14 de julio de 2024

Radio Clásica

Argentina

Iván Fischer pinta a Richard Strauss con la Sinfónica de la Radio de Baviera

A Richard Strauss le fascinaba la pintura. Contemplando la colección de bocetos del ciclo de María de Médici, de Rubens, conservados en la Alte Pinakothek de Múnich, no paraba de hacer símiles con la música: “Es como tener una composición entera en la cabeza antes de escribirla, como escuchar música de manera absoluta, es decir, con el oído interno”. Hablaba de componer como de una forma de pintar sonidos y dibujar melodías. Lo recuerda el director de orquesta Hans Swarowsky en su libro póstumo Wahrung der Gestalt (1979) que se publicó diez años después en español como Defensa de la obra (Real Musical).

Swarowsky se formó con Schönberg y Webern, fue uno de los pioneros en recuperar las sinfonías de Mahler y también un hábil traductor que colaboró con Strauss en el libreto de su ópera Capriccio, pero hoy tan sólo se recuerda como maestro de grandes directores en la Universidad de Música y Arte Dramático de Viena, como Abbado, Sinopoli, Jansons o López Cobos. De hecho, esa prestigiosa institución educativa acaba de reivindicar su memoria con la publicación de una monumental monografía colectiva en alemán de más de un millar de páginas editada por Markus Grassl y Reinhard Kapp (Böhlau Verlag, 2022).

Zubin Mehta e Iván Fischer también se cuentan entre los principales alumnos de Swarowsky. Ambos directores han estado implicados en la gira española de la excepcional Sinfónica de la Radio de Baviera con Ibermúsica, que concluyó ayer miércoles en Zaragoza. El legendario director hindú, de 86 años, tuvo que cancelar pocas semanas antes, por motivos de salud, y se hizo cargo de los programas y los conciertos su condiscípulo húngaro, de 71 años, otro grande de la batuta de nuestro tiempo. En los atriles dos programas centrados en Mahler y Strauss, dos de las especialidades tanto de ellos como de su maestro: la Quinta mahleriana precedida por la Sinfonía concertante de Haydn, en Valencia, Barcelona y Madrid, y un programa centrado en dos poemas sinfónicos de Strauss, Don Juan y Así habló Zaratustra junto a sus Cuatro últimos lieder y la soprano Camila Nylund como solista, en el Teatro Real de Madrid y en el Auditorio de Zaragoza.

Iván Fischer dirigiendo a la Sinfónica de la Radio de Baviera el poema sinfónica ‘Así habló Zaratustra’ de Richard Strauss, este miércoles en Zaragoza.

Bastó el arranque de Don Juan para convencernos de que íbamos a escuchar un concierto excepcional. Esa ristra de doce notas, en la cuerda de la orquesta bávara, que es una versión actualizada del clásico “cohete de Mannheim”, sonó con un empaste, ímpetu e intención ideales en la Sala Mozart zaragozana bajo la batuta segura y fluida de Fischer. El director húngaro aseguró una versión rigurosa y rutilante de la obra, en el estilo de Swarowsky, pero sin renunciar a lo narrativo y lo pictórico. De hecho, se recreó especialmente en los pasajes más afectivos y camerísticos, como en el primer solo de violín con esos goteos del glockenspiel, y en el bello solo de oboe, admirablemente tocado por el granadino Ramón Ortega Quero. Fischer supo combinar, en el desarrollo, el retrato energético y orgulloso del protagonista con la sombra de la depresión que explica el dramático final, donde Strauss sigue el poema de Nikolaus Lenau, en que Don Juan se deja matar en un duelo. El húngaro subrayó ese desenlace con una escalofriante pausa de casi diez segundos antes de revelar el desenlace: un sombrío acorde de la menor, con la punzada disonante de la nota fa en las trompetas, el colapso en los violines y el último estertor en las violas.

Pasamos del joven Strauss, de 24 años, al anciano de 84, en los Cuatro últimos lieder. Eran años aciagos para el compositor, tras la Segunda Guerra Mundial, donde vuelve la vista atrás con los ojos humedecidos al tocar a Mozart o leer a Goethe. Conviene recordar que estas canciones no fueron las últimas de Strauss, pues es posterior Malven, ni tampoco fueron concebidas como ciclo, algo que debemos al editor de Boosey & Hawkes, Ernst Roth. La muerte es el denominador común de estos cuatro poemas de Hermann Hesse y Joseph von Eichendorff, pero también un tapiz sonoro de exuberante belleza tejido por Strauss que salpica de innumerables detalles psicológicos y pictóricos.

La soprano finlandesa Camilla Nylund mostró sus credenciales de especialista en Strauss en una versión irreprochable de las cuatro canciones, pero donde el referido tapiz sonoro de la orquesta bávara tuvo mayor protagonismo. El esplendor primaveral que se añora desde la madurez, en Frühling, pasó como un bello suspiro. En September escuchamos detalles exquisitos, como esas figuraciones en las flautas que representan el caer de las hojas doradas de las acacias. Nylund dio voz a ese canto otoñal, aunque lo mejor lo escuchamos al final, con el maravilloso solo en pianísimo del trompista Carsten Carey Duffin, en que Strauss homenajea a su padre. En Beim schlafengehen, la soprano ofreció un bello fraseo en ese relato del sueño que evoca la muerte, aunque lo mejor volvió a ser el solo que en este caso protagonizó el violinista Anton Barakhovsky y donde el compositor recuerda a su esposa Pauline. Nylund brilló especialmente en Im Abendrot, cuyo canto, combinado con la orquestación hipnótica de Strauss, nos hizo imaginar ese arrebol del crepúsculo que evoca el poema de Eichendorff.

La soprano Camilla Nylund durante su actuación, este miércoles en Zaragoza.

Pero lo más destacado del concierto llegó en la segunda parte con Así habló Zaratustra. Fischer dotó a la popular introducción del lustre sonoro de un pórtico con la actuación estelar del magnífico timbalero holandés Raymond Curfs. La gradación sonora fue tan precisa que el uso de un órgano electrónico no supuso un problema. Y nos sumergimos, con el asombroso trémolo de la cuerda grave de la orquesta bávara, en las libres reflexiones sinfónicas de Strauss sobre Nietzsche. Una lectura dramática y optimista que Fischer elevó dando vida a los infinitos detalles de la partitura dentro de un relato perfectamente cohesionado de los ocho números de la obra, que se corresponden con ocho discursos de este profeta del Übermensch.

La urdimbre de los dos primeros números incidió en el tercero, Von den Freuden und Leidenschaften, donde los anhelos y pasiones cobraron vida en una narración electrizante. Y, tras los impresionantes divisi de ese réquiem que es Das Grablied, llegamos a la fuga desde las catacumbas de Von der Wissenschaft, donde destacó la asombrosa sección de contrabajos de la orquesta muniquesa comandada por Philipp Stubenrauch. Fischer alargó enfáticamente la pausa de Der Genesende, y aseguró la asombrosa transición desde un dramático entramado contrapuntístico hacia la ligereza del vals vienés en Das Tanzlied, que fue lo mejor de toda la velada y donde la actuación del concertino Anton Barakhovsky volvió a ser sobresaliente. Pero faltaba la conclusión noctámbula de Das Nachtwandrerlied, donde escuchamos replegar todos los elementos de la obra en una serie de interrogaciones sonoras sin respuesta.

Swarowsky termina sus recuerdos sobre Strauss, dentro de su referido libro póstumo de 1979, recordando su última visita al compositor, seguramente pocos meses antes de su muerte. Era un anciano que combatía la tristeza de ver a su país derrumbado tras la Segunda Guerra Mundial con partituras de Mozart y la obra completa de Goethe. “En ambos –le dijo– encuentro la visión total de la obra incluso antes de dar el primer paso hacia su realización”. El joven Swarowsky contó la destrucción que había contemplado de camino a su casa y el viejo Strauss le señaló la fila de libros que tenía de Goethe en su biblioteca: “¡Gracias a Dios esta Alemania es indestructible!”.

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