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Argentina

Rafael Orozco, ochenta años de presencia imborrable

PorBeckmesser

Oct 16, 2026

Rafael Orozco, ochenta años de presencia imborrable

Rafael Orozco, nombre grande del piano español y universal, hubiera cumplido 80 años en este 2026 que ya apunta a su final. Con este motivo, se reproduce aquí este artículo publicado hace años, pero que recobra actualidad con motivo del aniversario de este artista siempre joven. Una conmemoración que precisamente evocará el ciclo “Conversaciones en torno a la música”, del Real Círculo de la Amistad de Córdoba -ciudad natal de Orozco-, con un coloquio el próximo día 26 en el que intervendrán Alfonso Aijón -agente de Orozco y estrecho amigo suyo-; su biógrafo, paisano y amigo Juan Miguel Moreno Calderón, y quien esto firma.

Rafael Orozco, ochenta años de presencia imborrableRafael Orozco, nombre grande del piano español y universal, hubiera cumplido 80 años en este 2026 que ya apunta a su final. Con este motivo, se reproduce aquí este artículo publicado hace años, pero que recobra actualidad con motivo del aniversario de este artista siempre joven. Una conmemoración que precisamente evocará el ciclo “Conversaciones en torno a la música”, del Real Círculo de la Amistad de Córdoba -ciudad natal de Orozco-, con un coloquio el próximo día 26 en el que intervendrán Alfonso Aijón -agente de Orozco y estrecho amigo suyo-; su biógrafo, paisano y amigo Juan Miguel Moreno Calderón, y quien esto firma.

El pianista Rafael Orozco

Hubo un tiempo -por fortuna ya pretérito- en el que algunos melómanos y críticos se empeñaban en negar la sal y la pimienta a quien fue, es y será uno de los pianistas -¡uno de los artistas!- más subyugantes de la historia del teclado español. El poderoso virtuosismo de Rafael Orozco y su absoluta falta de demagogia interpretativa propiciaron que, efectivamente, algunos melómanos lo consideraran poco más que un hipervirtuoso empeñado en exhibir su formidable mecanismo.

El tópico es viejo y manido: la condición de virtuoso parece reñida con la capacidad de ahondar en el meollo expresivo. Rafael Orozco –“Rafa” a partir de ahora- era consciente de todo esto. Pero nunca se doblegó a tal estupidez. Jamás pretendió demostrar que, además de uno de los pianistas técnicamente más dotados y preparados de su generación –quizá, técnicamente y junto a Ramón Coll, el más perfecto de la historia del teclado español-, era un artista capaz de lo mejor.

Ahí está, para desmentirlo, su grabación de la última sonata de Schubert, ensoñadora, intensa y leve a un tiempo, registrada en Londres en junio de 1992, en su segunda etapa discográfica, cuando andaba, de la mano del sello AUVIDIS, ilusionado en retomar su deslumbrante carrera fonográfica, tras aquellos arrolladores conciertos de Rajmáninov que registró en 1972 y 1973 con Edo de Waart y la Royal Philharmonic; o aquel Chopin centelleante, poético y juvenil que llevó al disco en París, al principio de su carrera, a finales de los años sesenta, por no hablar del ardoroso y dramatizado Primer concierto de Chaikovski grabado también en los años setenta, en Rotterdam.

En 1996 el sida, el puto sida, nos robó a Rafa con sólo cincuenta años, cuando se encontraba en el mejor momento de su carrera; cuando, tras algunos años de dudas y desánimos, su carrera retomó el fulgor y el brío de sus inicios, ya adobada con esa madurez apenas estrenada que tanto estaba disfrutando y de la que tan significativos documentos dejó en sus grabaciones para AUVIDIS, que recorren un variado abanico que delata la versatilidad y universalidad de este artista irrepetible, que disfrutaba por igual con las músicas de Mozart que con las de Albéniz o Rajmáninov; con Chopin que con Schubert, Liszt, Falla o Chaikovski, por citar sólo algunos de los sólidos pilares de su repertorio.

La memoria del amigo, del artista ausente, se hiere cuando ahora es visitada por algunas de sus últimas actuaciones. Como el Concierto de Schumann que tocó, ya muy debilitado por la enfermedad, el 26 de octubre de 1995, en el Gran Teatro de su Córdoba natal, acompañado por la orquesta local dirigida por Leo Brouwer. Su mecanismo infalible apareció en aquella ocasión mermado, como luchando contra lo imposible, al tiempo que brotaban del Steinway frases e ideas que mostraban el momento de plenitud humana y artística del solista que muy poco después moriría –el 24 de abril de 1996- en la habitación solitaria de un hospital romano, sin querer ser compadecido por nadie.

Rafael Orozco Flores había nacido en Córdoba, el 24 de enero de 1946, en el seno de una familia de músicos. Allí, con seis años, en ese marco propicio, comenzó los estudios de piano, con su tía Carmen Flores. Pero pronto su talento desbordó el ámbito local. En Madrid desarrolla su formación en aquella factoría de pianistas que era el aula de virtuosismo de José Cubiles en el Real Conservatorio, donde deslumbra a todos y se titula en 1964, con 18 años, con Premio Extraordinario.

Poco después es galardonado en el concurso de Bilbao (segundo premio) y arrasa en el de Jaén (primer premio). Es el tiempo en que conoce a Alexis Weissenberg, con quien trabaja intensamente. La influencia del famoso virtuoso búlgaro (que por aquellos años andaba afincado en Madrid, debido a su matrimonio con Carmen Reparaz) resultó decisiva en la carrera del joven concertista, por mucho que posteriormente el propio Rafa minimizara el peso de este influjo.

Con Weissenberg estudia en Madrid y en Siena, en la Accademia Chigiana. En 1966, con 20 años, se alzó con el prestigioso Premio de Leeds, donde dejó boquiabierta a la crítica británica. Este éxito marcó el comienzo de su fulgurante carrera internacional, y le llevó a colaborar con los mejores directores y orquesta.

Particular relevancia tiene su estrecha relación artística con Carlo Maria Guilini, con quien colaboraría en numerosas ocasiones, así como con directores como Abbado, Chailly, Maazel, Muti o Previn. Orquestas como las filarmónicas de Berlín, Londres o Los Ángeles; las sinfónicas de Chicago, Londres, Viena…, o las de Cleveland, Filadelfia y París son algunas de las formaciones que comparten cartel con el artista cordobés en los más prestigiosos festivales y salas de concierto.

La creciente carrera internacional y el ambiente poco abierto de la España de la época le indujeron a establecerse en Londres, donde, a pesar de que su carrera ya estaba muy lanzada, decide completar su formación con la legendaria Maria Curcio. Luego, años más tarde, a mediados de los setenta, y cansado del nublado mundo anglosajón, se trasladó, a París, capital en la que permaneció varios años, hasta que añorante del Sur luminoso, decidió recalar definitivamente en Roma, donde se instaló en un estupendo ático situado en la mismísima Piazza Trevi. Allí, sobre la famosa fuente, preparó sus últimas grabaciones y vivió los que, probablemente, fueron sus más felices años.

En ese marco ideal cargado de historia, Rafa siguió amando, atendiendo y mimando la creación española, que siempre ocupó lugar privilegiado en sus dedos poderosos. Su Falla era –y es y será- referencia absoluta, como su Albéniz asombroso… Siempre trató lo español con el mismo respeto, con la misma dedicación con que miraba a los clásicos y románticos, como trataba, por ejemplo, a Liszt, que él poetizaba a través de su vibrante nervio e intuición. Ante Albéniz o Liszt, ante Falla o Chopin, se mostraba siempre cálido y apasionado, entregado y envuelto en ese universalismo que siempre distingue a los artistas verdaderamente grandes.

Como artista total, mostró su grandeza y versatilidad en los más diversos repertorios, con el paréntesis de lo contemporáneo, que él mismo confesaba “no entender ni sentirse en su mundo”. Era un pianista profundamente romántico, quizá uno de los últimos virtuosos románticos, en la estela de los Liszt, Siloti, Rajmáninov o Horowitz, y quizá, ya en nuestros días, Sokolov. Su Mozart transparente, que tanto paseó en sus últimas actuaciones madrileñas y que llevó al disco secundado por Charles Dutoit, o su Rajmáninov unánimemente elogiado, son aristas de un intérprete impecable que nunca quiso encasillarse, y menos aún hacer el papel de devorateclas a lo Godowsky que tanto y tantos se empeñaban en asignarle.

Orozco -y todos los que le conocimos lo sabemos con certeza- era un artista como la copa de un pino, de enorme sensibilidad y hondura. Así era también su Beethoven, poliédrico y muy asentado en su revolucionario momento histórico, entre el clasicismo que se consume y la fuerza romántica a la que el Sordo de Bonn tanto contribuyó a forjar. El mil veces interpretado Concierto Emperador sonaba en sus dedos quizá como perfecto paradigma de esta visión aguda y excitante.

Chopin fue otro de sus compositores amados. Dejó abundante y referencial testimonio de ello a través de una selecta serie de grabaciones al inicio de su carrera. Como los 24 estudios, grabados en 1971, en París, y con todos los honores.

No había cumplido los 21 años cuando, tras el arrollador triunfo en Leeds, había llegado a la EMI apadrinado por su maestro Alexis Weissenberg, quien escribió entonces de su grabación de los estudios de Chopin: “Orozco interpreta estos Estudios con el nervio de un gran pianista. Para él constituyen un recreo, una prueba de alegría. No tiene necesidad de probarse a nadie y, mucho menos, a sí mismo. Los ejecuta porque puede hacerlo, porque sabe cómo dominarlos y, por encima de todo, porque los ama. Y esto, se percibe”.

Esa envidiable facilidad y “prueba de alegría” de la que habla Weissenberg, dio paso más tarde al reflexivo artista de sus últimos años, que, ya de vuelta de todo, ahondaba en la entraña de la música con la humanidad, magisterio y sabiduría de quien se ha enriquecido con la experiencia de una vida rica y abierta a mil experiencias y sensaciones. ¡Schubert de nuevo!

Su intensa carrera concertística se apoyó siempre en unas fabulosas condiciones naturales que le permitieron un virtuosismo de alto vuelo que arrasaba allí donde era escuchado. Tras el fulgor de los primeros y deslumbrantes años, esos inusitados medios mecánicos se pusieron en su última etapa al servicio de unos conceptos y unas bien asumidas honduras expresivas que sirvieron interpretaciones -Schubert, Albéniz, Liszt- absolutamente referenciales.

Y el oído y la atención vuelven al compacto Schubert que ambienta estas líneas, y en el que la introspectiva Sonata en Si bemol mayor encuentra complemento perfecto y contrapuesto en una de la más radiantes y afortunadas lecturas de la Fantasía El caminante de toda la discografía. Dos mundos, noche y día, que Rafa abrazaba con idéntica pasión, con idéntica lucidez y sosiego.

Resulta imposible sustraerse, permanecer ajeno ante el nervio, el pulso e impulso de esta realización abrasadora que atrapa el oído y sobrecoge el ánimo. Las escalas, perfectas y diáfanas, vuelan veloces sobre la mano derecha mientras la izquierda articula con vigor un ritmo que no cede ante nada. Bastan unos segundos de escucha para cerciorarse de la excepcional naturaleza pianística de Orozco. Idéntica certeza se siente al escuchar y disfrutar sus poco difundidos registros de la Tercera sonata para piano de Brahms o del Segundo concierto de Chopin.

Si el Schubert de Orozco es referencia, exactamente lo mismo cabe decir de su Albéniz fascinante, donde la tímbrica, el brío, el nervio y la esencia andaluza de sus orígenes transpira en cada poro y cada nota. Ahí está su Iberia inconmensurable y felicísima, cima de la discografía, nerviosa, ágil, virtuosa, cantada con jondura y parsimonia.

“La música de Albéniz es una personificación que rezuma musicalmente las vivencias del propio autor y, a través de éstas, las del intérprete”, decía Orozco el 24 de junio de 1992, tras haber interpretado Iberia en un memorable concierto celebrado ese mismo día en el Teatro Maestranza de Sevilla, durante la Exposición Universal de 1992. Vigor, contras­te, tensión, subrayado de los pasajes cantados, extensísima gama dinámi­ca son algunas de las líneas maestras de su versión, en la que se vale de un uso magistral de los pedales (los tres) para obtener o mantener tim­bres, sonoridades y notas que de otra manera quedarían inédi­tos.

Orozco, que se encontraba “enteramente satisfecho” de su grabación de Iberia, realizada en Londres, durante enero y febrero de 1992, mira al monumento sin complejos y sabedor de que dispone con suficiencia de algo tan imprescindible para salir airoso del reto como es -por seguir sus propios palabras- “una técnica interpretativa que esconda su comple­jidad”. Su perso­nalísima versión estira y acorta los tempi más que ninguna otra. Se detiene y relaja en las secciones centrales para decir la “copla” con una calma resaltada por su buen y cali­brado sonido. Sólo Esteban Sánchez y Alicia de Larrocha pueden parangonar sus Iberias con las del protagonista de estas páginas.

Su tangible Iberia es la de un artista elegante, refinado y docto, que atempera dinámicas y aires para regodearse en las infinitas riquezas de todo tipo que reserva la fecunda partitura. Su sincera y fidedigna grabación aparece plagada de momentos de intensa belleza, y alcanza sus mejores instantes en la bien difuminada ‘Evocación’, en una ‘Rondeña’ en la que la guajira cubana impone su ley, una ‘Almería’ que luce admirablemente su rico entramado melódico y en un melancólico ‘Jerez’ ya cargado de tintes impresionistas.

Ahora mira con una leve sonrisa, casi irónica, disimulada por su poblado bigote, desde la portada de su álbum dedicado a Iberia y a Cantos de España. Esa apariencia adusta, casi gongorina, se desarmaba en cuanto sintonizabas con él. Era entrañable y locuaz. Como su pianismo. Nunca llegó a perder del todo su deje cordobés.

Disfrutaba de su ciudad, cuando iba de tarde en tarde. Hoy, el Conservatorio Superior de Córdoba lleva su nombre, que luce en hermosas letras de cerámica en la fachada, en la céntrica calle de Ángel de Saavedra. Probablemente, muchos alumnos le vean como alguien del pasado, quizá como “un pianista paisano que hizo carrera internacional”. Rafa Orozco es aún, años después de su temprana muerte, un artista inapreciado.

Su memoria ha quedado incomprensiblemente eclipsada incluso dentro mismo del ámbito profesional del piano. Como contrapunto a tanto olvido, Nelson Freire, figura noble y pianista excepcional, que hace pocas semanas recordaba en una entrevista su admiración por Rafa, “el gran pianista español desaparecido”. A pesar de tanto olvido, él ha sido, con Achúcarro y Alicia de Larrocha, el pianista español más universal del siglo XX. Rompamos este injusto y pobre recuerdo con la actualidad sin tiempo de sus grabaciones; con la presencia imborrable de esa pulsación poderosa, nerviosa y arrolladora, de quien fue es y será uno de los artistas más nobles, entregados y perfectos de la cultura española.

Justo Romero

DISCOGRAFÍA DE RAFAEL OROZCO DISPONIBLE EN CEDÉ

CHOPIN, FRYDERYK: 24 Estudios opus 10 y opus 25. EMI 5 67229 2 (1 cedé). Grabación: París, 1971.

CHOPIN, FRYDERYK: Sonata para piano número 2, en si bemol menor, opus 35. PHILIPS CD 446 145 (2 cedés). Mayo 1972.

RAJMÁNINOV, SERGUÉI: Integral de la obra para piano y orquesta. Royal Philharmonic Orchestra. Edo de Waart (dirección). PHILIPS CDS 438 326-2 (2 cedés). Grabaciones: Londres, 1972 y 1973.

CHOPIN, FRYDERYK: Scherzos. PHILIPS CD 454 135. Mayo 1975.

CHAIKOVSKI, PIOTR: Concierto para piano y orquesta número 1, en si bemol menor. Orquesta Filarmónica de Rotterdam. Edo de Waart (dirección). PHILIPS 446 203 (1 cedé). Grabación: Rotterdam, 1975.

CHOPIN, FRYDERYK: Berceuse en Re bemol mayor, opus 57 y otros. PHILIPS CD 446 145 (2 cedés). Mayo 1975.

SCHUMANN, ROBERT: Fantasía en Do mayor, opus 17. Kreisleriana, opus 16 y otros. PHILIPS CD 442 653 (1 cedé).  1976.

MOZART, WOLFGANG AMADEUS: Conciertos para piano números 26 y 27. Orquesta Inglesa de Cámara. Charles Dutoit (director). CLASSICS FOR PLEASURE CD-CFP6033 (1 cedé). Grabación; Londres, abril y mayo de 1981.

LISZT, FRANZ: Sonata en si menor, S 178. Tres sonetos de Petrarca. Sonata Dante. AUVIDIS VALOIS V 4643 AD 100 (1 cedé). Grabación: Herts, marzo 1990.

ALBÉNIZ, ISAAC: Iberia. Cantos de España. AUVIDIS VALOIS V 4663 AD 182 (2 cedés). Grabación: Londres, enero y febrero 1992.

SCHUBERT, FRANZ: Sonata en Si bemol mayor, D 960. Fantasía en Do mayor, “El caminante”, D 760. AUVIDIS VALOIS V 4683 AD 100 (1 cedé). Grabación: Londres, junio 1992.

FAVOURITE ENCORES (Obras de Schumann, Liszt, Chopin, Granados, Mompou y Rajmáninov). AUVIDIS VALOIS V 4696 AD 100 (1 cedé). Grabación: Herts, febrero 1993

FALLA, MANUEL DE: Noches en los jardines de España*. Fantasía baetica. Cuatro piezas españolas. Pour le tombeau de Claude Debussy. Pour le tombeau de Paul Dukas. Joven Orquesta Nacional de España. Edmon Colomer (dirección). AUVIDIS VALOIS V 4724 AD 100 (1 cedé). Grabación: Sant Cugat del Vallès, marzo 1994.

DISCOGRAFÍA NO TRANSFERIDA A SOPORTE COMPACTO, SÓLO DISPONIBLE EN DISCO DE VINILO:

  • Brahms: Sonata par piano numero 3, opus 5. Intermezzi opus 119 números 1 y 2.  EMI 063-11.270.  1968
  • Chopin: Preludios, opus 28. EMI 063-00.643. 1968
  • Chopin: Sonata para piano número 2, en si bemol menor, opus 35. Liszt: Sonata en si menor. PHILIPS SFX-8600. 1972.

Beethoven: Tres sonatas. RICORDI. 1982.

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