Riccardo Muti en plenitud firma un inolvidable y telúrico ‘Réquiem’ de Verdi
FESTIVAL DE SALZBURGO 2026. Verdi: Réquiem. Solistas: Iwona Sobotka (soprano), Marianne Crebassa (mezzosoprano) Michael Spyres (tenor), Maharram Huseynov (bajo-barítono). Coro de la Ópera Estatal de Viena (Ernst Raffelsberger, director). Orquesta Filarmónica de Viena. Dirección musical: Riccardo Muti. Lugar: Salzburgo, Grosses Festspielhaus. Entrada: 2.179 espectadores (lleno). Fecha: 15 agosto 2026
Riccardo Muti Salzburgo © SF/Marco Borrelli
Cuenta Riccardo Muti que el Réquiem de Verdi no es solamente una obra religiosa o una ópera disfrazada de música religiosa, “es, sobre todo, una composición profundamente trágica y metafísica”. Y así, desde este presupuesto, lo planteó el sábado en el Festival de Salzburgo, en una visión telúrica y estremecedora, pero también rotundamente delicada e intimista. Calidad, coherencia, rigor y hondura definieron su dramática versión de una obra que él siente y dirige como propia, en una de las identificaciones más icónicas entre autor e intérprete de la historia de la música, un vínculo comparable al de Furtwängler con Tristán, Chopin con Rubinstein, Mravinski con Shostakóvich, Albéniz con De Larrocha y no muchos más..
A diferencia de otros maestros octogenarios que aún renquean por los podios de las mejores orquestas, Riccardo Mutti, que el pasado 28 de julio cumplió 85 años, se mostró en Salzburgo en plena forma, cargado de energía física -en algunos momentos álgidos hasta brincó sobre el podio- y mental para desarrollar una versión tan rotunda y visceral. Fue, desde el podio, el motor impulsor de todo. Encontró en la Filarmónica de Viena, el Coro de la Ópera Estatal de Viena y el adecuado cuarteto vocal los cómplices ideales para plasmar su conocida visión, personalísima y al mismo tiempo ortodoxa, en la que se cruzan y entrecruzan hasta fundirse la pasión verdiana del maestro con las energías y sugestiones de una obra de la que él se ha convertido en su más emblemático intérprete contemporáneo.
Tan exigente, perfeccionista y temperamental como siempre, el maestro napolitano clarifica texturas y detalles, que cobran relieve y presencia. Afloraron muchos en su analítica y vibrante versión, en la que renuncia al carácter religioso del “Réquiem” para pronunciar sus aristas dramáticas y operísticas. Alarga y se deleita en los silencios, se recrea en el desarrollo lírico de las frases, y subraya los diseños melódicos (¡cómo concertó las voces solistas en el bellísimo “Lacrymosa”!), para cristalizar una versión de contrastado empaque sinfónico y coral, como invitan y posibilitan los inmejorables mimbres que tenía ante sí.
El Coro de la Ópera de Viena -eufemísticamente llamado “Asociación de Conciertos del Coro de la Ópera Estatal de Viena”- hizo gala de su proverbial y conocida calidad, con destacadísimas intervenciones en números como el sobrecogedor “Dies irae” o el siempre conmovedor “Rex tremendae”, mientras que la muy dispuesta Filarmónica de Viena mostró la larga y cordial sintonía que mantiene con Muti, al que nombraron en 2011 “Miembro honorario” y bajo cuya batuta han actuado en más de 500 ocasiones, desde que Karajan lo invitara a dirigirla en el Festival de Salzburgo ya en 1971.
El calibre artístico e interpretativo de este Réquiem irrepetible -Muti dice que cada vez que abre su partitura encuentra cosas nuevas- se impuso desde el primer instante, en el delicado pasaje que abre la partitura, con un pianísimo sedoso pero corpóreo que estableció el caudal de sensaciones y emociones que se avecinaba, enmarcado en un enorme arco dinámico y expresivo solo posible con los mimbres excepcionales que tenía ante sí, con un coro de la Ópera de Viena en día de gloria y un cuarteto vocal solista a tono con la ocasión.
Arrebatado e intimista. Radical en el “Dies irae”, y espectacular en el “Tuba mirum”, donde marcó con certera claridad todas las entradas y detalles, incluidas las trompetas fuera del escenario, o el Confutatis maledictis, donde confrontó magistralmente la violencia del coro masculino con la súplica de las voces femeninas.
Y fue contagiosamente delicado y conmovedor en episodios como el “Lacrymosa”, en el que envolvió la melodía en dolorosa y contenida atmósfera. También en un “Recordare” donde estableció un propicio colchón sonoro al canto de soprano y mezzo. El “Hostias” fue particularmente sereno y espiritual, mientras que el “Libera me”, tan teatral, contrapuntístico y dramático, con la soprano dejando desvanecer la voz desde la rotunda frase inicial con la complicidad perfecta de orquesta y coro y la reaparición del tumultuoso “Dies Irae”. Fue uno de los momentos más abatidos de este Réquiem rebosante de emociones.
En medio, el Ingemisco, estupendamente cantado por el tenor estadounidense -Michael Spyres-, quien, con la complicidad de Muti y una línea de canto plena de lirismo y efusión, convirtió su intervención en uno de los momentos de mayor recogimiento y esperanza, con una línea vocal lírica y vulnerable. Muti, que hizo bandera de su convicción de que “lo esencial está también en los pianísimos, en los silencios y en las zonas casi imperceptibles” matizó extremadamente y llevó al límite, bordeando el paroxismo, los números más líricos y delicados.
Spyres, estrella en Bayreuth y Salzburgo, tenor estrella de nuestros días, cantó armado en una bellísima voz inteligentemente gobernada y versátil como pocas – igual te canta un Don Ottavio que un Siegmund o una Liederabend-. Fue uno de los pilares del sólido cuarteto solista.
La soprano polaca Iwona Sobotka lució, más que magnetismo, una voz caudalosa, de agudos y sobreagudos afilados y certeramente proyectados, pero que mantiene color, belleza y redondez en el musculoso registro medio, particularmente en un “Libera me, Domine…”, que recitó y cantó al dictado escrupuloso de la batuta. Bajo las manos cuidadosas de Muti, se convierte en artista de casta verdiana.
La mezzo francesa Marianne Crebassa volvió a dejar constancia de su alta y reconocida clase, pero también de su aptitudes específicas para abordar una partitura tan singular como el Requiem de Verdi. Estuvo particularmente brillante en el “Liber scriptus”, que abordó con dramático y poderoso carácter y personalidad, sin descuidar sus reminiscencias operísticas. Se lució y mucho en la “cantabile” y dramática intervención con la soprano en el “Recordare”.
Al bajo-barítono azerí Maharram Huseynov le faltó un pelín de fuelle y proyección en el “Confutatis maledictis, flammis acribus addictis”, aunque no faltó ese carácter oscuro y amenazante que caracteriza este conocido pasaje. Sí estuvo impecable en el Lacrymosa, empastado y en sintonía con el resto del cuarteto solista.
Al final, con el iluminado pianísimo final, tan fino y afilado como el comienzo, Muti, maestro de maestros, aún en vigorosa plenitud, dejó a todos con ese nudo de emoción que solo se produce en ocasiones e interpretaciones muy especiales. A la imagen congelada de solistas, coro, orquesta y el propio maestro, se sumó un largo y significativo silencio. Solo hasta muchos segundos después, cuando Muti bajo muy lentamente los brazos, comenzaron tímidamente los aplausos, que progresivamente fueron clamor. Tras muchas salidas y entradas, cuando aquello no parecía tener fin, el Maestro, con su autoridad dentro y fuera del podio, saludo al público con los dos brazos en plan despedida, cogió al concertino del brazo y así, tan contentos, se largaron a camerinos. Inolvidable. Justo Romero.
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