Volver a Bayreuth sin salir del Real
Selección de El anillo del nibelungo de Richard Wagner. Catherine Foster, Klaus Florian Vogt, Nicholas Brownlee. Orquesta del Festival de Bayreuth. Director: Pablo Heras-Casado. Teatro Real, 4 de septiembre de 2026.
Pablo Heras dirige la Orquesta del Festival de Byareuth en Madrid
La Orquesta del Festival de Bayreuth, solistas y director recalaron en Madrid tras pasar por Barcelona, San Sebastián, Santander y Sevilla, aunque aquí les estropeó la actuación un apagón, antes de ir a Valencia en su primera gira española.
En el Teatro Real se vivió una de esas noches que, sin necesidad de presentaciones aparatosas, se imponen por la propia densidad del material convocado. No era poco lo que se ponía sobre el atril: una amplia selección de El anillo del nibelungo servida por la Orquesta del Festival de Bayreuth, tres cantantes plenamente familiarizados con ese universo y un director, Pablo Heras-Casado, que desde hace tiempo viene reclamando un lugar de primera fila en el repertorio wagneriano.
La propuesta, de entrada, tenía algo de desafío. Convertir una tetralogía pensada como inmenso arco teatral en un concierto de fragmentos exige inteligencia en el orden, sentido de la continuidad y, sobre todo, capacidad para que la música no se desmiembre en una mera sucesión de “grandes momentos”. Pues bien, la velada alcanzo muchas veces ese objetivo, aunque no siempre con la misma plenitud.
Quien haya estado en la Colina Verde sabe que Wagner ideó aquel teatro precisamente para esconder a los músicos, para que el sonido llegara transfigurado, sin cuerpos ni gestos que lo contaminaran. Verlos ahora a plena luz, con sus atriles y sus caras concentradas, era como asomarse detrás del telón de un truco de magia sin que el truco perdiera un ápice de su encanto. Al contrario: ganaba otro, distinto, el de comprobar que detrás de ese sonido legendario no hay artificio alguno, solo oficio acumulado durante generaciones.
Lo que escuchamos fue, en realidad, una reducción imposible. El Anillo no cabe en un concierto, como tampoco cabe el océano en una botella, pero sí pueden escogerse sus mareas. El programa recorrió las cuatro jornadas —El oro del Rin, La valquiria, Siegfried y El ocaso de los dioses— mediante escenas y fragmentos orquestales que, bien hilvanados, permiten recordar que las cuatro óperas no son cuatro óperas, sino una única criatura gigantesca que Wagner decidió alimentar durante unas quince horas.
Y aquí estuvo uno de los primeros aciertos de Heras-Casado: no convertir la velada en un álbum de grandes éxitos wagnerianos. Había que contar algo. Y lo contó.
Heras-Casado dirigió con una idea clara de conjunto. Eso ya es mucho. No se abandonó al golpe de efecto ni quiso deslumbrar a base de decibelios, tentación fácil cuando se tiene delante una masa orquestal de semejante calibre y un público predispuesto a la exaltación. Su lectura estuvo presidida por el control de las proporciones, por una voluntad de mantener la tensión interna y por una atención constante al detalle instrumental.
Hubo energía, desde luego, pero administrada con criterio. En los pasajes más expansivos el director granadino supo graduar la progresión sin atropellos; en los más reflexivos, evito el estatismo, algo nada sencillo en Wagner cuando se opta por una versión de concierto y se prescinde del andamiaje escénico.
La orquesta respondió con esa autoridad que no se improvisa. Suena a Wagner de manera natural, como si la respiración de esta música formara parte de su mecanismo interno. Las cuerdas graves sostuvieron la arquitectura con firmeza admirable; los violines, lejos de cualquier blandura, trazaron líneas de notable limpieza; las maderas ofrecieron algunos de los instantes más refinados de la noche; y el metal, tan decisivo en esta escritura, exhibió potencia, brillo y nobleza sonora. No todo fue irreprochable, porque se advirtieron en algún momento ligeras desigualdades y cierta dureza en ataques concretos, pero sería mezquino perder la perspectiva: el nivel global fue muy alto y, por momentos, francamente impresionante.
Imagen del concierto
Desde la entrada de los dioses en el Walhalla quedo claro que el concierto se asentaría sobre una sonoridad corpórea, amplia, de gran densidad, aunque no opaca. Heras-Casado busco relieve en los planos, dejo respirar los leitmotiv y construyo el discurso con una sensatez poco frecuente. Nada sonó apresurado. Tampoco enfático. Se agradeció especialmente que no confundiera grandeza con pesadez. Wagner necesita aliento, pero también circulación, y eso es justamente lo que hubo en una dirección que mostro oficio, conocimiento del idioma y creciente afinidad con un repertorio donde ya no cabe seguir hablando de incursiones.
Un par de apuntes: su elevada edad media, la práctica ausencia de otra etnia que la blanca y, sobre todo, la diferencia sonora para el espectador a escucharla en el foso místico o sobre un escenario. Verdadero mérito de Heras Casado que, sobre el del Real, nunca apagase a los tres cantantes.
El primero de los solistas en dejar huella verdadera fue Nicholas Brownlee. Su Wotan posee materia prima abundante: voz caudalosa, timbre de autentico peso, emisión franca y autoridad inmediata. Pero no se quedó solo en la impresión vocal. En su intervención inicial y, más aun, en la despedida de La valquiria, supo dar sentido a la palabra, frasear con intención y comunicar ese dolor contenido del dios que se sabe derrotado por sus propias contradicciones.
No es todavía un retrato de ultima sutileza, porque queda camino por recorrer en la variedad del acento y en el paladeo de ciertos matices, pero la prestancia del instrumento y la solidez del canto bastan para situarlo muy por encima de tanta medianía que circula hoy por estos papeles. Fue, probablemente, el solista más completo de la noche.
Klaus Florian Vogt sigue siendo caso aparte. Se le puede discutir el color, se le puede objetar que la naturaleza de su timbre no responde al ideal heroico tradicional, se puede echar en falta mayor anchura o una sombra más varonil en el centro. Todo eso es cierto. Y, sin embargo, en directo vuelve a imponerse una evidencia que conviene no despachar con prejuicios. La voz corre. Corre mucho.
Atraviesa la orquesta con desconcertante facilidad y llega limpia, centrada, sin esfuerzo aparente. Su Siegmund fue musical, bien dicho, de línea cuidada. Otra cosa es que el esmalte blanquecino del instrumento limite la entidad dramática del personaje. Pero el cantante conoce sus medios, administra con inteligencia y resuelve. En Siegfried, donde teóricamente encaja menos, reaparecieron virtudes y limites: admirable seguridad técnica, fraseo atento, resistencia intacta, pero una materia vocal que no termina de asociarse al héroe juvenil y arrebatado. Aun así, resulto eficaz y por momentos emotivo.
Catherine Foster compareció primero con algunas reservas. En el gran duo de Siegfried no siempre ofrecio estabilidad absoluta y hubo notas emitidas con una tirantez perceptible. La voz acusa desgaste, eso también parece fuera de duda. Pero sería injusto juzgar su actuación solo desde ese punto de partida.
A medida que avanzo la velada creció su presencia y, cuando llego el final de El ocaso de los dioses, encontró la concentración expresiva que la partitura exige. Allí apareció la artista experimentada, la conocedora del estilo, la cantante capaz de sostener el largo arco de la inmolación con entrega, coraje y sentido dramático. Tal vez no hubo plenitud vocal en sentido estricto, pero si hubo convicción, oficio y una comunicatividad muy estimable.
Saludos
Entre los números puramente orquestales, el “Murmullo del bosque” permitió escuchar a la formación en una dimensión más sutil y menos aparatosa. Las maderas cantaron con delicadeza verdadera, sin amaneramientos, y Heras-Casado dibujo el episodio con fino sentido atmosférico. Fue uno de los momentos en los que mejor se percibió su interés por la filigrana, por el detalle revelador, por esa claridad que no diluye el misterio sino que lo hace respirable. En el extremo opuesto, la Marcha fúnebre de Sigfrido se levantó con imponente contundencia, aunque sin caer en la brutalidad sonora. El director supo hacerla avanzar por acumulación, sosteniendo la tensión hasta la explosión final con mano firme y sin retorica sobrante.
La segunda parte, centrada en El ocaso de los dioses, fue la más lograda del concierto. Quizás porque allí la materia dramática se concentra con especial violencia, quizás porque orquesta y director encontraron en ese tramo su temperatura ideal, lo cierto es que el discurso gano en cohesión y el auditorio percibió de manera más nítida la fuerza de la concepción. La muerte de Sigfrido y la escena final de Brunilda condujeron la noche hacia su culminación natural, con la sensación, esta vez sí, de estar ante algo más que una antología de páginas celebres.
El público acogió la velada con entusiasmo rotundo y no era para menos. Mas allá del fervor casi automático que despierta todo lo que lleva el nombre de Bayreuth, hubo razones estrictamente musicales para la ovación. La propina, con la inevitable “Cabalgata”, funciono como remate brillante y espectacular, aunque después de lo escuchado en el programa principal uno casi hubiera preferido salir del teatro con el incendio final aun resonando en la memoria.
Fue una noche importante por la calidad de la orquesta, por la seriedad con que Heras-Casado organizo el material y por la sensación de estar ante interpretes que saben realmente de que hablan cuando abordan Wagner. Hubo altibajos, sin duda, y no todos los cantantes alcanzaron el mismo nivel. Pero hubo jerarquía, estilo y música de verdad. Eso bastó para que uno añorase aquellos años de loa ’70. ’80 y ’90 en las que me merecía la pena viajar a Bayreuth. Gracias por recordarme que, al menos orquestal y casi vocalmente sigue siendo lo que era. Será cosa de regresar si las puestas en escena se comportan a tono.
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