La hermandad de la mala suerte, la secta de los creyentes en el azar, los resistentes a la probabilidad, los optimistas indómitos se reúnen para su liturgia anual en el Teatro Real de Madrid: hoy no hay ópera, hoy se da el Gordo. A eso de las nueve de la mañana ya está todo el mundo en su sitio, los disfraces relucientes, la esperanza afilada, las caras de sueño y la legaña bien puesta. Muchos han pasado rato en la cola, en la calle, al recién estrenado frío del invierno. Como una nave espacial, el embudo trasparente deja caer las bolas en el bombo. “¡Premios! ¡Premios!”, grita el público desde el patio de butacas. Los niños de San Ildefonso, que forman fila en el proscenio y saludan, son recibidos como auténticas estrellas del rock. Nunca toca, pero… ¿y si toca?