13 de septiembre de 2021

Radio Clásica

Argentina

Obituario de Rafael Banús

UN DEGUSTADOR DE BELLEZAS LÍRICAS                        

Un enamorado de la ópera, de la zarzuela, un apasionado de las voces, un atento vigía de todo lo que se moviera por el universo lírico. Eso es lo que era en síntesis Rafael Banús Irusta (Bilbao, 1964), que acaba de dejar este mundo para reunirse con sus admiradas Schwarzkopf, Sutherland, Caballé o Lorengar. Por citar solo cuatro nombres de un universo que él adoraba. Desde muy niño mamó vocacionalmente las esencias del mejor canto. Estudió música en los Conservatorios de San Sebstián y Madrid al tiempo que se licenciaba en filología alemana (que lo facultó para traducir fluidamente de la lengua de Goethe).

Su afición, su interés, su curiosidad fueron alimentando su espíritu a la par que forjaban su conocimiento y le abrían caminos profesionales. Colaboró muy joven con la revista Ritmo y más tarde con Scherzo, Beckmesser y otras publicaciones al tiempo que, llevado de su pasión por la ópera, en la que se realizaba, creaba en Radio Clásica uno de los programas señeros de la especialidad de los últimos 35 años, El fantasma de la ópera, al que accedió de la mano del que esto escribe, a la sazón director de Radio 2, hoy Radio Clásica. Allí se había abierto camino con una serie sobre ópera francesa. Fueron muchos años de servicio al género lírico a través de transmisiones en directo o diferido, de entrevistas, de atentas escuchas de los mejores instrumentos vocales del mundo.

El claro timbre de tenor ligero de Rafita  -como cariñosamente se le llamaba- estaba allá donde resonaban las mejores gargantas, de norte a sur, de este a oeste; en las más grandes salas operísticas. Nos situaba, nos contagiaba sus entusiasmos por este o aquel cantante, por este o aquel director. Describía con fortuna, de manera pausada, en un tono tranquilo y quedo, las circunstancias del evento y comentaba didácticamente las peripecias.

En los descansos de las transmisiones nos dejaba escuchar recitales de los divos de hoy y de ayer a los que describía y juzgaba con bonhomía, con generosidad, a veces excesiva. Algo que cuadraba con su equilibrada y afable manera de ser; la de una persona que disfrutaba con agrado, con mesura, con serenidad de las bellezas que nos ofrece la vida circundante y que se trasladan con frecuencia al arte. Sus diálogos con artistas, tanto en la Radio como en aquellos que aparecían en papel impreso –o, más tarde, en las web- se distinguían por el tono elegante, por las preguntas con sentido, por el conocimiento de un medio y de unas circunstancias que había mamado desde muy pronto.

Transmitió en su mejor época algunas de las óperas de Bayreuth. Se sabía al dedillo los argumentos y las características esenciales de las óperas de Wagner, a las que a veces adornaba con nuevas luces. Y cuando tocaba juzgar las actuaciones mostraba una vez más su innata bondad. Un atributo que presidió la mayoría de sus actuaciones en esta vida que ahora lo ha abandonado tras un largo periodo de inestabilidad y de un mal que le hizo dejar los micrófonos, aunque no el periodismo activo. Su desaparición, que se une a la de otro buen amigo, Jorge González Giner, Jorgito, también protagonista durante años en la programación de Radio Clásica con aquellos inolvidables Grandes ciclos, nos ha dejado muy tristes, cariacontecidos y un poco huérfanos. Descansa Rafita allá donde estés escuchando, si es posible, ese maravilloso Morgen de Strauss en la voz de tu admirada y querida Tía Isabel (Schwarzkopf). Arturo Reverter

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