cant dels ocells, sin un solo subrayado. Hacía mucho que no oía el Auditorio tan callado.

La Quinta de Sibelius dividió a quienes la escuchamos, y entiendo por qué. Gardner la expuso como quien enseña los planos de un edificio: cada idea brotando de la anterior, cada familia orquestal en su sitio, nada escondido. Funcionó de maravilla en el movimiento central, con un pizzicato de seda y unas trompas de lujo.

Al comienzo, en cambio, la música tardó en desperezarse, y en el último tiempo aquella visión de los dieciséis cisnes que Sibelius anotó en su diario tardó en desplegar las alas. Los acordes conclusivos, con sus silencios de por medio, llegaron puntuales, pero se oyó la arquitectura y no el vértigo. Faltaron bruma, horizonte, Finlandia. Ningún reproche a los músicos, que tocaron en estado de gracia; la decisión fue del podio. El Vals triste de despedida, de pianísimos casi inaudibles, tuvo la melancolía que se le había regateado a la sinfonía.

Imagen del concierto
Foto: Rafa Martín/Ibermúsica

El jueves la noche fue de Julia Fischer. Llegaba tras diez meses de sabático con el Concierto en Re mayorque ya había paseado por Londres, Barcelona y Zaragoza, y con su Guadagnini de 1742 firmó un Brahms de nivel. Un sonido bellísimo del susurro al fortísimo, un vibrato sin grasa, unas dobles cuerdas que parecían sencillas, una entrada del solista de las que fijan el tono de toda la obra. Más belleza que potencia. La cadencia de Joachim fue canto antes que exhibición.

En el Adagio, donde el oboe se queda con la melodía mientras el solista aguarda turno (cosa que Sarasate nunca perdonó), Fischer respondió con serenidad de lied, y el rondó final tuvo humor sin prisas. Gardner, aquí, fue el acompañante soñado. De regalo, la Sarabanda de la Segunda Partita de Bach, un hilo de voz en una sala que contenía la respiración.

Manfredo es harina de otro costal. Chaikovski la tuvo por lo mejor que había escrito y poco después quiso echarla al fuego, y esa contradicción la retrata: desmesurada, irregular, con páginas de una ternura insólita en su autor. Gardner apostó por el drama y gobernó bien los vaivenes de tempo, y el Vivace tuvo ligereza y un trío muy bien cantado.

Pero hubo excesos. Varios golpes de platillo lo aplastaron todo a su paso, las trompetas rasparon en más de una ocasión, el pasaje lento del final pedía más abismo y el órgano, que Chaikovski pensó para un modesto armonio, tronó con una registración demasiado generosa. El desenlace cumplió, sin más. La orquesta, empastada y disciplinada, presumió de una cuerda grave magnífica, de unos clarinetes con clase y de una percusión de primera. Otra vez el Vals triste, otra vez por las víctimas, otra vez de maravilla.

Queda, pues, la impresión de siempre con Gardner: un director serio, de batuta nítida y sin alardes, que construye con lógica y cuida a sus músicos, y al que se le nota que viene del foso. Le falta a veces el punto de misterio o de riesgo que convierte una buena velada en inolvidable. Es el caballero inglés que no alza la voz ni cuando debería y que, cuando por fin la alza, en Manfredo, se pasa de decibelios.

De estas dos noches permanecerán un silencio compartido, unos pájaros catalanes cantados por dos cuerdas y el Brahms de Julia Fischer. Casals, que tocó por la paz en un mundo en guerra, habría entendido que a veces se hace la mejor música con el corazón encogido.

Gonzalo Alonso

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