18 de mayo de 2024

Radio Clásica

Argentina

Critica: Evgeni Onegin, enrevesada propuesta de una ópera inmortal

Evgeni Onegin, enrevesada propuesta conceptual de una ópera inmortal

Evgeni Onegin de Chaikovsky. Svetlana Aksenova, Audun Iversen, Alexey Neklyudov, Sam Carl, Liliana Nikiteanu, Viktoria Karkacheva, Elena Zilio, Josep-Ramon Olivé, Mikeldi Atxalandabaso. Cor del Gran Teatre del Liceu (Dirección: Pablo Assante). Orquestra Simfònica del Gran Teatre del Liceu. Dirección musical: Josep Pons. Dirección de escena: Christof Loy. 27-9-2023.

La inauguración de Evgeni Onegin tuvo su mejor baza en el aspecto musical con un Josep Pons crecido ante la ocasión que presentó una lectura de la exquisita partitura de Chaikovsky cargada de emoción, suficiente transparencia y muy cuidada en los detalles gracias a la Orquestqa Sinfónica del Gran Teatro del Liceo de gran conjunción y con destacados solistas instrumentales, especialmente en los vientos. Interesante la labor del Coro del Liceu que, sin embargo, debe mejorar todavía para alcanzar la conjunción, calidad y empaste de temporadas pasadas con los refuerzos del Coro Intermezzo.

En el apartado vocal hay que celebrar el reparto reclutado, en parte el mismo del estreno del montaje en Oslo en 2020, especialmente la labor del tenor Alexey Neklyudov que deslumbró como un Lensky de voz noble y homogénea y perfecta dicción y proyección, un artista joven prometedor que emocionó al público. A su lado se movió la magnífica Olga de la mezzosoprano rusa Victoria Karkacheva, de voz timbrada y graves de gran belleza. En cuanto a la pareja protagonista, fue una pena, pero la Tatiana de la soprano Svetlana Aksenova no alcanzó el éxito esperado con una voz poco brillante, especialmente en unos agudos forzados e incluso en ocasiones algo calante, a lo que se unía unos graves débiles y poco proyectados. Su interpretación actoral, en todo caso, fue muy lucida y trabajada, muy acorde a la compleja dirección de escena, pero no pudo lucirse como debiera en uno de los papeles más bellos del repertorio romántico. El barítono noruego Audun Iversen cumplió con calidad con el atormentado personaje de Onegin, tanto a nivel vocal como actoral, y fue muy aplaudido al final de la velada.

Sorprendió también el resto del elenco a un nivel realmente excelente como el bajo-barítono Sam Carl como Príncipe Gremin (a pesar de que el homogéneo y cuidado vestuario y maquillaje le hiciesen aparecer como un personaje más joven que el protagonista, otra de las incongruencias de esta producción), el exquisito Monsieur Triquet de Mikeldi Atxalandabaso y la eficaz Filipievna de Elena Zilio. Destacados también Liliana Nikiteanu como Larina y el Capitán de Josep-Ramon Olivé.

La coproducción del Liceu con la Ópera de Oslo y el Teatro Real de Madrid liderada por el siempre interesante y eficaz director de escena alemán Christof Loy no consiguió convencer al público dada la intelectualizada, compleja y enrevesada transformación de esta obra romántica cumbre de la historia de la ópera. La división de la obra por escenas con bajadas del telón sin interés alguno para volver una y otra vez a la misma sala o cocina del servicio doméstico, no ayudaron a pesar de la elegancia del espacio y el vestuario en el que transcurre casi toda la ópera. No hubo, de acuerdo con la propuesta, ni grandes espacios naturales, ni casas rurales, ni palacios. Loy viaja a una época indeterminada del siglo XX (o actual) en la que los protagonistas interactúan entre un numeroso servicio de uniforme y cofia que actúa sin respeto alguno por los señores y en el que se intuye que Olga se entiende con alguno de ellos. Todo ello debido a que Loy transforma las relaciones del drama para ofrecer el punto de vista tanto de Tatiana (en la primera parte) como de Onegin (en la segunda).

Este último, por ejemplo, mantiene sorprendentes relaciones con Tatiana (a pesar de rechazarla explícitamente) o de ayudar a Lensky a suicidarse en lo que debería haber sido un duelo. La dirección de escena, eso sí, está muy bien trabajada y se complementa por diversos bailarines de calidad como figuración, ya que los grandes bailes de la época de Catalina la Grande aquí se transforman en un par de parejas de sirvientes con movimientos de danza contemporánea o con una gran conga, baile popular cubano originario de los esclavos africanos en la que participan señores y servicio en la escena de la fiesta del príncipe Gremin dentro de la ensoñación de este Onegin febril.

Una verdadera lástima tanto caos conceptual, ya que la ópera quedó mermada en cuanto al espíritu y belleza originales. A pesar de ello el público aplaudió a todos los solitas con profusión y al equipo artístico (con la ausencia de Loy) con corteses aplausos al final de esta inauguración de temporada. Fernando SANS RIVIÈRE

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