Una botella de champán para Joan Sutherland (La Stupenda)
Ayer, 7 de noviembre, Joan Sutherland hubiera cumplido cien años, y la fecha me encuentra con una deuda pendiente: la de una cena en la que me obligaron a callar a qué me dedicaba. Pero vayamos por orden, que la memoria, a mi edad, tiende a servir el postre antes que los entremeses.
Alfredo Kraus y Joan Sutherland en el MEt
Joan Alston Sutherland nació en 1926 en Point Piper, asomada a la bahía de Sídney. Su madre, mezzosoprano que nunca pisó un escenario, le enseñó las primeras escalas con una disciplina que la niña aceptaba sin sospechar que estaba construyendo un instrumento. Ganó en Australia los concursos Sun Aria y Mobil Quest, y con ese dinero se embarcó hacia Londres en 1951. Un año más tarde debutaba en el Covent Garden como Primera Dama de La flauta mágica y, en noviembre de 1952, era Clotilde, la confidente, en la Norma de Maria Callas. Tener a la griega a dos metros con veintiséis años debió de ser la mejor lección magistral que nadie habría podido pagar.
Aquella voz amplia y oscura parecía entonces destinada a Wagner. Ella soñaba con seguir a Kirsten Flagstad y llegó a cantar Woglinde, Eva o el Pájaro del bosque, que grabaría después para Solti. La sacó de ese camino Richard Bonynge, pianista australiano cuatro años menor, con quien se casó en 1954. Él intuyó una coloratura escondida dentro de aquella Brünnhilde en ciernes y, para demostrárselo, hacía trampas: subía cada día las escalas medio tono sin avisarla, hasta que la alumna se encontró dando notas que juraba no poseer. Pocas veces un matrimonio ha funcionado también como método de canto.
El 17 de febrero de 1959 llegó la Lucia di Lammermoor del Covent Garden, con Serafin en el foso y Zeffirelli en escena. Fue una de esas noches que parten una carrera en dos. Antes de un año, la Fenice la bautizaba como «La Stupenda» tras una Alcina de Händel, y después vinieron París, la Scala y el Metropolitan en 1961. Bellini, Donizetti y Händel fueron su territorio natural: Norma, Amina, Elvira, Lucrezia Borgia, Maria Stuarda, Beatrice di Tenda. También aquellos Hugonotes milaneses de 1962 con Corelli, Simionato y Ghiaurov, que aún se escuchan con la boca abierta, y las Semiramide junto a Marilyn Horne, su gran compañera de fatigas. Al final de su vida, ella escogía dos hitos: la recuperación de Esclarmonde de Massenet y otro que cuento ahora.
Porque Sutherland descubrió a Pavarotti, y por un motivo que haría sonreír a cualquier director de casting: necesitaba un tenor alto. Con su estatura de casi metro ochenta, los galanes de turno le llegaban por la barbilla. Bonynge y ella buscaban además metal italiano de verdad para la serie de grabaciones que preparaban con Decca. Habían tanteado antes a Alfredo Kraus, pero el canario exigió grabar con su propio sello y el asunto murió ahí. Lo de Luciano fue un flechazo artístico: Lucia en Miami en 1965, una larga gira australiana ese mismo año con la compañía Sutherland-Williamson y, en 1972, la Fille du régiment del Met, cuyos does de pecho lo convirtieron en estrella. Ella reconocería después, sin falsa modestia y sin exagerar, que le ayudó a hacerse un nombre.
Sutherland, Caballe y Pavarotti cuando grabaron Norma
Con Montserrat Caballé compartió otra batalla: rescatar partituras que dormían en los archivos. Se las ha comparado hasta el aburrimiento, y yo siempre he creído que se complementaban más de lo que competían: la australiana con su torrente de agilidades y su sobreagudo infalible; la catalana con aquellos pianísimos de terciopelo. Coincidieron en el estudio para Decca en la Turandot de Mehta de 1972, con Montserrat como Liù, y en la Norma de 1984, en la que la Caballé aceptó ser Adalgisa. Que dos divas de ese calibre se repartan una partitura dice mucho de ambas.
España la quiso, aunque no siempre supo demostrárselo. El Liceu fue su casa y allí, a finales de los ochenta, cantó Norma, Lucia y Lucrezia Borgia junto a un Kraus también maduro, los dos maquillados como figuras de cera. Fue jurado del Concurso Viñas. La vi por primera vez en el Teatro Real en 1979, en el ensayo de un concierto: mientras la orquesta repasaba las oberturas, ella tejía tranquilamente sentada en el escenario. En el año 2000 volvió a Madrid acompañando a su marido, que dirigía La sonnambula en el Real, y el teatro no tuvo con ella ni un solo gesto. Sigo sin entenderlo.
Aquel viaje la trajo a El Escorial. Coincidimos en un restaurante y le hice llegar, sin firma, una botella de champán. Al día siguiente, mi amigo Lerín me anunció dos invitados sorpresa para mi cumpleaños con una sola condición: no confesar que era crítico. Aparecieron Joan y Richard. Cené con la Sutherland haciéndome pasar por simple aficionado, que en el fondo es lo que uno nunca ha dejado de ser. No paró de contar historias y me regaló una confidencia que conservo: las dos voces más grandes que había escuchado en su vida eran las de Gigli y Stignani.
A quien quiera celebrar el centenario le propongo tres discos. The Art of the Prima Donna (1960), un recital que es casi un tratado de canto. La Lucia dirigida por Pritchard (1961), testimonio de una juventud deslumbrante. Y La fille du régiment con Pavarotti y Bonynge (1967), donde se oye algo poco frecuente: dos cantantes divirtiéndose.
Tuvo defectos, claro. Su dicción era un enigma que ni los ingleses lograban descifrar. Pero cuando decidió retirarse, en 1990, tras unos Hugonotes en Sídney y un Murciélago de despedida en Londres junto a Horne y Pavarotti, lo hizo porque notó antes que nadie que la técnica ya no era redonda. Saber irse a tiempo es la última nota aguda, y la más difícil. Murió en 2010 cerca de Montreux. Cien años después de su nacimiento, sigo pensando que aquella botella de champán fue poca cosa.
Gonzalo Alonso
Lean otro artículo de G.A. sobre Sutherland aquí
El murciélago de Strauss ¡La última aparición de Joan Sutherland en la Royal Opera House!
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