Alexánder Maloféyev, el piano incandescente
FESTIVAL DE SALZBURGO 2026. Recital Alexánder Maloféyev (piano). Obras de Schubert, Grieg, Sibelius, Scriabin, Lourié y Rajmáninov. Lugar: Salzburgo, Mozarteum. Entrada: 776 espectadores (lleno). Fecha: 9 agosto 2026.
Alexander Malofeev © SF/Marco Borrelli
Alexánder Maloféyev (Moscú, 2001) fue una revelación a lo Kissin, cuando con apenas trece años, en 2014, ganó brillantemente la fase juvenil del Concurso Chaikovski. Antes, ya circulaban por las redes sonrojantes vídeos del “geniecillo” esmoquinado hasta las trancas y tocando con apenas cinco o seis años cualquier cosa. ¡Un Mozart! Aquel jovencito ha crecido, y hoy, con 24 cumplidos, y muy vinculado a nuestra María Dueñas, ha debutado en el Festival de Salzburgo por la puerta grande.
Lo ha hecho con un recital ambicioso. Y extraño. Modelo gazpacho, que, entre Schubert y Rajmáninov, arremolinaba con calzador pequeñas músicas de Grieg, Sibelius, Scriabin y el ruso, desconocido y estadounizado, Arthur Sergeyevich Lourié (1892-1966), personaje de pintoresca vida y compositor de baja estofa, amigo de Stravinski en el París de los años felices, a quien Prokófiev, en una carta que le remite, no duda en decirle: “No entiendo cómo te relacionas con esa chusma a la que tan cortésmente llamas Arthur Sergeyevich”.
Después del Schubert de otra galaxia escuchado el día antes en el mismo Salzburgo a Arcadi Volodos, no lo tenía fácil el joven Maloféyev, que abrió el programa nada menos que con la plenitud de las Tres piezas para piano D 946. Dueño de uno medios pianísticos espectaculares por brillantez y facilidad, el pianismo aún lozano de Maloféyev, parece marcado, por una infancia de niño prodigio. Acaso por ello, no es el ideal para esta música de esencia y vida, cuyo virtuosismo es únicamente medio servidor de expresión.
Fue el inicio de un recital que no comenzó con el mejor pie, y que tampoco mejoró en la retahíla de miniaturas que vino después, tan precisadas de la magia, ligereza e ironía de las que carece el joven moscovita. Ni los breves “paisajes nórdicos” de Grieg y Sibelius, ni la vaporosidad decimonónica y salonnier del Vals opus 38 de Scriabin encontraron en sus dedos generosos la chispa, encanto y hasta fragancia que lucían estas hojas de álbum en manos de pianistas como Ciccolini, Rubinstein o Magalov. Menos, los hueros y bien olvidados Cinco preludios opus 1 que en 1910 compone “la chusma” Arthur Lourié.
No fue hasta el final del programa, precisamente ante la obra de mayor virtuosismo y robustez pianística, donde afloró lo mejor de Maloféyev, que firmó una deslumbrante e impecable versión de la Segunda sonata de Rajmáninov tocada sin reservas; lanzado a pecho descubierto, pero sentidamente fraseada en sus pasajes más líricos. Arriesgó todo y sin rozar ni una nota fuera del sitio. Admirable verdaderamente. Por temperamento, arrojo, despliegue de medios, talento y honestidad artística.
A diferencia de Schubert y sus finas sombras y luces, en Rajmáninov el virtuosismo es en sí mismo expresión, aunque no solo, evidentemente. Y su música, tan pianística, encontró en el joven y superdotado Maloféyev un artista genuino en el que late ímpetu y genio, que será plenitud cuando asomen los recovecos más hondos y turbadores. Quizá, cuando vida, avatares y años hayan arrugado juventud y genio.
En todo caso, el debut ha sido un éxito incontrovertible, con la Gran Sala del Mozarteum puesta en pie, vitoreándole, mientras él, con su aspecto y atuendo desaliñado y casual, salía y entraba una y otra vez del escenario en el protocolo de los saludos. Fue un entusiasmo colectivo, con bravos, gritos y hasta pitos y silbidos inéditos en las salas de concierto de música clásica. Sonaba gente joven, quizá estudiantes del propio Mozarteum, aunque en la platea se distinguía el alto copete de costumbre.
Respondió a tanto entusiasmo con cinco propinas: desde el conocido Ground en do menor, de Purcell, al Preludio para la mano izquierda, de Scriabin. En medio, un número de Cascanueces de Chaikovski en el arreglo de Pletnev, el azucarado y naíf valsecito de Alexánder Griboyédov, y lo que, junto con la Sonata de Rajmáninov, fue lo mejor del recital: una electrizante Tocata opus 11 de Prokófiev, en la que, ahora sí, como en Rajmáninov, el virtuosismo se hizo expresión y viceversa. ¡Hay futuro! Justo Romero.
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