El “especial e intenso” ‘Parsifal’ de Heras Casado toca a su fin con el aplauso unísono de Bayreuth
FESTIVAL DE BAYREUTH 2026
Wagner: Parsifal. Andreas Schager (Parsifal), Miina-Liisa Värelä (Kundry), Georg Zeppenfeld (Gurnemanz), Michael Volle (Amfortas), Vitalij Kowaljow (Titurel), Jordan Shanahan (Klingsor), etcétera. Dirección de escena: Jay Sheib. Escenografía: Mimi Lien. Vestuario: Meentje Nielsen. Iluminación: Rainer Casper. Dirección musical: Pablo Heras Casado. Lugar: Festspielhaus de Bayreuth. Entrada: 1.937 espectadores (lleno). Fecha: 31 julio 2026.
Bayruther Festspiele 2026
“Ha sido para todos, quizá, la función más especial e intensa de estos años”. Son palabras de Pablo Heras Casado tras dirigir el viernes, en Bayreuth, Parsifal, el “festival escénico-sacro” (Bühnenweihfestspiel) que Wagner quiso y dispuso que se interpretara exclusivamente en la localidad bávara en la que decidió establecerse y fundar un festival consagrado a su obra. No exageraba el director granadino: pese a tener en el rol fundamental de Kundry a una cantante como la finlandesa Miina-Liisa Värelä (1982), que debutaba la producción, y que desde su registro de soprano se manifestó corta en un personaje poliédrico que requiere una voz más ancha y corpulenta, como las de sus ilustres antecesoras, las mezzosopranos Elīna Garanča y Ekaterina Gubanova, la representación fue, en su conjunto, sobresaliente.
En cualquier caso, y más allá del detalle de que Kundry sea una soprano y no mezzosoprano, eran diversos los factores que convertían esta función en la “más especial e intensa”. No solo por ser el primero de los cuatro programados en la actual edición, y que, tras cinco años de éxito creciente, se retira definitivamente de Bayreuth; o por ser la culminación de un proceso creciente en el que, siempre de le la mano (ya con batuta) de Heras Casado, la vistosa y amena producción del estadounidense Jay Sheib se haya asentado y logrado convencer incluso a los más reacios parsifalianos…
Eran varias, también, las razones que hacían “especial e intenso” el itinerario feliz y sin extravagancias trazado por Heras Casado en la Meca wagneriana a lo largo de un quinquenio en el que su modo de entender y recrear la obra del creador de Parsifal no ha cesado de crecer y significarse. Ahora, cuando la producción toca a su fin [el próximo año, Christian Thielemann recoge el testigo del director granadino, y estrenará un nuevo Parsifal, con puesta en escena de su paisano berlinés Ersan Mondtag (1987)], el maestro granadino se ha asentado como uno de los popes del wagnerismo del siglo XXI. De hecho, ya se ha anunciado que en 2028 dirigirá en Bayreuth la Tetralogía, un reto reservado a los más grandes, y que él ya ha afrontado en Madrid, París y Viena.
Apoyado en una colorida y “acuática” escenografía de Mimi Lien, Jay Sheib clarifica y cuenta con lógica meridiana el itinerario del joven Parsifal, desde que inocentemente mata al cisne, hasta convertirse en cabeza del “Reino del Grial”. Y lo hace sin en absoluto renunciar por ello o atenuar la “mística” de Parsifal, con momentos escénicos tan logrados y de tanta unción con la “Música de transformación del primer acto” o el prodigio de los “Encatamientos de Viernes Santo” en el tercero.
Un Parsifal que, musicalmente, y como ya se ha señalado en años anteriores, transcurre “sin prisas ni reloj”. El “Preludio”, la “Música de transformación” del primer acto, o los “Encantamientos de Viernes Santo” (cum laude al oboe) en el tercero, fueron episodios sinfónicos de espiritualidad tan en carne viva como la herida sin fin de Amfortas.
Muy bien logrado y acabado el precioso, exuberante y sugerente bosque del segundo acto, un “Jardín encantado” de Klingsor cuyas deformaciones y tonalidades verdes parecen deudoras de Dalí y Rousseau. Por otra parte, la insoportable escena del ojo seccionado de El perro andaluz de Dali/Buñuel parece inspirar la sanguinolenta visión proyectada de la herida de Amfortas.
Como Parsifal, Heras Casado también ha hecho un viaje fascinante. El que comenzó en 2022, cuando recaló en Bayreuth cargado de arrojo, ilusión, talento y confianza en sí mismo; y en una plural formación musical que parecía destinada a convertirle en “oficiante” de una obra en la que coro y música coral tienen tanto empeño. Sin duda, su experiencia juvenil, cuando dirigía en Granada a coros por él mismo fundados músicas polifónicas y contrapuntísticas de Morales, Guerrero o Victoria, algo y mucho tienen que ver con el esmero e idiosincrasia del sentido del tiempo y del tempo, del balance sonoro y de la mística wagneriana que distingue este Parsifal de plenitud.
Heras Casado respira largamente en los silencios, se explaya en los fraseos y se regodea en las bellezas y atmósferas de una partitura que él sabe sin límites ni fin, y cuyo sentido narrativo viene determinado por las lógicas de la armonía y la melodía. Parsifal de templanza y solera, engrandecido por la excelencia de un coro y una orquesta a los que el maestro granadino ha cogido pulso y latido. Unos cuerpos titulares que, desde su estreno, en 1882, cohabitan de la mano de los mejores maestros que son y fueron con una obra pensada tan específicamente para la acústica y connotaciones del Festspielhaus de Bayreuth.
Pero este Parsifal que toca ya su fin ha sido “especial e intenso” también por su formidable reparto vocal. En el que todos -salvo quizá la estupenda pero inapropiada Kundry de Miina-Liisa Värelä– rozaron o se establecieron directamente en la excelencia. Por vocalidad, temperamento, línea de canto, entrega y presencia en escena, Andreas Schager es -volvió a ser- el Parsifal ideal, sin nada que envidiar a los grandes parsifales de la historia. Su grito de “Amfortas!!” debió resonar en media Baviera, con la misma intensidad que resonó la silenciosa y contemplativa escena final, con la bendición a todos con el cáliz sagrado.
Michael Volle (Amfortas) y Georg Zeppenfeld (Gurnemanz) volvieron a lucir esa clase wagneriana que los hace únicos en la escena contemporánea. Tanto como el Klingsor caricaturesco y lujurioso del barítono hawaiano Jordan Shanahan, el doliente Titurel del bajo Vitalij Kowaljow y la impostada “Voz de contralto” de Marie Henriette Reinhold. Éxito unánime y bien labrado de todos. Pero en al aplausómetro imaginario de Bayreuth, los ganadores unísonos fueron Schager, Volle, Zeppenfeld y desde luego, Pablo Heras Casado. El Ring, en Bayreuth, le espera. Quizá tan “especial e intenso” como este Parsifal ya asentado en la memoria. Justo Romero.
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