Medio siglo exacto después de su muerte, Benjamin Britten se habría sentido muy feliz de ver cómo la mayoría de sus óperas están firmemente asentadas en el repertorio: con Peter Grimes se congració con un país que lo había acusado de darle la espalda poco antes del comienzo de la Segunda Guerra Mundial tras una supuesta huida a Estados Unidos (al tiempo que el músico metía subrepticiamente el dedo en la llaga de la marginación social a que lo abocaba su homosexualidad entre los suyos) y, ya seriamente enfermo, se despediría de él y de todos tres décadas más tarde con una ópera protagonizada por otro ser solitario, si bien mudando el mar del Norte por el Adriático en Muerte en Venecia. El Teatro Real ha llevado ambas a su escenario en los últimos años, al igual que ha hecho con Billy Budd, una “narración interior”, como calificó Herman Melville su relato, que se contrapondría poco después a la pompa y circunstancia mucho más externas de Gloriana, concebida para dar lustre y boato a la coronación de Isabel II en 1953, pero que esconde además el lacerante desgarramiento íntimo de la también longeva soberana Isabel I.