10 de abril de 2024

Radio Clásica

Argentina

José de Nebra, el músico con el rostro de un Papa

José de Nebra, el músico con el rostro de un Papa

Al organista, figura clave del Barroco español, se le ha adjudicado por error un retrato que pintó Anton Rafael Mengs del Pontífice Clemente XIII, de medio cuerpo, sentado y mirando al frente. El Teatro de la Zarzuela recupera, 270 años después de su estreno, La violación de Lucrecía, zarzuela de Nebra con las voces de Marina Monzó, Carol Gacía, María Hinojosa, Judit Subirana, Manuel Velasco y Borja Luna dirigda en el foso por Álvaro Miguélez Rouco, al frente de su ensemble Los Elementos, y con puesta en escena de Rafael R. Villalobos

Anton_Raphael_Mengs_(1728-1779)-Portret_van_paus_Clemens_XIII_(1758)Empecemos hablando de Magritte. Citando una obra suya, tan conocida que echa humo: la representación de una cachimba cuyo título es “Ceci n‘est pas une pipe” (Esto no es una pipa). Claro que no. Juguetón, divertido y meridiano, el artista no podía dejarlo más claro. No era una pipa aquello que estaba pintado en el lienzo y que el espectador observaba atento y ojiplático, sino la representación de la misma. Pues bien, sírvase para arrancar este texto sobre José de Nebra, de quien el Teatro de la Zarzuela rescata, casi trescientos años después de su estreno, La violación de Lucrecia, ópera en que el autor, uno de los músicos más sobresalientes del periodo barroco, da voz a las mujeres. A todas las Lucrecias que han sido, son, por desgracia, y, ojalá, no sean en un futuro. Ojalá.

Nebra fue un prolífico autor, muy dado a la música religiosa y también a la producción de zarzuelas, sí. Un hombre cuya representación no es la que nos ha llegado. La imagen que circula del compositor es la de un purpurado, un Papa, sí. No existe una sola que pertenezca a él, ni de cuerpo entero, ni es escorzo ni de medio busto. Debió ser que, tiempo ha, alguien asoció sin maldad el rostro y las hechuras de De Nebra con las de Clemente XIII, coetáneo que ocupó la cátedra de San Pedro entre los años 1758 y 1769. Y la confusión, el equívoco se repitió y pasó de generación en generación. Hasta hoy, en que los tiempos de las omnipresentes redes han atrapado para siempre la figura oronda de un Pontífice de Roma en el cuerpo de un músico cuyo aspectos desconocemos. El hombre vestido de rojo ni es De Nebra ni es su representación. No es, sencillamente. El misterio sigue ahí. Y con nosotros se queda en forma de obra de lienzo pintado en Roma por Anton Rafael Mengs en 1758, diez años antes de la muerte del músico, y que actualmente se puede ver en el Museo de Arte de Nueva Orleans.

Tres nombres magos

Su nombre completo era José Melchor Baltasar Gaspar Nebra Blasco y nació en Calatayud el día de Reyes (no es extraña, pues, la sucesión “real” en su nombre) de 1702 y falleció en Madrid, concretamente en una casa del número 11 de la bulliciosa Plaza del Ángel, entre las de Jacinto Benavente y Santa Ana, en 1768. Fue organista del Convento de las Descalzas Reales de Madrid, músico de Cámara de los duques de Osuna (en cuyo palacio estrenó precisamente la zarzuela que ahora exhuma el coliseo de la ya plaza de Teresa Berganza) y miembro notable de la Real Capilla durante los reinados de Luis I, Felipe V, Fernando VI y Carlos III.

Daniel Bianco presenta así esta pieza: “Levantamos el telón con una nueva producción y con la recuperación de nuestro patrimonio musical, una de mis obsesiones durante este tiempo al frente de este teatro. Con música del genial José de Nebra, de quien presentamos ya Ifigenia en Tracia, Donde hay violencia no hay culpa narra las circunstancias y consecuencias de la virtuosa mujer romana Lucrecia, y asistimos ahora a una relectura del siglo I antes de la era cristiana. Mientras las partes cantadas se respetan exactamente igual que la música que son los originales de Gonzalez Martínez, la hablada es la voz de una Lucrecia contemporánea que escribe Rosa Montero. Y que hemos llamado aquí La violación de Lucrecia. No nos lo hemos sacado de la manga. Ese es el tema y de lo que habla la obra. Con esta versión, los hechos que ahora ocurren, que han existido y siguen por desgracia sucediendo, nos obligan a ver estos acontecimientos que nos invitan a reflexionar y me parece importante subrayar que en un teatro público se pueda reflexionar en voz alta sobre la libertad, la culpa, la destrucción, el poder, la degradación, el honor y la venganza, todo esto ante el hecho de una violación, con sus consecuencias trágicas que siguen ocurriendo día a día”.

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Jóvenes, aunque sobradamente preparados

Alberto Miguélez Rouco, 28 años, debuta como director y en el escenario de la Zarzuela con su ensamble Los Elementos, formado en 2018 por 26 profesionales con una media de 30 años, un grupo de músicos que se encontraron en Basilea. Es contratenor, toca el clave y las castañuelas. Ahora baja al foso. Y apunta muy alto. Sus músicos tocarán copias de instrumentos de la época “que van a tener una sonoridad muy similar a la que hubiera escuchado Nebra. Hemos tratado de copiar el número de músicos de su plantilla, que tenía una agrupación generosa. Suena muy bien”, cuenta. A Villalobos, en progresión ascendente, con una agenda que le lleva de un teatro a otro imparable, le encanta José de Nebra. Se siente en la Zarzuela “como en casa. Está siendo un sueño de producción. Soy un enamorado de este compositor”, cuenta. Un día en el patio de butacas, mientras veía la anterior obra de Nebra que se escenificó en este mismo espacio en que ahora trabaja pensó en si quizá él, algún día, en este coliseo… y el día ya ha llegado. Sobre el autor de los textos, el regista subraya su “implicación en los derechos de las mujeres. Digamos que Nicolás González Martínez es un proto feminista en su época. Culpa en el siglo XVIII, posee un doble significado, como responsabilidad, por un lado, y sentido del pecado, por otro. Y lo que pone de manifiesto es que ni ella es culpable de su violación ni de su suicidio posterior”. Gema Pajares.

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