11 de junio de 2024

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‘Il turco in Italia’: escalofríos y carcajadas en el Teatro Real

Il turco in Italia fue un incómodo fracaso para Gioachino Rossini. Este dramma buffo, estrenado en La Scala de Milán, en agosto de 1814, apenas resistió una docena de representaciones en cartel. El crítico del Corriere delle dame acusó al compositor sin fundamento de reutilizar música de otra ópera anterior: “L’Italiana in Algeri necesitaba un marido; y el fecundo ingenio del poeta y del maestro sirvieron de testigos para casarla con Il turco in Italia”.

En realidad, las razones de su fracaso fueron de orden moral. El público milanés no aceptó que la protagonista de la ópera, Fiorilla, representase a una mujer italiana de carácter caprichoso y voluble que se enfrenta a su marido, a un amante mujeriego y hasta a un príncipe turco. La situación política tampoco ayudó al compositor de Pésaro, pues Milán acababa de volver a manos austriacas y a recuperar preceptos de control ideológico. Rossini rebajó el tono en su revisión, de 1815, para el Teatro Valle de Roma. El mismo lugar donde estrenaría, dos años después, La Cenerentola y la ciudad donde cosechó el mayor éxito de su carrera con El barbero de Sevilla.

La soprano Sara Blanch y el Coro Titular del Teatro Real.

Para Roma compuso varios números nuevos y otra cavatina para Fiorilla menos reivindicativa. Pero la ópera cayó en el olvido en menos de dos décadas. Y no fue recuperada hasta 1950, en pleno arranque de la llamada Rossini Renaissance y con Maria Callas como protagonista. Ella también cantó Fiorilla en la primera grabación de la ópera, para EMI/Warner, aunque en una versión bastante acortada de la partitura. Desde 1988, la edición crítica realizada por Margaret Bent ha permitido tomar decisiones más certeras a los directores escénicos y musicales. Y en la nueva producción de Laurent Pelly, que se estrenó en el Teatro Real, el pasado miércoles, 31 de mayo, con Giacomo Sagripanti en el foso, ha reinado la coherencia.

Se optó por la versión de Milán de la ópera, pero con dos interesantes añadidos de la revisión para Roma: la cavatina del amante Narciso, en el primer acto, y la dificilísima aria del esposo Geronio, en el segundo. Y se suprimió el aria de sorbetto de Albazar, que ni siquiera es de Rossini. Por la caligrafía del autógrafo de la ópera, conservado en el Archivo Histórico Ricordi, sabemos que la escribió un colaborador anónimo junto a la cavatina de Geronio, el final del segundo acto y todos los recitativos.

Los intérpretes Alex Esposito (izquierda) y Misha Kiria en el Teatro Real.

La joven soprano catalana Sara Blanch fue la inesperada triunfadora de la noche del estreno. Sustituyó in extremis la baja por enfermedad de la gran estrella de esta producción, Lisette Oropesa, aunque la soprano norteamericana parece que podrá cantar el próximo domingo, 4 de junio. Blanch exhibió aplomo en su comprometida cavatina Non si dà follia maggiore, donde adornó con gusto. Pero su actuación no paró de crecer vocal y teatralmente. Fascinó en su dueto con Geronio, cantando con una asombrosa corpografía de contorsiones. Pero, además de la Fiorilla picante y rebelde, también encarnó de forma modélica a la esposa arrepentida, en su exquisita y virtuosística aria final, Squallida veste, e bruna, que fue lo mejor de la noche.

Del resto, destacó el Geronio del barítono georgiano Misha Kiria, que encarnó un ideal bufo caricato rossiniano. Aparte de varios duetos excelentes, tuvo su momento estelar, en el segundo acto, con un sensacional recital de canto sillabato en la dificilísima aria Se ho da dirla avrei molto piacere. El bajo italiano Alex Esposito aportó a Selim un brillante caudal vocal y una excelente entrega escénica, desde el mismo crescendo inicial de su cavatina Bella Italia, alfin ti miro. Y el barítono francés Florian Sempey fue un lujo como Poeta Prosdocimo, pues brilló en cada recitativo y conjunto, aunque Rossini no le asignó ninguna aria.

Sara Blanch y el Coro Titular del Teatro Real.

No empezó bien el tenor uruguayo Edgardo Rocha como Narciso, con una forzada cavatina Un vago sembiante. Pero se rehizo, en el segundo acto, con una valiente y aplaudida interpretación del aria Tu seconda il mio disegno. También fue a más la mezzosoprano Paola Gardina, como la gitana Zaida, junto al buen Albazar del tenor cordobés Pablo García-López. Y una mención destacada también para el Coro Intermezzo, con mayor protagonismo en su sección masculina.

En el foso, Giacomo Sagripanti empezó dirigiendo una obertura muy ágil y transparente, aunque con poco mordiente y contraste. La Sinfónica de Madrid sonó con calidad y precisión bajo sus manos. Pero hubo muchos desajustes con el escenario. Fue una actuación tan personal como irregular, donde el director italiano, que debutaba en el Teatro Real, mostró interesantes texturas sonoras y detalles de flexibilidad en el manejo del tempo, a la par que poca imaginación en las transiciones. Y, al mismo tiempo, combinó la dirección de la orquesta con un buen acompañamiento de los recitativos desde el fortepiano.

La soprano Sara Blanch interpretando a Fiorilla en el Teatro Real.

Dejo para el final, last but not least, el comentario de la espléndida producción de Laurent Pelly. El director de escena francés volvió a mostrar su instinto innato y superdotado para la comedia rossiniana, aunque sin renunciar a su pizca de drama. En esta ocasión, ubica la trama en un suburbio italiano, a finales de los años cincuenta o principios de los sesenta, y con las fotonovelas románticas italianas como elemento estructural de la escenografía de Chantal Thomas. La insatisfecha Fiorilla vive, como tantas amas de casa, imbuida por esa popular literatura que devora con fruición. A continuación, la trama de la ópera se mete dentro de una fotonovela, con el turco Selim saliendo del interior de una gigantesca edición de Non posso amarti, para terminar volviendo de nuevo a la realidad, tras una mala experiencia.

Pero el principal logro de su producción es el esmero con que Pelly esculpe cada personaje, del que realiza además su figurinismo. Aporta modernidad a Fiorilla, una mujer rebelde y liberada en una sociedad que no está preparada para ello. Selim es casi un personaje fantástico, Geronio una especie de Oliver Hardy a la italiana, Narciso un repelente enamorado y dota a los gitanos Zaida y Albazar de un halo jipi. Pero destaca su creación del poeta Prosdócimo, un personaje metateatral que integra en la acción con naturalidad y sin las excentricidades de tantas producciones anteriores: el típico vecino cotilla de Fiorilla y Geronio, que además escribe la trama con su máquina de escribir, mientras interactúa con el resto de los personajes. En resumen, una producción brillante y divertida, que permitió volver a sentir escalofríos y escuchar carcajadas en el Teatro Real.

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