16 de febrero de 2024

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Picasso, “el español bajito con los ojos muy vivos”

Así lo definió el empresario y director artístico Serguei Diaghilev, creador de los Ballets Rusos, que le encargó en 1917 el telón de Parade, con música de Satie y texto de Jean Cocteau. Una performance en toda regla que marcaría un antes y un después en el mundo de la creación artística. Con motivo de los cincuenta años de la muerte del pintor malagueño, recordamos hoy el escandaloso estreno de la obra en mayo de 1917 en París.

Pablo Picasso © Galleria d’Arte Maggiore g.a.m.

“He oído los gritos de una carga a la bayoneta en Flandes, pero eso no es nada comparado con lo que pasó aquella noche en el Théâtre du Châtelet. La obra duró veinte minutos. Cuando se echó el telón, la audiencia estuvo armando escándalo durante un cuarto de hora, y finalmente estallaron las peleas. Apollinaire y yo estábamos cruzando el teatro para reunirnos con Picasso y Satie, que nos esperaban en un palco, cuando una señora me reconoció. “¡Es uno de ellos!”, gritó. Y se abalanzó sobre mí, blandiendo un alfiler de sombrero con la intención de sacarme los ojos… Querían matarnos. Nos salvó Apollinaire. Su uniforme y cabeza vendada infundían respeto”. Son las palabras de un Jean Cocteau, quizá aún caliente, en pleno fragor de una batalla teatral que fue, aunque parece que no tanto. Nos referimos al estreno el 18 de mayo de 1917 en el Châtelet del ballet Parade, cuyos telones únicos, tan delirante como atrevidos y un punto aniñados y grotescos, firmó Pablo Picasso. Hubo aquella noche pateos y abucheos, pero también aplausos. Muchos. Y un público dividido que pedía cabezas. Corría el año 1917, la Primera Guerra Mundial aún no había acabado y Europa se resentía, gravemente herida. Las ganas de diversión se notaban. Los vientos nuevos que soplaban artísticamente, también. Hoy, probablemente, con tanta corrección habría sido completamente imposible imaginar el estreno de una obra tan rompedora. Hoy, en pleno siglo XXI.

Telón de Parade de Pablo Picasso (c) Centre Pompidou

Pompeya, Olga Koklova y Miguel Ángel

Cuando Serguei Diaghilev tuvo frente a sí a Pablo Picasso en el estudio de este supo que el malagueño tenía que diseñar los telones para su ballet Parade. Un hombre al que definió como “un español bajito con los ojos muy vivos”. Vio sus cuadros y decidió que sería Pablo quien diera forma a los decorados. Cocteau recuerda que en aquellos años “pintar un decorado, sobre todo, para el ballet ruso, era un crimen”. Y querer salir de París, una osadía; sin embargo, no quedaba otra que seguir a Diaghilev rumbo a Roma. El grupo de creadores con Cocteau y Picasso a la cabeza, el coreógrafo y primer bailarín de la compañía, Leónide Massine, llenaron los pulmones en Italia y allí dieron rienda suelta a esa Parada única que parieron en una fonda. Visitaron las ruinas de Pompeya, un hallazgo que celebró Picasso, y también Nápoles. Los frescos, la escultura romana, Rafael y Miguel Ángel dejarían su huella en el español. Y Olga Koklova, bailarina de la compañía, una joven virtuosa que hizo que el malagueño pasara por el altar.

Manager-frances-realizado-por-Picasso

Manager francés realizado por Picasso para Parade

Ese escenario de ballet acrobático y circense que tantas veces le había planteado Cocteau al ruso Diaghilev -y este otras tantas había rechazado- se hizo carne, obra, pintura, locura. Lo primero que veían los espectadores era el telón gigantesco pintado por Picasso, un desfile a modo de parada, como la antesala de lo que el espectador podría ver en el interior, un reclamo a gran escala para penetrar en otro mundo donde había toreros, dos muchachas, un pierrot, un arlequín, un perro recostado y una sílfide que sostiene una escalera sobre un pegaso alado que amamantaba a su potrillo. Y una pelota azul en el extremo izquierdo, con estrellas y constelaciones. Y, como apunta el director artístico de la colección Thyssen-Bornemisza, Guillermo Solana, en una conferencia de 1997, en este telón puede haber un retrato en clave de los amigos con los que compartió aquellos días inolvidables en Italia, una particular troupe circense “representados sobre un piso de tablas. Y nuestra mirada llega a ellos a través de un bosque de cortinas, en un espacio que tiene esencia cubista. Y el paisaje con ruinas del fondo, ¿será real o es un telón dentro del telón? Puro teatro, un telón de un ilusionismo encantador”.

Y en esa puesta en escena fantástica, se representaban tres números inclasificables, el de un prestidigitador chino, una muchacha americana y una pareja de acróbatas. Y la música de Satie explotaba el ambiente, una música en la que se le pidió que introdujera sonidos de la vida cotidiana, ruidos reales como sirenas, máquinas de escribir, o media docena de disparos. ¿No era aquel espectáculo demasiado osado o surrealista para 1917?

Bailarines como cromos

De Picasso también partió la idea de crear una figura especial: los managers, unas imponentes figuras de tres metros de altura mudas y tocadas con indumentaria cubista que incorporan el principio de no separar la figura de su ambiente y así llevan pegado a su espalda el paisaje que les identifica con su nacionalidad. Había un francés con bigote de puntas retorcidas hacia arriba, sombrero y polainas. El americano, o manager de New York, tocado con un tubo de estufa, que llevaba banderas y lucía una pechera plisada y zahones de cowboy y en la espalda, los rascacielos de Manhattan. Se movían como autómatas, eran esculturas cubistas andantes y ambulantes. Y el tercer manager, negro, a caballo, vestía un pelele que se le caía constantemente, por lo que se decidió suprimir la figura y sustituirla por un caballo. Los bailarines se quedaban reducidos al tamaño de muñequitas o cromos, comentaba Cocteau.

Solana definía Parade en la citada conferencia pronunciada en la Fundación Juan March como “la creación parateatral con más influencia en el siglo XX. No hay performance que no haya bebido de ella. Su acogida resultó escandalosa. Fue pitada, sí, aunque también recibió bastantes aplausos”. Quizá convenga recordar que Diaghilev, harto de la insistencia inmisericorde de Cocteau para llevar a cabo Parade le agarró por las solapas de la americana y le espetó a ras de nariz un escueto: “Sorpréndeme”. Y el escritor francés se lo tomó al pie de la letra. Y le sorprendió. A él y a todo París. Y al mundo enteroGema Pajares

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