14 de junio de 2024

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Los errores de Tamara Rojo en ‘Raymonda’

Petipa murió en Crimea. Dos veces. La primera en Gurzuf el 10 de julio de 1910, geográficamente al lado de donde Tamara Rojo sitúa la acción de su ballet; la segunda, simbólica y alevosa, cada vez que se pone en escena esta costosa y banal producción, el mejor ejemplo de cómo conseguir un éxito fallido, valga el oxímoron. La puesta en escena de Raymonda por el English National Ballet [ENB] que puede verse en el Teatro Real, no exenta de cierta ostentosidad, con una aceptable disciplina coral, va dejando a la vez una inevitable sensación de pastiche y fracaso: más oxímoros.

En la ópera estuvo de moda hasta extenderse planetariamente la fiebre colectiva (y aún sigue) del mover de época y ambientación algunos títulos señeros. Peter Sellars encaramó un Mozart (Las bodas de Fígaro) en un rascacielos neoyorkino. Funcionó, influyó y hoy se estudia en las escuelas de arte. A veces el laboratorio pasa por el éxito; otras, no se acierta. En ballet es diferente y la ópera resiste mejor esas intrusiones o manipulaciones, como se las quiera llamar. Rara vez la transposición temporal en ballet lleva a un buen resultado perdurable. Mats Ek es la excepción con su Giselle a la cabeza.

Vivimos en las artes escénicas una época en que degradación y manipulación del repertorio canónico mantienen discursos paralelos; los modernos de pro lo condenan por muerto y reaccionario; los entusiastas se refugian en la corriente filológica (que nació con Gúsev, pasó por Burlaka, Medvedev y Vikharev y llega a Ratmanski). Hay que experimentar, sin duda. Hay que buscar nuevos hallazgos y sensaciones plásticas: eso es verdad paladina. Pero no siempre se descubre la pólvora. El intento de nueva dramaturgia con Raymonda es lo que enturbia todo desde el punto de partida. Es errático. Buscando lo políticamente correcto y cierto guiño british todo se hace un lío que encuentra colofón en la amarga realidad de hoy: la intolerable invasión de la Rusia de Putin a Ucrania. El revisionismo interesado de la historia es una tendencia peligrosa, y ni siquiera el ballet la excusa. Raymonda ya ha pasado dos veces por el canon historicista.

Debe aclararse que los grandes fragmentos de Raymonda que vemos hoy y de común atribuimos a Petipa son en realidad materiales cribados y hasta desnaturalizados, pasados por Gorski, Vagánova, Vainonen, Lavrovski y Sergueyev, en este orden. El trabajo de síntesis y modernización de Yuri Grigorovich en Bolshoi en 1984, así como de Ziüraitis con la música (escúchense con atención Panaderos, La Dama Blanca y Sueño de Raymonda en la versión moscovita actual) definió unos muy discutidos antes y después.

Un momento de 'Raymonda', en el Teatro Real.

Por momentos, en su trajín narrativo, la Raymonda de Rojo se acerca a un doméstico MacMillan, pero después parece un ballet soviético de los tiempos del realismo socialista, esa lacra estética que aún a veces persigue al arte ruso de hoy. A ratos, la modificada historia de esta Raymonda ni se entiende, aunque hubiéramos leído aplicadamente la biografía de Florence Nightingale. Vale la pena repasar la vida de esta mujer, pues ella es mucho más que sus logros con la enfermería y su mitografía algo aventurera.

Poco antes de partir a Crimea, Florence Nightingale había publicado Cassandra, y detengámonos en este librito porque, de alguna manera, allí encontraremos las claves y motivaciones del personaje, la firme convicción prefeminista y la claridad de sus muchas cargas de profundidad a la sociedad victoriana y al concepto tradicional de sumisión a la familia. Cassandra aún se puede leer hoy con vigencia y atención y es un arma fundacional de la mujer moderna en lucha por sus derechos y lugar social. Cuando Virginia Woolf leyó Cassandra a mediados de los años veinte, no dudó en glosarla y decir que “estaba más cerca del grito que de la escritura”.

Raymonda tiene uno de los libretos más flojos y torpes de todo el ballet decimonónico, aunque no es verdad que Lidia Leshkova, la argumentista original, fuera una alocada diletante, y Petipa trató de mejorarlo para facilitarle las cosas a Glazunov. Alexander Gorski se plantó en 1900 en Moscú, y dijo que simplificaría al máximo el guion. En 1938 en Leningrado Vainonen y el escritor Yuri Sloninski transportaron la acción a Hungría y a “la recóndita Arabia”, convirtiendo a Jean de Brienne en un tal Koloman; la partitura también sufrió lo suyo esa vez, aunque no tanto como ahora en ENB. Abderramán se rebautizó varias veces como Abdurachman o algo parecido. Ante tal relajo, después cada cual hizo lo que quiso y es verdad que una de las pocas cosas que permanecieron casi intactas fueron las escenas del tercer acto. En 1985 Maya Plisetskaia, que dirigía el Ballet de la Ópera de Roma, produjo una versión integral de la obra para los festivales de verano de las Termas de Caracalla; era su respuesta a la versión de Grigorovich, su archienemigo, en Moscú un año antes, y recuperó estilo y coreografías de las versiones moscovitas antiguas. En Madrid, cuando la CND se llamaba Ballet del Teatro Lírico, asistida por Valentina Savina y Azari Plisetski, la gran diva rusa montó el divertissement final; lo estrenó Arantxa Argüelles y lo vino a bailar al Teatro de La Zarzuela Carla Fracci.

Tamara Rojo posa en el Teatro Real, en Madrid, el pasado martes.

Tamara Rojo demostró en sus años del ENB ser no sólo una bailarina notable y con momentos de gran brillantez (cosas sabidas) sino tener don de mando y convertirse en una firme directora de compañía; ella reflotó el nivel de la segunda agrupación del Reino Unido, le dio una personalidad acorde a los tiempos y un camino promisorio. Supo escoger a coreógrafos y repertorio, además de consolidar una plantilla de bailarines pujante y competitiva. En ENB Rojo se equivocó poco; Raymonda no es el broche deseado a su carrera británica. Claro que a los ingleses les gusta este invento, y obvio que ha tenido críticas elogiosas, pero tampoco ha habido unanimidad. Por mucho que llueva, el crítico no tiene que practicar la hidromancia; no sabemos cuánto resistirá en cartelera este nuevo ballet angustiosamente aburrido. No es el primero sobre Nightingale, y ahora, tras este trabajo de ENB, hay varias secuelas publicitándose en las islas.

Los bailarines de ENB son correctos y tratan de labrar sus personajes, pero sin firmeza ni convicción. La japonesa Shiori Kase (Raymonda) no acierta con los acentos de majestad que pide el rol y su actuación es irregular; el mexicano Isaac Hernández (John de Bryan) se expresa con limpieza ejecutoria, decidido y aunque no tuvo su noche más inspirada, cumplió con profesionalidad. El español Fernando Carratalá Coloma (Abdur Rahman) resulta dubitativo, necesitado de control y ajuste, llegando a provocar fallos alarmantes en el baile en pareja. Otros solistas y el cuerpo de baile funcionan discretamente, aunque con cierto batiburrillo colectivo. Vestuario y escenografía son de oficio, pero yerran; el primero disparata desde todo orden formal con su guerra sorda al tutú, y la segunda, resulta pobre y esquemática. No se sostiene que la gran variación del echarpe se baile en camisón y un revoltijo de enaguas tape el básico trabajo de piernas, pero esas son cosas menores al lado de otros pecados estéticos mayores que metafóricamente Petipa, estoico, aguanta desde el cielo de Crimea.

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