CRÍTICA – QUINCENA MUSICAL –
ORQUESTA FILARMÓNICA DE LA SCALA DE MILÁN – ORFEÓN DONOSTIARRA ¡UN CONCIERTAZO!
Orquesta Filarmónica de la Scala de Milán. Riccardo Chailly (director musical / maestro concertador). Orfeón Donostiarra (director: Óscar Rodriguez). Obertura de la ópera La forza del destino, Stabat Mater y Te Deum de Guiseppe Verdi. Sinfonía nº 4 en Fa menor, Op. 36, de Piotr Ilich Tchaikovsky. San Sebastián. 30.VIII.2026. Auditorio Kursaal.
Riccardo Chailly
En los estertores del agosto donostiarra los hados eran propicios. Habían amainado los calores. El shirimiri iniciaba sus compases hacia un cercano otoño. En el Auditorio Kursaal se asentaba -tal vez- la mejor orquesta de un teatro de ópera – o sin tal vez- con su batuta titular. La del milanés de 73 años Riccardo Chailly, quien a los 20 añitos ya era director asistente de Claudio Abbado.
Al frente del Donostiarra, en esta ocasión, estuvo el santanderino Óscar Rodríguez Pastora, en edad de 27 años, ganador del Concurso Nacional de Órgano Francisco Salinas en 2022; ¡Voto al Cielo! que preparó al Orfeón con la gran calidad que el coro mostró en su intervención.
Fue la obertura de la ópera La forza del destino de Guiseppe Verdi, donde la hirviente introducción orquestal, con las seis tronantes exclamaciones iniciales de los metales, crearon una pesada atmósfera de negros augurios, bajo el concertante dominio con el que Chailly agitó plenamente la fatalidad y el abatimiento que los leitmotiv presagian el transcurso de la ópera.
La presencia del Orfeón Donostiarra, poniendo broche de cierre a la octogésima quinta real edición de la Quincena Musical, resultó todo un éxito con el canto de las composiciones verdianas Stabat Mater (1896 y 1897) y Te Deum (1895 y 1896) con momentos de puro néctar como fueron las intervenciones pianísimas, cantadas al capella, por las voces femeninas.
Dedicada a su mecenas y amante platónica, la aristócrata rusa Nadezhda von Meck, Tchaikovaky escribió, bajo una notoria influencia beethoveniana su cuarta sinfonía, estructurada en cuatro movimientos. En esta ocasión el conjunto milanés -músicos y batuta- dieron el acreditado marchamo de su incuestionable grandiosa calidad.
La melancolía creada por el oboe solista en el Andantino in modo de canzona, en Si bemol menor, que constituye el segundo movimiento, puso el sutil trazo apasionado con el acuoso goteo de la cuerda grave que Chailly aplicó en modo ejemplar.
Alegre y saltarín fue el segundo movimiento, Scherzo. Pizzicato ostinato – Allegro, en el que la sección de cuerda patentizó su maestría en la percusión digital de los instrumentos. Tchaikovsky introduce la canción folclórica rusa, En el campo había un abedul, en el último movimiento, Finale. Allegro con fuoco, como tema melódico de referencia, siendo Chailly el poderoso creador de la recia armadura sónica.
El público respondió -agradecido- con una estruendosa ovación que motivó cinco salidas a escena del maestro director, como artífice indiscutible de este inolvidable conciertazo.
“La música debe contener siempre un anhelo por las cosas que están más allá de este mundo”. Richard Wagner.
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