18 de mayo de 2024

Radio Clásica

Argentina

Por qué la juventud más precaria paga por los conciertos más caros de la historia

Si hace casi un siglo hubo una era del jazz, ahora vivimos una era de la música en directo. El año pasado, la venta de localidades alcanzó los 578,99 millones de euros, según la Asociación de Promotores Musicales (APM). Esta cifra es récord histórico y supone un 26% más que en 2022. Los analistas explican que es el resultado del bum de la “economía de la experiencia”, pero en el sector, apenas queda lugar para tanta lírica. “La gente joven no puede comprarse una casa, y no ahorra, vive el presente, se ha vuelto más hedonista y les encaja la música en vivo”, reflexiona David Jiménez-Zumalacárregui, director de la promotora de conciertos Heart of Gold.

Recuerda, porque se olvida, que el éxito sólo sostiene a pocos. “El 90% de los grupos pequeños tiene otro trabajo si quiere subsistir”. Ellos proponen salas de unos 2.000 espectadores y entre 20 y 25 euros la entrada. Muestran lo que les gusta (Gigolo Aunts, Eli Paperboy Reed, The Jayhawks o Steve Earle). Incluso recibieron una maqueta del grupo madrileño Vetusta Morla, que ahora llena estadios. La rechazaron. “Programamos música en la que creemos, con nuestros errores y aciertos”, defiende Jiménez. Conoce bien los cambios en la industria. Los intérpretes se han vuelto más dependientes de los ingresos de las giras en los últimos 25 años porque son su principal vía de ganancias.

En 2023, las giras de Manuel Carrasco (365.652 entradas vendidas), Melendi (308.258) y Joaquín Sabina (253.809) ocuparon el escenario, de media, unas 30 veces. La réplica de las voces internacionales sonó con Cold­play (221.140 entradas), Harry Styles (120.534) y Bruce Springsteen (115.850). La banda británica tocó cuatro veces, Styles y el Boss solo dos. Por facturación, Cataluña (152 millones), Andalucía (95) y Madrid (94) dibujan la geografía de los tres primeros puestos en la industria de la música en vivo. “Pero llenar recintos, como Melendi o Estopa, no se consigue sin conectar con generaciones anteriores”, aclara Carlos Espinosa, director, junto a Christopher Ortiz, de Riff Producciones, responsables de los tours de Melendi, Robe, Vetusta Morla o Carrasco. “Hay un cambio generacional, viven el aquí y el ahora, y están más predispuestos que otras generaciones a disfrutar de la música en directo”, subraya.

Una vía de escape

Un informe de la empresa dedicada a la venta de entradas Live Nation calcula que solo el 6% de la gente dejaría de acudir a eventos de música en vivo para recortar gastos. “Los jóvenes encuentran en los conciertos y festivales una vía para escapar de la monotonía de la vida cotidiana y sumergirse en experiencias auténticas y emocionantes”, justifica Luis Buzzi, socio responsable de Turismo y Ocio de KPMG en España. Tras la crisis sanitaria necesitamos —desgrana Ana Valdovinos, directora general de Ticketmaster España— “más que nunca esas endorfinas. Sonreír, saltar, vibrar, cantar, sentir”.

Pero esos cinco verbos, se quejan muchos chicos, son inalcanzables. “El perfil del comprador de entradas en nuestra plataforma tiene entre 35 y 45 años y gastó en 2022 una media de 80 euros por entrada, un 37% más que el año anterior”, describe Valdovinos. Sin embargo, quien fija los precios son el artista y su equipo. “Además, todo resulta cada vez más caro: el alquiler del recinto, la seguridad, el montaje; y nadie quiere quedarse fuera de ganar dinero”, justifica Carlos Espinosa. El grupo Pearl Jam toca el 6 y el 8 de julio en el Palau Sant Jordi (Barcelona), las entradas de escenario disponibles cuestan 243,50 euros.

“Hay un pequeño porcentaje de conciertos (los que llamamos hot events) en los que la demanda de entradas supera con creces la oferta. Esto es obvio en la cúspide de la industria, donde estrellas como Taylor Swift, Beyoncé, Ed Sheeran, Springsteen o Styles podrían vender muchos más tiques de los que pueden ofertar”, apunta Valdovinos. Sin embargo, durante años ha existido una especie de pacto social entre los intérpretes y sus seguidores para cobrarles precios justos. El cantante Bon Jovi actuó gratis en 2013 en el entonces Vicente Calderón ante la crisis económica que sufría España. Quizá la reventa ha contribuido a desmantelar este acuerdo. En minutos reaparecen en las redes sociales y ahí casan, al instante, la oferta y la demanda real. Los artistas lo saben y los obliga a subir los billetes.

Algunas tiqueteras, como Ticketmaster, han echado cuentas. El beneficio para ellas es aproximadamente el 2% del precio medio de cada entrada. Con ese porcentaje pocos les pueden acusar de ser los responsables de la inflación musical. “Las ventas de la compañía crecieron un 48% en 2023 y la previsión para este año es superior”, augura Valdovinos. Goldman ­Sachs estima que el sector crecerá un 5% al año hasta 2030. Solo el fenómeno de los superfáns a través del pago premium por streaming supone una oportunidad, este ejercicio de unos 3.900 millones de euros, el 26% más de lo que se logra con tarifas de abono estándar.

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