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Critica: Arcadi Volodos, Schubert en estado puro en el Festival de Saltzburgo

PorBeckmesser

Ago 11, 2026

Arcadi Volodos, Schubert en estado puro

FESTIVAL DE SALZBURGO 2026. Recital Arcadi Volodos (piano). Obras de Schubert (Sonata número 18, en Sol mayor, D 894, “Sonata-fantasía”) y Chopin (Mazurcas. Preludio opus 45, Segunda sonata). Lugar: Salzburgo, Grosses Festspielhaus. Entrada: 2.179 espectadores (lleno). Fecha: 9 agosto 2026. 

Arcadi Volodos , Festival de Salzburgo 2026

Arcadi Volodos © SF/Marco Borrelli

Coloso y rara avis del piano contemporáneo, Arcadi Volodos (San Petersburgo, 1972) es una de las figuras habituales en el Festival de Salzburgo, con presencia reincidente y siempre bienvenida como acontecimiento. En el plural Salzburgo del siglo XXI interesa el piano tanto como la ópera o los conciertos sinfónicos, como se pone de manifiesto el hecho de que en poco más de una semana se concentren las actuaciones de Argerich, Kissin, Lang, Maloféyev, Sokolov, Wang, Kissin, Schiff y el propio Volodos.

El domingo, Volodos regresó a un Grosses Festspielhaus tan abarrotado como siempre que se anuncia su nombre. La acogida calurosa ya daba cuenta del afecto y renombre. Pero cuando irrumpió en escena, a lo Sokolov, a paso raudo y directo al teclado, casi como un autómata, el boato se disipó solo sonar las tenues primeras notas de la Sonata-fantasía de Schubert. Al instante, la música pura de Schubert impuso su fascinación y su verdad. Fue el comienzo de una interpretación memorable, de un itinerario en cuatro movimientos por los senderos más hermosos y profundos de la música. Como un Winterreise sin más voz que el teclado. El universo en 88 teclas.

Volodos proyecta la música desde su recóndita y genuina entraña. No importan la interpretación ni sus méritos, sino la música en sí, pura y despojada de intérprete. En un prodigio así, huelga hablar de colores, legato o fraseo. Volodos, como Sokolov y muy poquitos más, hacen que la música marque pauta y razón de ser. Más allá del propio intérprete, artífice y soporte del prodigio. No cabe imaginar otro Schubert, otra manera. Admira la realización sonora del intérprete; la lealtad, virtuosismo, medios, entrega y verdad que Volodos vuelca en su oficio de realizador de música, pero lo que llega al alma y a los sentimientos, es la misma obra de arte. Schubert, en mano de Volodos, es pura música.

El clima sereno que impregna la Sonata en Sol mayor, que para Schumann es “la más perfecta en forma y concepción” de cuantas compuso Schubert, fue el marco de una versión profundizada durante años de convivencia con ella -es obra de cabecera del repertorio de Volodos-, cuya quietud inicial, a lo Richter, establece un tempo sin tiempo, marcado por una lógica musical que no puede ser otra. Cada instante es un mundo en una interpretación en la que todo se escucha y, sobre todo, se siente. Los tríos del “Andante”, las resonancias rítmicas y populares del tercer movimiento, los claroscuros del “Allegretto” final… Estaciones de una de las más fascinantes vivencias que se pueden sentir en una sala de conciertos.

El silencio absoluto que durante los cerca de cuarenta minutos que se prolongó la sonata reinó en las 2.179 butacas del Festspielhaus acreditaba la fascinación colectiva. Por Schubert y su servidor. Luego, después de disolverse la sonata en su tenue final -hasta en este detalle es original-, comenzaron los aplausos, in crescendo, hasta la apoteosis. La vuelta a la realidad.

Después de este Schubert de otro mundo, no era fácil escuchar más música. Llegó con Chopin, con tres mazurcas y el poco tocado verso suelto que es el bien modulado Preludio en do sostenido menor, opus 45, que Volodos engrandeció con una versión de refinada serenidad y melodías vagamente delineadas, evocadoras de algunos nocturnos, y con un smorzando final cuya modulación de do sostenido menor a Re mayor enlazó genial y directamente con el comienzo de la …

Sonata en si bemol menor, de la que Volodos planteó una versión personalísima, plagada de hallazgos e identidades propias. Original y sin extravagancias, algo que, por otra parte, no tendría cabida en un artista tan recto y respetuoso como él. El comienzo del primer movimiento, con un pianísimo que rozó el silencio, a lo Guiles, da pie a una lectura que encontró su momento máximo en la conocida “Macha fúnebre”. Luego, en el Presto final, destacó líneas y voces, para subrayar melodías que tantas veces quedan inéditas en el veloz “parloteo” (palabra de Chopin)  de la mano izquierda al unísono con la derecha.

Fue el final de recital extraordinario, de esos que quedan grabados en la memoria melómana. Naturalmente, se prolongó en la tanda de propinas, que entre bravos y música lo alargaron cerca de media hora. Fueron tres, pero podrían haber sido treinta. Después de un breve preludio de Liádov (el Opus 40, número 3, en re menor), Volodos quiso volver a los viejos de tiempos de excelso hipervirtuoso y se lanzó a regalar sus endiabladas y maravillosas Variaciones sobre la ópera Carmen. La platea del Grosses Festspielhaus ardió entonces de entusiasmo. Volodos, genial hasta el último instante, calmó fervores y templó ánimos con la confidencialidad congelada de la Música callada de su estimado Federico Mompou. ¿Cabe imaginar mejor despedida? Justo Romero.

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