El héroe junto al arroyo
XXXIII Ciclo de Lied (CNDM y Teatro de la Zarzuela). Franz Schubert: Die schöne Müllerin, D 795. Andreas Schager, tenor. Guillermo García Calvo, piano. Teatro de la Zarzuela, Madrid, 26 de octubre de 2026.
Andreas Schager y Guillermo García Calvo en el Ciclo de Lied
© Rafa Martín
Confieso que acudi a este recital lleno de curiosidad. Ver a Andreas Schager anunciado con la Molinera produce el mismo desconcierto que leer que un purasangre de Ascot va a tirar de una calesa por el Retiro: nadie duda de la calidad del animal, pero cuesta imaginar cómo cabrá entre las varas. Sospecho que media sala venía a lo mismo que yo, a comprobar si el Siegfried de nuestros días sabe también hablar en voz baja.
La pregunta no es nueva. Schager ya se había medido con el ciclo en la Staatsoper de Viena hace algo más de tres años, con una crítica dividida entre quienes celebraron su entrega y quienes echaron de menos recogimiento. No estamos, pues, ante un capricho, sino ante una apuesta mantenida, y eso habla bien de él. Los tenores heroicos suelen administrar la voz como un patrimonio que no conviene arriesgar fuera de casa. Él parece disfrutar exponiéndose.
Schubert compuso estas veinte canciones en 1823, recién salido del hospital y en uno de los tramos más sombríos de su vida, y aun así las llenó de agua que corre, de mañanas limpias y de flores. Esa contradicción es la que el intérprete tiene que resolver: un muchacho que se ilusiona, se exalta, se ofende y se extingue, y todo ello con una sencillez que no tolera artificios. Wunderlich lo entendió y aquella grabación sigue sirviéndonos a muchos de vara de medir. Schager arranca desde otro sitio. Su molinero no es un adolescente, sino un hombre de sangre caliente, al que el desengaño no deja melancólico, sino furioso. Furia por poesía.
Ahí reside la clave de la tarde. Cuando la música pide ímpetu, el austriaco anda sobrado. “Ungeduld” salió como un caballo desbocado; “Der Jäger” y “Eifersucht und Stolz” tuvieron la prisa de quien no sabe contener el despecho, y “Die böse Farbe” sonó casi a maldición. Este repertorio le permite actuar con la palabra, y el alemán, en su boca, es lengua materna que respira. “Tränenregen” tuvo, eso sí, una delicadeza que no todos le suponíamos.
Imagen del concierto
© Rafa Martín
Las objeciones aparecen en el extremo opuesto. Las canciones serenas le exigen más de lo que puede dar con comodidad. La emisión, rotunda en el centro, se tensa en los saltos hacia arriba, que en este ciclo abundan, y la media voz no siempre encuentra la seda que piden “Morgengruß” o “Des Müllers Blumen”. La nana final del arroyo se quedó en una despedida correcta, sin ese último escalofrío que retrasa el aplauso. No se pasa de dominar el foso de Bayreuth a susurrar sobre un piano de cola sin pagar peaje. Hubo, en cambio, un “Trockne Blumen” de mérito, con la resurrección de las flores cantada con una luz inesperada.
Guillermo García Calvo, a quien conocemos sobre todo desde el podio, firmó un acompañamiento sobrio, atento a no tapar al cantante ni dejarse arrollar por él. Supo dar al arroyo un pulso constante, aunque eché en falta más iniciativa allí donde el teclado comenta lo que la voz calla.
Salí a la calle de Jovellanos pensando que el lied es un espejo poco compasivo: aquí no hay orquesta ni escena donde esconderse. Schager no será nunca un liederista de los que crean escuela, ni creo que lo pretenda. Pero hay algo profundamente honrado en un tenor que, pudiendo vivir de sus Tristanes, sale a aprender cómo se canta un arroyo, pero esta vez el dicho hace justicia: “zapatero a tus zapatos” y se los puso cuando de propina nos regaló un “Winterstürme” wagneriano auténticamente arrebatador. Ese es su repertorio y no Schubert.
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