Radio Clásica

Argentina

Las musas no cobran

PorDiario 5

Dic 21, 2025

Escarbando en la idea de un análisis profundo sobre el dinero de los derechos de autor y la poca importancia que se les da a los creadores de las canciones, sus letras y la música en general, enfrentamos un tema fascinante y, al mismo tiempo, incómodo: la enfermedsad del dinero de los derechos de autor en la música y la escasa valoración que reciben los creadores de canciones frente a intérpretes, sellos y plataformas, por ahora, no presenta cura ni tratamiento efectivo.

Cuando una canción se reproduce en radio, televisión, streaming o en un espectáculo en vivo, se generan regalías. En teoría, esas regalías deberían distribuirse entre todos los actores: autores, compositores, intérpretes, productores y discográficas. Sin embargo, la realidad muestra una asimetría brutal: Los autores y compositores reciben una porción tan menor de las ganancias -pese a ser quienes crean la obra- que a cualquier persona con cierto sentido natural de la equidad puede hacerla viajar de la vergüenza ajena a la indnación.

En la actualidad, las plataformas digitales (Spotify, YouTube, Apple Music) concentran gran parte de los ingresos y pagan cifras ínfimas por reproducción. Los intérpretes consagrados pueden capitalizar la visibilidad y multiplican ingresos por giras, contratos y publicidad. Si el creador de la obra es un artista independiente (no es, por ejemplo, «cantautor») queda en segundo y, hasta se podría decir, tercer plano.

La invisibilidad del creador no es un fenómeno nuevo ni propio de la Argentina. En la cultura popular y cualquier ligar del mundo, el grueso del público suele asociar una canción con quien la canta y no con quien la escribió.

Si bien no es el momento ni la circunstancia ideal para ahondar sobre la certeza de que la cadena de la ignorancia in crescendo es la perfecta combinación entre la falta de interés del que puede aprender algo y la falta de dignidad de quien podría enseñarlo, nunca está mal enunciarlo.

En el fenómeno de invisibilidad, el autor queda relegado para el público ingnorante. Sin él no existiría la obra y eso el valorado por el público con una capacidad de reconocimiento más digna. En la Argentina, SADAIC (Sociedad Argentina de Autores y Compositores) gestiona la recaudación de derechos pero los montos que llegan a los compositores son muchas veces insuficientes frente al volumen de explotación comercial de las canciones. El trabajo de SADAIC por sostener los derechos de los creadores al amparo de la Ley 11.723 de Propiedad Intelectual es muy importante, indpendientemente de que hay artistas argentinos que han tenido notables emfrentamientos con la sociedad de autores.

En otros países de América Latina, la brecha es evidente y el circuito del dinero de los creadores es complejo: los autores dependen de sociedades de gestión que muchas veces carecen de transparencia o de capacidad de negociación frente a las grandes plataformas. Y no caben dudas de que en los Estados Unidos y el Reino Unido, para señalar ejemplos claros, las asociaciones de autores lograron mayor peso político y jurídico. En ambos países. los mecanismos de control traen muchos años de ser más estrictos, lo que redunda en garantizar regalías más claras.

Si tocamos tangencialmente el tema de cierta ignorancia por parte del público más distraído, entendemos que la poca importancia que se les da a los creadores es, a todas luces, cultural. Cuando se celebra -exageradamente o no- al «intérprete no autor» como figura pública, sólo pocas personas con suficiente lucidez pueden sacar de la sombra a los creadores que rodean a la estrella. Casi siempre estos observadores son periodistas

No es difícil deducir que, al concentrarse el reconocimiento simbólico y el dinero en quienes ponen la voz y no en quienes ponen las palabras y la música, se refuerza la desigualdad económica.

¿El debate sobre los derechos de autor en la música es, en el fondo, un tema de justicia cultural?

¿Cómo valorar de manera equitativa a quienes crean las canciones?

¿Cómo garantizar que el dinero que mueve la industria llegue a quienes sostienen su esencia?

Mientras no se reformen los sistemas de distribución y no se cambie la percepción social, los autores seguirán siendo los grandes olvidados de un negocio que no existiría sin ellos.

Pero hay algo más: Las musas no cobran. Buscando esta frase en internet, vi que Joaquín Sabina ya la había acuñado en el mismo sentido y con todas las aristas: «Las musas no cobran derecho de autor». Chapeau por el ubetense.

¿Vale la pena ahora mandar un disparo directo a la paradoja de la creación artística?

Comprobaremos que lo vale.

¿Por qué atacamos ahora la idea de que la inspiración, ese chispazo intangible que da origen a una canción, un poema o cualquier obra de arte, no tiene valor económico en sí misma?

Lo que se paga —cuando se paga— es el producto terminado, el objeto que entra en el circuito comercial. Pero la chispa, la musa, el acto creativo inicial, queda fuera de toda contabilidad.

En el caso de los autores de canciones, la frase desnuda una injusticia histórica: por un lado, como vimos, quienes componen melodías y arman poéticas letras, quienes ponen en palabras y sonidos la emoción colectiva, suelen ser los menos reconocidos y los peor remunerados.

Develaremos un efecto poco debatido cuando la esencia de la creación no es otra que el sufrimiento ajeno. La historia de la famosa «Loca del muelle de San Blas», la mujer que se pasó 41 años esperando el regreso de su amado pescador, inspiró a los miembros de Maná a componer y luego grabar una canción que vendió millones de discos y aportó ganancias gigantescas a la banda y su equipo administrador. La gente pobre aludida por centenares de cantantes -no importa su ideología- que escribieron hermosas, sensibles y sentidas canciones, jamás redundó en el más mínimo beneficio hacia quien o quienes movilizaron todo ese arte musical que derivó en negocio.

Quienes ganaron dinero contando, narrando pintando, esculpiendo o fotografiando historias sobre quienes no ganaron un centavo, son -en principio- unos hijos de puta.

Hay mucho arte que se alimenta de la vida de los otros pero el mercado se asegura de que esos otros nunca participen de la renta. Es explotación simbólica: se toma la voz de los invisibles para hacerlos visibles, pero sin devolverles nada.

La pregunta de fondo es si el arte debería tener un deber de reciprocidad.

Es obvio que no. Ya sabemos que se trata de un intríngulis sin solución. Lo que no podemos hacer es no decirlo nunca. Incluso la preguntas pueden emanar de tal modo que quedemos arrinconados en el ring, listos para que nos den el knock out:

¿Puede un músico, un pintor, un cineasta, narrar la vida de los pobres sin que haya algún mecanismo de redistribución?

¿O estamos condenados a que la cultura funcione como extractivismo emocional, donde las historias de los desposeídos son minas de oro para quienes tienen acceso al mercado?

¿Un creador siempre es un cronista sensible o es candidato a empresario dispuesto a capitaliza el dolor ajeno con su talento?

Y como sociedad: ¿por qué aceptamos que las musas no cobren, que los protagonistas reales nunca reciban nada?

 

Por Diario 5

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