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La sombra alargada de los Tres Tenores alcanzaría hasta Kaufmann, Radvanovsky y Grigorian en el nuevo lío de Nápoles

PorBeckmesser

Abr 20, 2026

El lío en el que estos días se han visto involucradas tres estrellas actuales de la ópera, el tenor Jonas Kaufmann y las sopranos Sondra Radvanovsky y Asmik Grigorian, cuyas actuaciones en el San Carlo de Nápoles, durante la época del intendente Lissner, se encuentran bajo sospecha judicial, podría tener su explicación en un hecho cierto: lo que cobran los divos líricos puede resultar mucho si se compara con los cachés de algunos de sus compañeros de reparto, pero significativamente poco al lado de lo que podrían ganar en algunos conciertos. Algo que ya sabían perfectamente los Tres Tenores a partir del éxito mundial de Caracalla.

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El concierto de los Tres Tenores lo cambió todo. Desde el célebre espectáculo de Caracalla, y ya un poco antes con los recitales de Luciano Pavarotti sobre todo por EE UU, los conciertos “se merendaron” a la ópera. El dinero importante estaba en los primeros. Para una estrella lírica, resultaba mucho más lucrativo exhibirse en un recital que cantar un título en los más prestigiosos teatros del mundo. El millón de dólares por barba que Domingo, Carreras y Pavarotti llegarían a ingresar con estos espectáculos no igualaba a las ganancias cosechadas durante un año por sus actuaciones en el Metropolitan de Nueva York (con muchas más molestias), así que tocaba cambiar de rumbo.

A partir del mundial de fútbol de Italia ’90, cantar en las casas líricas de Viena, Londres, Milán, Berlín, Munich o París, el gran slam operístico, podía venir muy bien para cimentar el prestigio de una carrera; pero el dinero de verdad se hacía en otra parte, con los bien remunerados conciertos, donde no había las limitaciones de caché que habitualmente establecían los coliseos por representación.

Durante muchos años, el Met, por ejemplo, se ha beneficiado del lustre que supone para un cantante poder poner en su currículo que ha triunfado en la meca de la Gran Manzana, llegando a pagar salarios que, en cualquier caso, siempre quedarán muy por debajo de lo que una estrella del pop, ya sea reguetonero o rapero, cosecha en una tarde: de seis cifras en adelante.

De ahí que, recientemente, Jonas Kaufmann asegurara en una entrevista para la BBC que no deseaba volver a actuar en Covent Garden. Con lo que le ofrecen en Londres, insinuó, apenas le bastaría para pagarse el apartamento, seguramente con vistas al London Eye, la Tate Modern y Saint Paul, durante una estancia que se prolonga con ensayos y funciones. El tenor alemán es uno de los que más cobran en la actualidad por concierto, casi nunca por debajo de los 100.000 euros por actuación; mientras los cachés por una tarde de Trovatore en pocos casos superan los 20.000.

Y de ese modo se llega al asunto que estos días copa los titulares de cultura de la prensa italiana. La Reppublica, en su reciente información sobre las indagaciones de posible corrupción en el San Carlo de Nápoles durante el triunvirato encabezado por Stephane Lissner, Emmanuele Spedaliere e Illias Tzempetodinis, llega a conjeturar con que los más de 200.000 euros que podrían haberse pagado, entre todos, a varios artistas en concepto de unas nunca realizadas clases magistrales, en realidad, podrían enmascarar un pago adicional.

Es decir, que para asegurarse la presencia en las óperas de sus temporadas de divos actuales como Jonas Kaufmann o las sopranos Sondra Radvanovsky o Asmik Grigorian, el San Carlo habría incurrido en una contrapartida para cada uno de ellos, fuera del salario que debían percibir por sus cachés. De ese modo, con unas clases en la academia que dirigía Illias Tzempetodinis se completaría un estipendio para ellos (también se ha incluido al director de escena alemán Claus Güth), más acorde con su fama, estatus y ambiciones.

Pero de momento, tanto Kaufmann como Radvanovsky han negado “el pago extra”. Lo que sería muy fácil de comprobar: bastaría cotejar las cláusulas de sus contratos con los servicios prestados y las transferencias bancarias correspondientes. Todo eso se verificará si el asunto llega finalmente a los tribunales.

De momento, los sindicatos del teatro italiano, uno de los más antiguos del mundo, parecen conformarse con haber dejado atrás la “nefasta” época de Lissner, que ellos identifican con una menor carga de trabajo para su colectivo (con el consiguiente perjuicio económico) al haber descendido el número de representaciones, además de recurrir frecuentemente a las contrataciones externas sin justificación y otras prácticas bajo secreto de sumario. Ahora están contentos con la nueva administración y prefieren mirar hacia el futuro.

De cualquier manera, hay formas mucho más sutiles de completarle la paga a un divo, cuando se desea tenerlo para un cierto número de funciones de ópera en teatros que no se encuentran en el primer nivel de Viena, la Scala o el Met. Simplemente, antes de su aparición en esos lugares para cantar, por ejemplo, una Tosca, el artista requerido ofrece un concierto en ese mismo lugar. Ocurre muchas veces, por ejemplo, con Anna Netrebko. Y no tiene nada de ilegal. Si los conciertos surgieron para cargarse la ópera, al menos aún pueden ayudara salvarla.

Así, al caché estipulado, para no superar sus topes, se le suma lo cosechado por esta primera actuación, y todos contentos. Pero en Nápoles se ve que quizá prefiriesen seguir otro sistema, y no salió demasiado bien. O sí. Habrá que esperar a las conclusiones de la investigación.

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