El buen hacer de Iván Fischer
Obras de Schumann y Wagner. Ingela Brimberg, soprano. Hanno Müller Brachmann, barítono. Budapest Festival Orchestra. Iván Fischer, director. Ciclo Ibermúsica. Auditorio Nacional. Madrid, 25 de mayo de 2026.

La “Tercera” de Schumann no es, en realidad, la tercera. Fue la segunda en componerse, aunque la cuarta en publicarse, y lleva el apodo de “Renana” porque su autor pensó inicialmente titularla “Episodio de una vida a orillas del Rin”. Schumann quería capturar en música dos cosas: el paisaje fluvial con sus aires populares y la solemnidad de la Catedral de Colonia, cuya consagración le impresionó vivamente.
El resultado es una obra al mismo tiempo festiva y litúrgica, campestre y monumental. El cuarto movimiento, con sus trombones de inspiración bachiana, es una de las páginas más bellas del sinfonismo romántico. El último conecta con el brío del primero y cierra con una coda de fuerza rítmica arrolladora.
Hay directores que llegan a un auditorio y lo usan, pero Iván Fischer llega y lo transforma. Ya antes de que sonara la primera nota, el escenario del Auditorio Nacional ofrecía un aspecto inusual: los contrabajos, en lugar de ocupar su posición habitual en el flanco derecho, se alineaban en el centro del fondo. Seis para el Schumann, ocho para el Wagner.
Es una decisión acústica de consecuencias muy concretas: los graves se integran con el resto del conjunto de una manera que la disposición convencional no permite, y la sala entera adquiere otra densidad. Fischer sabe exactamente lo que hace, y lleva cuatro décadas haciéndolo con la orquesta que fundó en 1983 y que moldea a su gusto desde entonces.
La “Sinfonía Renana” sonó con toda la vitalidad que el primer movimiento reclama. Ese compás de tres por cuatro que trabaja sobre un intervalo de cuarta, ambiguo y fluido, encontró en Fischer un impulso natural, sin rigidez, con ese balanceo que los grandes directores de la vieja escuela alemana -Schuricht, Kletzki- conseguían sin aparente esfuerzo y que resulta tan difícil de imitar.
El cuarto movimiento fue el momento de mayor tensión de la primera parte, con las trompas a la izquierda, los trombones a la derecha, creando un efecto sonoro que podía sugerir la nave catedralicia en la que Schumann se inspiró. El quinto conectó con naturalidad con el espíritu del arranque y cerró con la energía que la partitura demanda.

El tercer acto de La valquiria culmina el largo combate de Wotan consigo mismo, con sus propias contradicciones exteriorizadas en escena. En ese combate participan tres mujeres -Fricka, Erda, Brünnhilde- y la voluntad del dios, que cede, miente, rectifica y que al final debe castigar a quien más quiere. Lo que hace Wagner en este cierre es reunir los motivos de ese conflicto : el amor de Wotan, el sueño de Brünnhilde, el fuego de Loge y la profecía de Siegfried.
Todo converge en el instante en que el dios deposita a su hija dormida sobre la roca y se despide con el Leb wohl más desgarrado de toda la tetralogía. Para cantarla hacen falta un bajo-barítono de verdad y una soprano que sepan combinar la fiereza con el lirismo más recogido. No abundan cantantes así.
Tras el intermedio llegó este Wagner, y con él los dos solistas. Hanno Müller-Brachmann es sin duda un buen barítono, pero no el barítono-bajo que Wotan necesita: masa vocal, la capacidad de pasar del trueno al susurro sin que la voz pierda dignidad en ningún momento. Convenció en el Leb wohl, pero al Wer meines Speeres Spitze fürchtet –El que teme la punta de mi lanza- le faltó oscuridad, profundidad, la majestad que corresponde a quien está dictando las condiciones de la eternidad.
Ingela Brimberg fue una Brünnhilde de instrumento amplio y resonante, que se defendió con convicción frente a los argumentos paternos y encontró en la despedida el tono exacto de quien acepta un castigo que entiende, pero no comparte.
La orquesta fue en todo momento el tercer protagonista. Fischer construyó el crescendo final con una paciencia y una precisión que demostró que conoce esta música desde dentro. Las olas de los arcos, los acordes monumentales de los metales, el motivo del fuego que titila en los violines: todo llegó en su momento y con su peso justo. Un maestro como los de antes.
Al apagarse el último acorde, el público respetó el silencio. Después, la sonora ovación.
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