18 de mayo de 2024

Radio Clásica

Argentina

Critica: «Aida» en Córdoba

Córdoba, Gran Teatro. Aida. Lucía Tavira (Aida), Eduardo Aladrén (Radamés), Mª Luisa Corbacho (Amneris), Javier Franco (Amonasro), Francisco Santiago (Ranfis), Alejandro López (El Rey), Raúl Jiménez (Mensajero), Ana Sanz (Suma Sacerdotisa). Coro Ziryab. Orquesta de Córdoba. Director de escena: Daniele Piscopo. Director musical: Carlos Domínguez-Nieto. 28 de abril de 2023.

 

Doble conmemoración en el Gran Teatro de Córdoba con Aida como testigo: los ciento cincuenta años de la inauguración del teatro y el recuerdo de quien fuese uno de los mejores Radamés de la segunda mitad del siglo XX, el cordobés Pedro Lavirgen, que dijo el definitivo adiós a los escenarios en este Gran Teatro en el año 1990.

No es fácil para un teatro de las dimensiones y del presupuesto del cordobés abordar este título y esto justifica los resultados globales conseguidos, que no pasaron de modestos. La producción de Piscopo era simple en lo escenográfico, poco fluida en el movimiento de actores y estaba mal iluminada. Los paneles de ambientación egipcia con perspectivas escenográficas convivían con vestuarios de guerreros medievales, ninjas, turbantes mahometanos, monjes ortodoxos, un faraón maquillado como un bonzo… Un desastre sin ton ni son.

Afortunadamente, en el foso mandaba Domínguez-Nieto. Debió ser para él un orgullo, tras su abrupto despido al frente de la Orquesta de Córdoba, por motivos que realmente no han sido clarificados, recibir una cerrada ovación de más de dos minutos nada más salir al principios de la ópera, lo que indica de parte de quién estaba el público cordobés. Domínguez-Nieto mostró su mano firme desde los primeros compases del preludio, en los que hizo que la cuerda sonase con una tersura y una delicadeza poco habituales. Su fraseo estuvo siempre al servicio de la dramaturgia, alternando acentuaciones muy teatrales con momentos delicados, esclareciendo siempre el discurso orquestal y dándole protagonismo a las frases instrumentales. Y, cosa no fácil en este título, evitando tapar a las voces lo máximo posible. Y decimos esto porque en materia de voces hubo sus más y sus menos. Debutaba en su primer papel protagonista de enjundia la cordobesa Lucía Tavira como Aida. La voz no carece de atractivo tímbrico, pero un molesto vibrato stretto afea su emisión y le plantea problemas a la hora de establecer una línea de canto limpia. Empezó en el primer acto insegura, con sonidos abiertos en la franja superior. A partir de “Ritorna vincitor”  pareció ir asentándose, ligando las frases con mayor cuidado, lo que fue en progresión hasta su escena a solas en el acto tercero, usando aquí de buenos reguladores, culminando en una escena final muy cuidada por su parte.

El Radamés de Aladrén sólo funcionó en los momentos más fogosos, donde su forte resuena con brillo por toda la sala, como en su “Pur ti rivvego”. Hizo esperar detalles interesantes cuando en su primera intervención atacó el primer “Un trono vicino al sol” en piano, haciendo esperar que se atreviese también a apianar (como indica la partitura) el imposible Si bemol de la segunda repetición. Pero no, se fue al forte y, además, se quedó vicino al si bemolle. Y esto fue todo, porque en los pasajes más líricos la voz no le corría con nitidez y había que olvidarse de un fraseo delicado ni de uso de reguladores, salvo leves intentos en la escena final.

Lo que fue del todo insufrible fue la Amneris de Corbacho. La voz es insoportablemente tremolante, nace ya viciada por un engolamiento absoluto y para alcanzar determinadas notas tiene que recurrir a unos antiestéticos portamentos que a menudo desembocan en notas fuera de tono. La región más grave es prácticamente inaudible. La mejor voz de la noche fue sin duda la de Javier Franco, un Amonasro de sonido amplio, contundente, limpio, perfectamente enmascarado y, por ello, proyectado; rico en matices de color y con un fraseo muy atento al acento y a la intención. Y, por último, muy interesante Alejandro López, un bajo de verdad, no cavernoso, de voz clara y firme.

En el coro estuvieron mejor ellas, más empastadas, porque entre los hombres (sobre todo los tenores) faltó unificar emisión, afinación y color. Andrés Moreno Mengíbar

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