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Critica: Despedida en la cumbre de David Afkham con la Orquesta Nacional

PorBeckmesser

Jun 29, 2026

Despedida en la cumbre

Mahler: Sinfonía nº 9. Orquesta Nacional. Director: David Afkham. Madrid, Auditorio Nacional, 26 de junio de 2026.

DESPEDIDA EN LA CUMBREMahler: Sinfonía nº 9. Orquesta Nacional. Director: David Afkham. Madrid, Auditorio Nacional, 26 de junio de 2026.

David Afkham

Puede decirse que la Sinfonía nº 9 de Mahler empieza donde acaba La canción de la Tierra. De hecho, subrayaba Pérez de Arteaga, el célebre motivo de cuatro notas que el arpa entona al comienzo se encontraba ya en las voces del oboe y la flauta que acompañaban las Ewig finales de la contralto, con lo que Mahler establecía una consciente o inconsciente relación temática entre ambas composiciones. Se ha especulado también con esos primeros compases de la Sinfonía representan el quebrado ritmo del pulso del compositor.

Karl Schumann subrayaba que la melodía principal, que se inicia en el sexto compás, soporta el peso entero de la diversa estructura de los movimientos. El tema alcanza puntos culminantes, se condensa, es recapitulado y, tras numerosas alternativas, conduce a una coda que se apaga suavemente. Afkham supo iniciar la Sinfonía como se debe: con un pianísimo y un lento crecimiento bien dosificados y calculados, transparentes y diáfanos.

He ahí dos características de la interpretación que juzgamos. La forma sonata y la forma variación quedaron sutilmente entretejidas en un movimiento que el sentencioso Theodor WW. Adorno veía como “una síntesis totalizadora en la que las preguntas y respuestas se entremezclan”. Las oscilaciones melódicas, los cambios rítmicos, los súbitos ataques, los choques temáticos nos dejan absolutamente absortos y prendidos.

Buena puntuación, resaltando el intervalo de segunda, del Ländler. Instrumentación muy curiosa en la que se insinúa un singular toque campestre, bien subrayado por la batuta, que no olvidó el sutil aire danzable. Pasamos, en el tercer movimiento, Rondo-burleske, en La menor, a una concentrada y nada disimulada ironía. Ritmos vivos, bien definidos, impulsados en ese momento por una batuta cargada de dinamita y siempre con el norte de un dibujo y una transparencia estupendamente conseguidos. “Una visión agria de aniquilación” (Schumann).

Mahler cierra la Sinfonía con un Adagio muy largo y curiosamente cálido, “de voz grave y tono tranquilo”, donde el compositor reencuentra las altas esferas del final del primer movimiento y hace que, con esta disposición, como en otras ocasiones, nos parezca que los dos movimientos centrales son un paréntesis. El tono del comienzo, comenta Marc Vignal, hace pensar inevitablemente en Bruckner, con esa alternancia entre Re bemol mayor y Do sostenido menor, con pasajes agitados y otros que deben ser expuestos “sin expresión”. Después de una impresionante escalada llegamos a un cuádruple piano.

Un motivo de cuatro notas parece elevarse como respuesta postrera a las cuatro notas del comienzo, reafirmando el anhelo de La canción de la Tierra. En este punto la Nacional y su director estaban ya plenamente embebidos y absorbidos por esa ascensión hacia las altas esferas en busca de ese triunfo del espíritu, que predicaba Giulini. “Es la liberación,” decía Karl Schumann, “de las cosas terrenales”.

En esos momentos Orquesta y director parecían haberse transfigurado y lograron un cierre emocionante, sigiloso, en un decrescendo milagroso. Una singular transubstanciación. Un broche de oro a una interpretación muy lograda; el mejor resumen de toda una etapa de Orquesta y director. Afortunadamente nadie aplaudió antes de tiempo. Didácticas y puntuales notas al programa de Ramón Puchades, oboe y corno inglés de la Nacional.

Arturo Reverter

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