11 de abril de 2024

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Argentina

Critica: La Dolores, verismo de nuestros días

LA DOLORES, VERISMO DE NUESTROS DÍAS

Bretón: “La Dolores”. Saioa Hernández, Jorge de León, José Antonio López, Rubén Amoretti, Gerardo bullón, María Luisa Corbacho, Juan Noval Moro, Francisco Rivero, Ricardo Rubio, Juan Sousa. Director de Orquesta: Guillermo García Alcalde. Directora de escena: Amalia Ochandiano. Coro y Orquesta titulares. Teatro de la Zarzuela,Madrid, 27 de enero de 2023.

Jorge de León y Saioa Hernández

“La Dolores” de Bretón se estrenó el 16 de marzo de 1895 en el Teatro de la Zarzuela. Y allí se exhibió por última vez en 1937. Mucho más tarde, en septiembre y octubre de 2004, el Real la recuperó. Es un dramón de tomo y lomo con libreto del propio conpositor basado en la obra teatral de José Feliù y Codina, que narra una historia rural que el músico pudo ver en Madrid en 1893. Desde luego hizo un buen uso del folklore y del declamado, del parlato, del arioso en un sentido muy moderno, aunque no siempre la partitura mantenga el mismo nivel y acuse numerosos puntos muertos.

Pero hay con frecuencia partes de un gran aliento, en los que la melodía, el contrapunto bien utilizado, la ligazón entre episodios brillan indiscutiblemente. Claro que no cabe desconocer la existencia de algunos trazos a veces algo gruesos, de un naturalismo propio del verismo recién acuñado. Bien construidos el trío del primer acto y su final, la romanza de Lázaro “Henchido de amor santo”, la de Dolores y los dos dúos finales. Las parte coral y oquestal aparecen revestidas con frecuencia de una tímbrica y un flujo melódico que denotan en ocasiones la influencia de Wagner.

No es fácil hoy en día llevar a escena una obra semejante sin caer en tópicos. Amelia Ochandiano ha intentado con desigual fortuna evitarlo creando sugerencias varias y trasladando la acción a los años 50 del siglo XX; poniendo también de su cosecha algunas soluciones que no acabamos de ver en un drama realista, verista con todas sus consecuencias. Al abrirse  el telón tres mujeres desnudas embutidas en faldas de los típicos gigantes y cabezudos hacen piruetas. Las mismas aparecen al comienzo del tercer acto colgadas y sujetas por la cabeza. ¿Quiénes son? ¿Quizá un remedo de las Nornas wagnerianas?; unas aves de mal agüero que planean sobre un moviiento escénico en el que otras dos mujeres luchan por unirse en un abrazo amoroso. Nada nos dice Ochandiano en su escrito del programa. Como tampoco de la presencia de un inesperado lecho.

Una acción que tiene poco sentido en un momento en el que se está rezando el Rosario. Tampoco vemos clara la escenografía (de un experto conocedor como Sánchez Cuerda). Todo se desarrolla en un espacio único con ligeras modificaciones, entre ellas las que se producen en un segundo acto que aquí quiere hacer ver una parte de una plaza de toros. Bloques y escaleras, un puente superior, más alto o más bajo dependiendo de lo que suceda. Y un altar con velas a un lado de la escena. Desde luego nada que recuerde a Calatayud. Los figurines de Jesús Ruiz son perfectos para la idea de la regista.

Como no nos lo recuerda el pelo rabiosamente rubio de Saioa Hernández, que se lució a base de bien en un papel verdaderamente ingrato como el de Dolores, que ha de trabajar bien los graves y, en escritura bastante árida, alcanzar con brillantez la zona alta. Ningún problema para una soprano “spinto” tan sólida, tan segura y tan firme como ella. Jorge de León (Lázaro, el seminarista) mantuvo a raya una línea vocal muy espinosa exhibiendo sus poderosos agudos con generosidad (hasta un par de Do 4). Pocos pianos en su linea y vibrato a veces excesivo.

Jose Antonio López (Melchor) dejó, como siempre, sentada su enjundia baritonal y dio al antipático personaje un tono bronco, adusto, agresivo, con buena anchura vocal. Atacó casi siempre de manera muy agreste sus recitados. El también barítono Gerardo Bullón mostró su clase, su facilidad y su franca emisión en el ricacho Patricio; y Rubén Amoretti dio vida y cierta gracia al Sargento Rojas con su voz tonante y seca de bajo. Los demás, empezando por la siempre cumplidora y vibrátil María Luisa Corbacho (Gaspara) y Javier Tomé, un tenor lírico-ligero templado y seguro (Celemín), hicieron bien sus tareas. Anotemos el nombre del cantor de jotas: Juan Noval, que le dio mucho aire, con una voz muy propia, a la famosa página final del primer acto.

Ahí se lució el ballet, dirigido por Miguel Ángel Berna, que también bailó. Lo hicieron estupendamente, con arte, con estilo, con bien estudiados pasos. Y la Orquesta partició en todo ello de manera casi siempre brillante y ajustada, con los convenientes y necesarios acentos dramáticos y folklóricos. Buen trabajo a las órdenes de García Calvo. Arturo Reverter

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